• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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César Pérez Vivas

El comienzo del fin

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Está comenzando 2015, año de especial importancia para la vida política e institucional del país. Año que debe convertirse en el comienzo de un conjunto de cambios políticos y democráticos, tendientes a dar por finalizada esta trágica etapa de nuestra historia contemporánea.

Se inicia bajo los efectos de una crisis económica, política y social de grandes magnitudes, frente a la cual la cúpula gobernante no muestra signo alguno de capacidad y voluntad real para aplicar los correctivos que el desastroso modelo aplicado en estos últimos quince años nos ha producido.

El régimen está atrapado en un discurso político atrasado, ofrecido al pueblo de Venezuela como la panacea, mediante la cual se redimiría a los pobres. El socialismo del siglo XXI ha devenido en sistema político derrochador de la más grande fortuna jamás recibida por nuestro país, generador de una burocracia estructuralmente corrupta, e instaurador de una autocracia en la que los valores fundamentales de la democracia son letra muerta y discurso vacío. El resultado de sus recetas es mayor pobreza y destrucción.

Ese balance produce desazón, angustia y desesperación en grandes sectores de nuestra sociedad que reclaman, con justificada razón, un cambio urgente. En el seno de esos sectores sociales y políticos abunda el inmediatismo y el maximalismo. Vale decir, el deseo de resolver la crisis por una vía rápida, y el de sustituir a la totalidad de los actores políticos que dirigen las instituciones del Estado en todos sus niveles. En una situación de esa naturaleza,  encuentran espacio quienes ofrecen soluciones milagrosas en la vida política, operadores de eventos, que luego no logran los resultados esperados y producen frustración en nuestro pueblo.

El desafío de la dirigencia política es muy grande en este nuevo año. Por una parte, debemos ofrecer respuesta y orientación a un pueblo agobiado por la crisis, y por la otra, debemos actuar de manera eficiente para garantizar que las iniciativas a desarrollar se vean coronadas con resultados positivos. Estamos obligados a lograr una victoria. El país la reclama, y es la vía para garantizar la paz y la convivencia.

En la agenda institucional del país está prevista la elección de una nueva Asamblea Nacional. En efecto, de acuerdo con la vigente Constitución Nacional, el mandato del Parlamento fenece el 5 de enero de 2016, lo cual hace obligante en los próximos meses la convocatoria y realización de elecciones parlamentarias.

Es una oportunidad que se nos presenta para lograr un cambio en una de las instituciones fundamentales del Estado. La cúpula roja que maneja a su antojo los destinos del país es consciente del creciente grado de rechazo que sus políticas tienen en una mayoría cada día más grande de ciudadanos. Todas las investigaciones de opinión pública nos señalan que la aceptación del gobierno se ha reducido sensiblemente y que la mayoría de los venezolanos desean fervientemente un cambio en la conducción de la vida nacional. Tal circunstancia llevó a la mayoría parlamentaria de hoy a darle un golpe certero a la Constitución, y designar con un soberbio nerviosismo, al cierre de 2014,  a funcionarios para los poderes públicos, a ciudadanos cuya única carta de presentación es su sumiso apego a los dictámenes del partido gobernante. De esa manera se aseguran por un tiempo el control de los demás poderes del Estado, refuerzan la tesis de su invencibilidad, generan desesperanza en sectores sociales importantes, siembran el germen de la discordia y el desespero en la oposición democrática.

El proceso a cumplir para seleccionar la plataforma electoral de la alternativa democrática constituye una prueba de fuego para el liderazgo. Se requiere grandeza, desprendimiento, realismo político y participación ciudadana para articular una propuesta que resulte atractiva a nuestro pueblo, y que comprometa el esfuerzo del mayor grupo de organizaciones políticas y ciudadanas en la tarea de lograr una victoria contundente en esa justa comicial.

Lograr la mayoría de los votos y de las curules en las elecciones de la Asamblea Nacional no solo permite contar con un Poder Legislativo que sirva de contrapeso al resto de las ramas del poder público, controladas hoy de manera férrea y obsecuente por la cúpula roja, sino que tendría un efecto dominó sobre el resto de procesos electorales establecidos en la agenda constitucional que permitirían un progresivo relevo de las actuales autoridades.

El triunfo democrático en ese proceso se convertiría en el comienzo del fin de la hegemonía del militarismo de inspiración marxista, que ha destruido nuestra patria y le ha hecho perder una de las más brillantes oportunidades de progreso que la historia nos había deparado.