• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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César Pérez Vivas

Las colas y la pobreza

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La lucha del mundo moderno por superar la pobreza se ha convertido, desde hace ya algún tiempo, en un objetivo fundamental de la humanidad. De hecho, es una de las grandes metas del milenio.

Todas las ideologías tienen planteado, como su gran objetivo, una sociedad justa. Varias de ellas han demostrado que el camino a la justicia ha sido transitado con dramáticas injusticias, generando sociedades mucho más pobres y desiguales, y por lo tanto más injustas.

El socialismo del siglo XXI y el discurso político del extinto comandante Chávez hizo de los pobres el centro de su planteamiento. Anunciaron que la lucha en pro de los pobres era su principal motivación para la acción política y social. Solo que toda su praxis política y económica nos ha conducido a una mayor pobreza, a la pérdida de una riqueza extraordinaria, y de una oportunidad histórica, para haber dado el gran salto hacia el desarrollo.

Si algo retrata de manera inocultable ese monumental fracaso son las inmensas colas que debe soportar el pueblo venezolano para acceder a alimentos, medicinas y otros bienes y servicios. A esas largas filas debemos agregar el tiempo perdido en recorrer establecimiento tras establecimiento para poder abastecerse. Puede ser en muchos casos más largo el tiempo de búsqueda de un bien que el de la cola para acceder a él.

Las colas y el ruleteo constituyen una muestra inocultable de la pobreza producida por la errática conducción de la cúpula roja.

Toda la propaganda y la manipulación de la estadística oficial, anunciando una reducción significativa de la pobreza, ha quedado demolida con esa protuberante muestra de precariedad financiera y material, que son las miles de personas aglomeradas a la espera de poder comprar un bien escaso y subsidiado por el Estado.

Es el resultado del populismo. De derrochar y malversar el dinero público. De no privilegiar la inversión para el desarrollo, de no respetar ni la propiedad, ni la iniciativa privada. De crear un Estado monopartidista que facilite el latrocinio de los dineros públicos. De convertir al Estado en policía abusivo de toda actividad económica.

Voceros políticos del partido gobernante pretenden justificar la existencia de las colas con situaciones ajenas y con la perversión de agentes sociales distintos al gobierno. En un momento el responsable es el empresariado que acapara, no la caída  de la producción nacional. En otros instantes es la risible y ridícula argumentación de que nuestro pueblo tiene “capacidad de compra”, y es tal la oferta de bienes que la gente se aglomera para comprar. En otra circunstancia el argumento es la participación de personas que buscan adquirir productos subsidiados para luego revenderlos en el mercado negro nacional, o sacarlos de nuestro territorio y venderlo a los precios internacionales, aprovechando además la ventaja de obtener ingresos en moneda extranjera. Es lo que se ha bautizado como “bachaqueo”.

Por supuesto que nunca se admite que hay una escasez jamás conocida por nuestro pueblo. Tampoco se admite la existencia de una legión de pobres que, ante la devaluación del bolívar, producida por emisión de dinero inorgánico, la inseguridad jurídica y la caída del ingreso petrolero, buscan recuperar capacidad adquisitiva con esa práctica de microcomercio informal, que han llamado bachaqueo. Son pobres los que hacen la cola para procurarse alimentos o medicinas subsidiadas por los dólares petroleros. Son pobres también los que bachaquean. Son más pobres aún los que ni siquiera pueden alcanzar entrar en las colas, ya que la destrucción del aparato interno no les ha permitido ningún tipo de trabajo, ni formal, ni informal.

El fracaso del modelo socialista es inocultable. Las colas son una prueba tan protuberante, que por muy fanático partidario que se sea del régimen, no pueden ocultarse, y mucho menos justificarse.

Es el drama de un país que entregó ciegamente su destino a una élite político-militar, de baja calidad intelectual y moral que ha terminado de hundir la esperanza de un pueblo.

Salir de ese abismo es una tarea que nos convoca a todos.