• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

Al instante

El compromiso del liderazgo

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En mi anterior entrega escribí sobre el necesario compromiso de los ciudadanos con el destino del país. Del deber que tenemos de asumir responsabilidad respecto de la vida publica.

Me referí también a la responsabilidad del liderazgo en todas sus

expresiones. Creo conveniente insistir en esta perspectiva.

Si el compromiso de los ciudadanos con el destino del país es un deber ético ineludible, el del liderazgo, el de la dirigencia, es aún mayor.

Y no se trata, solamente, de la mayor obligación que tenemos quienes ejercemos funciones de liderazgo o  dirección en el campo estricto de la política. Se trata de un deber de quienes cumplen tales funciones en otros campos del quehacer humano, como la religión, la comunicación social, la academia, la cultura, la empresarial, sindical, gremial, vecinal o comunitaria, deportiva y social.

Todos los directivos o líderes  de la sociedad tenemos, en esta difícil hora de Venezuela, que ser luz para orientar la senda de nuestro pueblo.

Ser luz que ilumina el camino significa fortalecer la esperanza de que una sociedad moderna, pacífica, democrática y justa es posible. De que el actual escenario de violencia, de ruina, de odio y de injusticia en la que vivimos los venezolanos no es el común denominador, ni en nuestro contexto latinoamericano ni en el mundo. No significa, tal afirmación, que la humanidad haya logrado la utopía de la sociedad perfecta, de la sociedad sin vicios, sin dificultades. Pero lo que está ocurriendo en Venezuela, luego de tres lustros del gobierno militarista y comunista, no tiene parangón, sobre todo porque han dispuesto de la más fabulosa suma de poder y de dinero que gobierno alguno en nuestra historia y en todo el continente haya podido disponer.

Animar la esperanza de que un cambio pacífico es posible, y trabajar responsablemente para ello.

El planteamiento central de la sociedad democrática ha sido claro y consecuente. Queremos un cambio político pacífico, constitucional, electoral y democrático. Esta tesis tiene su fundamento en la profunda convicción de que el accionar de la alternativa democrática no puede añadirle más males a nuestra sufrida sociedad a los que ya le ha creado la bárbara conducción del socialismo bolivariano. Lanzarnos por el barranco de la violencia traería mayores daños de los que ya se han producido.

Aquí esta el eje central de una política que exige del liderazgo en general una elevada cuota de autenticidad, responsabilidad y solidaridad.

Presentar al pueblo venezolano la idea de que es posible ese cambio de una forma distinta a la pacífica y democrática, proyectarse como promotor de soluciones rápidas y mágicas, señalar a los demás como blandengues o entreguistas por no acompañar aventuras constituye una temeraria inmadurez, o una grave responsabilidad, o un severo desconocimiento de la historia de los pueblos.

Pero más allá del deber de ser luz que ilumina el camino, el liderazgo debe asumir un compromiso de trabajo y lucha basado en una ética de la civilidad, de la paz y del progreso. Se requieren mayores niveles de compromiso y autenticidad en el ejercicio de las tareas de conducción.

Es menester en el campo de la civilidad promover un debate respetuoso y constructivo, que muestre otra forma de tratar los asuntos públicos, y en general toda la comunicación de la sociedad.

Uno de los mayores daños que la logia militar golpista de 1992 y sus aliados del marxismo y el oportunismo político le han hecho a nuestra sociedad es la vulgarización del lenguaje, la contaminación de la palabra.

La oligarquía política de la izquierda venezolana ha hecho del quehacer y del debate público un lodazal, donde la palabra vulgar, ofensiva, burlesca se ha convertido en la cotidianidad de toda la comunicación. 

Desde la cúpula del poder, pasando por todo tipo de vocero público, o por los medios de comunicación del Estado, la regla es la palabra vulgar.

Este segmento de nuestra sociedad ha internalizado la idea de que se es popular porque se es vulgar y ofensivo. Sin lugar a dudas, tienen un concepto muy errado de lo popular.

El largo tiempo que llevan en la primera línea de la vida pública ha hecho mella en nuestro cuerpo social, y han permeado a muchos sectores con esta forma de comunicación.

Aun en el campo de la política democrática y en sectores sociales no identificados con el régimen se aprecia este deterioro en la forma y en el fondo de asumir la vida social.

Es una tarea inmensa, la de recuperar el valor de la palabra, la importancia de la palabra dicha con respeto, aunque ella sea cuestionadora y exigente.

