• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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César Pérez Vivas

El desafío del cambio político I

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En mi anterior trabajo de opinión, expresé que, frente a la magnitud y profundidad de la crisis, el cambio político era el único camino posible para el país. En efecto, este régimen está política y moralmente incapacitado para asumir el cambio que nuestra patria requiere. No van a cambiar el rumbo al abismo por el que han empujado a Venezuela.

No tienen capacidad de rectificación. Son prisioneros del desastroso legado de Hugo Chávez y de los fanatismos que dominan dicha cúpula.
Afirmé, además, que el cambio político debemos impulsarlo sin generarle al país más y mayores daños, a los ya muy graves, que el fracasado socialismo del siglo XXI le ha producido.

Por eso descartamos de entrada cualquier propuesta de solución violenta. Ella nos dañaría más profundamente en el plano espiritual, político y material.
Nuestra apuesta debe ser por un cambio pacífico, electoral y constitucional, a pesar de todas las dificultades que el modelo autoritario ha generado para garantizarse un ventajismo inmoral e ilegal.

Muchas veces he tenido que responder, a diversos interlocutores, en toda la geografía nacional, en relación con este tema, de manera categórica, frente a interrogantes recurrentes. ¿Y vamos a volver a elecciones con este CNE? Sin dejar de lado los vicios del Poder Electoral, sin dejar de luchar por cambiarlos, he respondido: Si nos toca con este CNE, será con este CNE.

La gran tarea que tenemos planteada desde la sociedad democrática es la de construir una mayoría aún más sólida, más elevada, para poder aplastar todas las manifestaciones fraudulentas que tiene el sistema electoral con el que debemos enfrentarnos.

En todo caso, esa dificultad será de menor monta que pisar el peine de la violencia, a la cual nos cita permanentemente el régimen.

La cúpula gobernante sabe que su piso político, su apoyo popular viene en picada, y que ya más de 70% del país repudia su gestión. Frente a ese deterioro, en cualquier proceso electoral tienen un riesgo gigantesco, y las probabilidades de un cambio son muy altas, sobre todo por la profundización de las contradicciones en el mundo del oficialismo.

La reciente destitución del ministro del Interior y Justicia, Miguel Rodríguez Torres, es un mensaje claro de quiénes dominan los hilos del poder en la cúpula roja. Los grupos violentos, los sectores más radicales se imponen en la dialéctica interna del chavismo. El cambio de Rodríguez Torres por una señora del mundo militar ratifica otro elemento dominante en el actual régimen; y no es otro que le preeminencia de una visión militarista en la política oficial. Mantener en manos del estamento militar la cartera de la política es un claro indicador, de la forma como perciben a la disidencia en las entrañas del régimen. Oposición, disidencia o crítica, constituye el enemigo interno. Esa perspectiva se maneja desde la óptica del autoritarismo, y por lo tanto requiere un militar que aplique la lógica de la guerra: exterminar al enemigo. En una democracia el Ministerio del Interior es el ministerio de la política, también de la seguridad, pero enmarcada en los parámetros de los derechos humanos.

Por eso desean llevarnos a un desenlace violento de la crisis. Le serviríamos en bandeja de plata no solo una excusa para esconder su fracaso, sino que justificarían la represión, y estarían muy agradecidos de eliminar física o políticamente a una parte de los factores y actores que ejercemos el derecho de oponernos políticamente a este desgobierno.

Pisar el peine de la violencia demostraría una ingenuidad y una inexperiencia absolutamente injustificable. No solo porque éticamente esa violencia es insostenible, sino porque políticamente resulta estúpida.

En consecuencia, el camino de la lucha política, electoral, constitucional, vale decir democrática, es el que debemos asumir de manera integral.

Tales circunstancias nos indican claramente que la ruta es la del proceso electoral, en los tiempos que el cronograma constitucional establece.