• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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César Pérez Vivas

La dictadura del siglo XXI

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El movimiento surgido con ocasión de la tentativa de golpe de estado del 4 de febrero de 1992, bautizado luego como movimiento bolivariano,  y al cual se sumó entusiasta la izquierda venezolana en 1998, para dar nacimiento al llamado socialismo del siglo XXI, ha terminado, como era de esperar por su génesis, en la dictadura del siglo XXI.

Ya sus primeros pasos, marcaron para muchos venezolanos, el sello del militarismo. El baño de sangre perpetrado el 4-F pintó claramente la naturaleza violenta de quienes se han empeñado en presentarse como una suerte de nuevos libertadores. Los documentos conocidos posteriormente, los discursos y alocuciones de jefe del movimiento, teniente coronel Hugo Chávez, mostraron claramente los elementos autoritarios y mesiánicos que animaban su incursión en la vida pública de nuestra patria. El apetito de poder absoluto, mostrado luego del triunfo electoral de 1998, y la mascarada de la Constituyente para hacerse del control político de los poderes en todas sus ramas y niveles, nos hicieron evidente el rumbo de esta nueva etapa, que se agregaba  a las tantas cuarteladas que bajo el nombre de “revolución”, escondían otra incursión de la barbarie y de la arbitrariedad, tantas veces sufrida por esta Venezuela de caudillos, generales y dictadores.

Desde el año 2000, luego de la aprobación del nuevo texto constitucional, que elevó la preeminencia del poder ejecutivo sobre las demás ramas del poder público, que debilitó al parlamento hasta convertirlo en una entelequia, fui de los venezolanos que empezó a caracterizar al nuevo régimen como una especie de un  nuevo autoritarismo. Así lo declaré a los medios nacionales e internacionales de comunicación,  el día 28 de marzo de 2000, fecha en la  que se  formalizó el cierre del  Congreso de la República.

Era difícil que se aceptara en esos tiempos esa caracterización. Apenas nacía el nuevo régimen, pero para muchos de nosotros, ya eran notorias las costuras de quienes allí actuaban.

En los debates de la dirección nacional de mi partido, llegue a tener desencuentros con figuras estelares de mi organización, precisamente por hacer énfasis en ese perfil. Se me decía entonces que exageraba con esa calificación, y que nuestra tarea política debía centrarse en un trabajo en el plano social, antes que enfatizar un debate sobre elementos de identificación política, que no tenía el nivel de importancia que nosotros le asignábamos en el debate para entender el camino, por el cual transitaba la gestión política de los nuevos dirigentes de nuestro país.

El tiempo nos ha confirmado,  que esas precisiones conceptuales han devenido una dura realidad, hoy sufrida por el pueblo venezolano.

En efecto, toda esa ambición de poder absoluto y eterno, que caracterizó la vida política del extinto Presidente Chávez, lo llevó a instaurar un estado autocrático. Autocracia montada usando algunas reglas de la democracia, básicamente la electoral.

La circunstancia de haber coincido su gobierno, con una época de precios altos del petróleo, y el haberle generado cuantiosos recursos financieros, le permitieron a Chávez, elección tras elección, establecer un control de todos los poderes. Logrado dicho control, al difunto presidente, le pareció insuficiente su poder. Entonces quiso dominar los medios de comunicación. Montó su propia estructura comunicacional, y redujo a su mínima expresión la existencia de medios independientes,  que osaran criticarle. En paralelo quiso dominar la economía. Entonces decidió estatizar y tener bajo su dominio los más importantes sectores de la economía nacional. Pretendió tener un partido único, sindicatos y gremios a su disposición. Hasta una iglesia “revolucionaria” pretendió instalar. Solo que esta institución milenaria, tiene creados desde hace siglos los anticuerpos para este tipo de pretensiones. El estado autoritario fue heredado por sus causahabientes políticos.

Los herederos del “legado” del comandante “eterno” encontraron el aparato montado, pero igualmente han recibido los efectos del desastre económico y social que dicho modelo implica. Tal circunstancia ha producido un creciente repudio a dicha política, y un deslave en los apoyos logrados en los tiempos de bonanza y populismo. Por ello han decidido empujar con más fuerza, el carruaje autoritario,  para así terminar de aplastar las expresiones de una sociedad que se resiste firmemente a las pretensiones de extinguir la vida civilizada y democrática.

Eso explica el hostigamiento brutal a la economía privada, la detención de empresarios y gerentes. Ello explica la reticencia a oír los reclamos y exigencias de la comunidad internacional para liberar a los presos políticos. Ello explica que incrementen la presión sobre el liderazgo democrático, ordenando el brutal encarcelamiento del alcalde mayor de Caracas, Antonio Ledezma.

El socialismo del siglo XXI ha terminado en una dictadura del siglo XXI. Y no deja de ser tal, porque se efectúen elecciones, o porque algunos de nosotros aun estemos en libertad. Precisamente por eso, esta dictadura es del siglo XXI. Porque tienen elementos distintos de las del siglo XIX y XX. Pero no por ello, deja de ser una autocracia. Los tiempos no pasan en vano.