El debate civilizado de las ideas, de los asuntos atinentes a la sociedad en su conjunto, a sus organizaciones, y en general en toda forma de comunicación que las personas entablamos en nuestro diario quehacer. 

Este factor es esencial, además, para la recuperación de la paz social, tan impactada con el exponencial crecimiento de la criminalidad.

Cuando la palabra se vulgariza y se hace agresiva, la violencia de todo género es el paso siguiente.

Un liderazgo que sepa hacer uso de la palabra, del lenguaje, de la comunicación civilizada es menester exigir.

Un liderazgo civilista debe ser también un constructor de institucionalidad. El civilísimo solo puede ser sostenible en el tiempo, en la medida en que exista mayor capital social, más y mejores instituciones.

El autoritarismo gobernante en nuestro país ha desarrollado todo un ambiente hostil al desarrollo de instituciones independientes a su centro de poder. Solo aceptan organizaciones  acríticamemte plegadas a su proyecto de poder. Todo el aparato del Estado está para someter, reducir o extinguir las organizaciones sociales no controladas. Iglesias, partidos políticos, gremios, sindicatos, medios de comunicación, universidades, ONG que no se alineen son hostigados y no reciben cooperación del Estado.

Pero aun así, aun en medio de ese clima hostil, estamos obligados a construir civilidad, institucionalidad. El liderazgo democrático no puede repetir los esquemas del régimen, porque el mismo le niega la sal y el agua.

Y en este campo, corresponde muy especialmente a los líderes o responsables de los partidos políticos dar un paso al frente para mostrar que lo que le exigimos a la cúpula gobernante lo hacemos nosotros. Es un deber del liderazgo la autenticidad.

Si a los actuales gobernantes les exigimos democracia, respeto, tolerancia, y transparencia, entonces nosotros debemos dar ese ejemplo en el seno de nuestros partidos.

Nuestros partidos, instrumentos por excelencia, del quehacer político, deben ser instituciones en toda la extensión de la palabra. Se requiere de un trabajo muy importante en todos los partidos para hacerlos auténticamente democráticos, transparentes, comprometidos con los sueños y aspiraciones del pueblo venezolano. Siento que en este campo hay un déficit urgente de atender.

Un liderazgo civilista debe ser responsable.

Asumir liderazgo, compromisos de dirección de organizaciones sociales o políticas, supone un compromiso muy importante con la sociedad. En la mayoría de los casos es un honor, pero es fundamentalmente una inmensa responsabilidad, que obliga a la persona a colocar sus particulares intereses en subalternidad frente a los intereses superiores de la sociedad.

La responsabilidad del liderazgo obliga a trabajar por el bien común. A pensar primero en los objetivos superiores que una sociedad tiene planteados, a deponer, en muchos casos, legítimas aspiraciones personales o grupales. A entregarse por completo a los compromisos que se asumen en la vida política y social. Asumir un compromiso de liderazgo, de conducción, de representación y abandonarlo al corto plazo ha generado graves lesiones a la confianza que requiere esta tarea. Esto hace incompatible, en muchos casos, responsabilidades de liderazgo y funciones públicas con el manejo de asuntos particulares.

Un liderazgo civilista debe ser solidario y respetuoso. Este valor supone un crecimiento en la confianza de las organizaciones o de la sociedad en su conjunto, basado en el trabajo, en la capacidad, en la entrega y compromiso de quien lo ejerce. Cuando se busca el liderazgo destruyendo innoblemente a otros actores las organizaciones en particular, y la sociedad en su conjunto, se resquebrajan duramente.

Un liderazgo civilista debe ser transparente y honrado. Este es, sin lugar a dudas, un elemento esencial de todo tipo de liderazgo. Cuando las funciones de conducción y orientación se adelantan de manera opaca, y buscando prevaricar con las mismas, el daño es superior. Es menester exigir honestidad y transparencia a quienes ejercemos alguna función de liderazgo. El tema es aun más exigente en el campo del liderazgo político y religioso.

En la política, porque además se tienen una vinculación con el patrimonio público, y es menester garantizar un honesto manejo del mismo. Si el liderazgo está comprometido con estos valores se podrá combatir de manera eficiente la corrupción y el desvío de los fondos públicos. Un liderazgo honesto y transparente castiga este flagelo. Un liderazgo opaco lo estimula y lo tolera.

En esta hora de Venezuela todos debemos trabajar para elevar la calidad del liderazgo, entendiendo que, como seres humanos, hay carencias que estamos obligados a señalar, con el ánimo de corregirlas y superarlas.