• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

Al instante

La comprensión de la crisis

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Nunca antes, después de nuestras guerras del siglo XIX y de comienzos del siglo pasado, los venezolanos habíamos experimentado una crisis más severa y profunda que la que hoy estamos padeciendo.

No habíamos asistido a un derrumbe de nuestra economía en los términos que presenciamos, jamás habíamos sido sometidos a un racionamiento de bienes y servicios desde la cúpula del gobierno, ni mucho menos obligados a comprar nuestros alimentos con todo tipo de obstáculos, como colas, captahuellas, día de compra, partida de nacimiento de nuestros hijos, registro electoral y otros documentos. Nunca antes los agentes económicos habían sido tan severamente intervenidos en su libertad de trabajo, ni mucho menos sometidos a un proceso extorsivo, en función de la compleja y abultada permisología exigida para ejercer su sagrado derecho de “dedicarse libremente a la actividad económica de su preferencia”.

Paradójicamente, esta debacle ocurre en una época en la cual nuestro país ha recibido la más fabulosa suma de recursos financieros de que tenga memoria.

En la primera década y media del siglo XXI, Venezuela recibió por concepto de la renta petrolera, más recursos que los percibidos por el mismo rubro en todo el siglo XX.

Los ciudadanos de nuestro país han internalizado que somos una nación rica, y que todo lo debemos tener por cuenta del Estado. La consigna de contar con “la gota de petróleo” como un derecho casi que natural se ha convertido en un dogma para nuestro pueblo.

El despilfarro, la malversación y el saqueo del tesoro nacional, aunado a la instalación del modelo de economía comunista, ha traído un desastre colosal en el campo social y, por supuesto, económico.

Previo a este desastre, se produjo el deslave institucional del país. El desconocimiento de la democracia como sistema de vida y de gobierno, y la consiguiente instalación de una autocracia populista han traído este resultado en el plano socio económico.

Los venezolanos estamos viviendo de manera clara e inocultable el tamaño y la profundidad de la crisis, pero no todos nuestros compatriotas tienen claridad respecto de sus causas, y de las tareas que debemos acometer para superar la misma. Me refiero a los elementos fundamentales que conlleva un programa de recuperación del país, más allá de la diversidad de propuestas que, aguas abajo de las políticas básicas, cada corriente política pueda sostener.

En la medida que la crisis ha ido avanzando y haciendo estragos, más ciudadanos aceptan que la misma existe, pues hasta hace apenas tres años, cuando el desastre era más que evidente, la mitad de nuestra sociedad no terminaba de percibir su existencia y sus devastadoras consecuencias. Mucho más difícil era comprenderla en medio del boom de los altos ingresos petroleros, cuando todo problema, crítica o reflexión era ahogada con el alud de los dólares petroleros, con el avasallante y ofensivo discurso oficial, y con la sofisticada represión que ha caracterizado este nuevo modelo de autoritarismo conocido como socialismo del siglo XXI.

Es muy saludable para la futura recuperación de nuestra patria que la crisis en toda su dimensión haya explotado y avanzado en manos de los agentes políticos del castro-chavismo gobernante. Eso permitirá a importantes sectores de nuestra sociedad identificar con nitidez a los responsables de la catástrofe, y a una mejor compresión de los males que la han producido.

Tal circunstancia permitirá, en un futuro no muy lejano, acometer con éxito un plan de reconstrucción nacional que debe comenzar por la recomposición espiritual, institucional, política y ética de la República, para poder acometer, en paralelo, la reconstrucción física y económica. Solo con una compresión holística del problema se podrá lograr el respaldo político necesario para el gran desafío de la reconstrucción.

Imaginemos un instante, que en abril de 2013 hubiese asumido la Presidencia el candidato de la alternativa democrática, y se hubiese instalado un nuevo gobierno para el país.

En ese momento el país estaba divido en dos mitades. Una que no apoyaba la alternativa democrática, que era partidaria del continuismo; otra cuyo amalgamiento era aluvional y poco consistente, que apostaba por el cambio.

La crisis no había llegado a los niveles de hoy, pero igualmente había que ir a la raíz de sus causas.

La mitad que seguía atada a la visión castro-chavista estaría haciendo insostenible ese nuevo gobierno, y parte de los votos aluvionales conseguidos hubiesen regresado a su punto original.

No hubiese sido posible una gobernabilidad adecuada, ni se hubiese podido sentar las bases para impulsar una nueva política para el país.

Hoy el cuadro es diferente. Más personas aceptan que la crisis existe. La manipulación y la campaña del régimen se estrellan con la realidad de cada día, crece más la cantidad de los venezolanos que desean un cambio profundo.

Queda por delante una inmensa tarea de conducción y educación de nuestro pueblo, para una mejor comprensión de las causas de esta crisis, para una mayor aceptación de las medidas a implantar a la hora de iniciar la reconstrucción. Pero, además, queda por delante un gigantesco compromiso de asumir con grandeza, desprendimiento y amor esa tarea.