• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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El complejo de la privatización

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El discurso político de la izquierda radical y antidemocrática en América Latina, inspirado en el obsoleto pensamiento marxista, ha hecho de la estatización de los medios de producción, muy especialmente de las empresas, industrias y de las unidades de producción agropecuaria, un mito y un desiderátum en la conducción de la vida social y económica de los pueblos.

Por contrario, han satanizado hasta la saciedad la privatización de las empresas. Desde el siglo pasado han hecho de esta forma de gestión de la economía un tema tabú, un dogma según el cual privatizar una empresa pública constituye un sacrilegio en perjuicio de los pobres, una lesión a la soberanía y un atentado a la construcción de una sociedad de paz y justicia.

Respetar la propiedad y la iniciativa privada, permitir la existencia de empresas privadas en todas las áreas de la economía, privatizar empresas públicas ineficientes y quebradas, y centrar el quehacer del Estado en las áreas en las cuales los particulares no pueden hacerlo, es demonizado y tachado como “neoliberalismo salvaje”.

Densos sectores de la sociedad democrática, intelectuales y políticos claramente contrarios a las formas autoritarias que este sector le imponen a la sociedad, se han dejado influenciar por esa propaganda impulsada por el socialismo del siglo XXI. Reforzada en lo que va del presente siglo, gracias a los cuantiosos recursos de la renta petrolera con los que han contado el régimen castro-chavista en Venezuela. El neoautoritarismo izquierdista ha acomplejado a los demócratas con el tema de las privatizaciones, hasta el punto de existir voceros democráticos que buscan otras expresiones para comunicar la necesidad de quitarle al Estado el pesado fardo que representan un conjunto de empresas ineficientes, quebradas y saqueadas por los agentes de la revolución bolivariana.

Hay que superar ese complejo. Hay que orientar adecuadamente a nuestros ciudadanos, y asumir los temas de manera clara y sin rubores.

La experiencia vivida por los venezolanos en estos años del socialismo bolivariano es suficiente para demostrar con hechos contundentes lo nocivo de la estatización de los medios de producción, los efectos demoledores de la politiquería en las empresas, y la forma grotesca como dicha política ha sido fuente infinita de latrocinio; pero, sobre todo, prueba irrefutable de la ruina de una nación, y de las penurias a que un pueblo es sometido cuando el populismo estatista se toma para sí la propiedad, la gestión y manejo de buena parte del aparato empresarial que una sociedad ha sido capaz de generar.

Sin las lecciones de economía no son fácilmente compresibles por la mayoría de los ciudadanos, si el conocimiento histórico no ha llegado a las masas para explicar el fracaso del modelo marxista en el pasado siglo XX, los hechos contundentes que nuestra gente está viviendo cada día, sin lugar a dudas, una prueba irrefutable de lo negativo del estatismo hambreador, que los bolivarianos han establecido en nuestra querida Venezuela.

En consecuencia, no es necesario recurrir ni a la filosofía, ni a la historia, ni a la economía para enseñar a la gente lo perverso del “estatismo salvaje”, solo es suficiente explicarles la incapacidad de los rojos para ofrecer bienes y servicios de calidad, cuando las empresas están bajo su dirección.

Los ejemplos sobran. Antes podríamos conseguir alimentos y medicinas en todas partes. Desde que el difunto comandante Chávez aplicó el método “chaz” mediante el cual confiscó 2 millones de hectáreas de tierra productiva, o expropió empresas como Agroisleña, Lácteos Los Andes, Café Pro patria,  Supermercado Éxito, y creó una red de empresas para la importación de alimentos, estos fueron desapareciendo de los anaqueles, hasta llevarnos a la  situación de someter a la población a las infinitas y humillantes colas para lograr que le entreguen un miserable paquete con algunos alimentos esenciales.

Antes la gente podía salir a la calle y comprar materiales para construir o mejorara su vivienda. En cualquier ferretería o depósito podía adquirir cemento o acero. Desde que el socialismo estatizó las cementeras y la siderúrgica, adquirir cualquiera de estos bienes resulta un milagro, y cuando se ubica deben pagarse precios exorbitantes por los mismos.

El gobierno en manos del militarismo chavista ha invadido todas las áreas de la economía, ha sustituido a los particulares en la gestión de la vida económica. Ha llegado hasta extremos de sustituir a los ciudadanos en tareas elementales, que han sido y son fuentes de trabajo para sencillas amas de casa. Me refiero a la creación de empresas públicas denominadas como “la ruta de la empanada” o las “areperas socialistas”. Una manera de llegar hasta las formas más elementales de la actividad productiva.

Toda esta política ha generado un derroche y un robo de miles de millones de dólares. Toda esta política ha reducido la participación del sector privado en la gestión de la economía y ha incrementado de manera exponencial el gasto público.

Ha llegado la hora de llamar al pan, pan; y al vino, vino.

Ha llegado la hora de explicar la ineficiencia de la estatización y la necesidad de privatizar buena parte de todo ese conjunto de empresas públicas. Sí, privatizarlas, no hay otro nombre, no lo llamemos de otra forma, no dejemos que la demagogia populista nos acompleje. Los resultados están a la vista. Es menester recuperar la producción, es necesario abrir cauce a la iniciativa privada. Es hora de hacer eficiente al Estado para que pueda cumplir sus principales obligaciones, y es hora de promover las empresas creadoras de riqueza. Solo creando riqueza podremos superar la pobreza, y lograr entonces la justicia social.