• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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Venezuela habló

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Venezuela habló de manera contundente este 6 de diciembre. La voluntad expresada en las urnas de votación, en las que elegimos la nueva Asamblea Nacional, requiere de un estudio sereno por parte de todos quienes vivimos en esta patria nuestra y, muy especialmente, de quienes intervenimos en la vida política del país.

Ha triunfado la nación, el pueblo de Venezuela. El voto ha demostrado su eficacia. Quienes a lo largo de estos 16 años de hegemonía socialista estuvimos de manera permanente en la lucha política democrática, insistiendo una y otra vez en la vía electoral, hoy tenemos la satisfacción de reivindicar esa lucha y demostrar que, cuando se persevera en una línea, ella finalmente ofrece resultados. Nos costó mucho convencer a importantes sectores de nuestra sociedad para que abandonaran la idea según la cual “nunca íbamos a ganar con los votos”, porque siempre nos los escamoteaban. Sostuvimos siempre que en la medida en que construyéramos una sólida mayoría, y esta se expresara con el voto, al régimen le sería imposible desconocerla. Y así acaba de ocurrir este domingo 6 de diciembre de 2015.

La clamorosa victoria de la oposición democrática es, sin lugar a dudas, en primera instancia, un voto de severo y contundente castigo al gobierno, y más allá, a todas las instancias del poder público controladas de manera obscena y férrea por el Partido Socialista.

Los venezolanos expresamos de manera clara nuestro rechazo a la soberbia, a la vulgaridad, al derroche, a la corrupción, a la reiterada violación del orden constitucional, que se ha materializado en la espantosa crisis económica y social a la que nos condujo el modelo del socialismo del siglo XXI.

El voto expresado en las urnas tienen un mensaje claro, el pueblo quiere cambiar el orden establecido. Si bien es cierto, en términos constitucionales, que el sufragio emitido tenía como objetivo elegir a los nuevos integrantes del Poder Legislativo Nacional, también es cierto, en términos políticos, que ese fue un voto emitido en repudio al régimen, a sus principales voceros, y sobre todo a la absurda política económica y social que han aplicado.

La magnitud del voto castigo constituye de hecho una censura al presidente Nicolás Maduro, y a sus principales colaboradores. Es en la práctica política un revocatorio a su mandato. No lo es en el orden constitucional y legal, pero es tan contundente el mensaje enviado por el pueblo venezolano que el señor Maduro está obligado a presentar un cambio radical de su política económica y de su manejo del gobierno. Sus primeras palabras, para aceptar los resultados, muestran una reincidencia en su discurso de evasión de la crisis, y por  ende una incomprensión del mensaje enviado desde las urnas. Si Maduro no quiere o no puede cambiar ese rumbo, le haría un gran servicio al país si presenta su renuncia y se adelanta la elección de un nuevo presidente que, convocando a la unión de toda la nación, pueda instalar un gobierno de unidad nacional para dar comienzo a la reconstrucción espiritual, material, económica y moral de la República.

El dogmatismo y la torpeza exhibida por el régimen no ofrecen la esperanza de una rectificación profunda de sus políticas como para esperar el desarrollo de una cohabitación normal de los poderes públicos en los próximos años.

En una democracia moderna es normal la existencia de un gobierno con minoría parlamentaria. El gobierno ejerce la dirección de la rama ejecutiva del poder público, y la oposición conduce el Poder Legislativo, lo cual hace que la conducción global del Estado esté en manos de los dos factores políticos más importantes de un país.

Así ocurrió en la Venezuela democrática, en los gobiernos de Rafael Caldera y Luis Herrera Campins. Así ocurrió en la Francia de François Mitterrand.

En este momento singular de Venezuela una cohabitación supone una rectificación de 360 grados por parte del gobierno de Maduro.

Esa rectificación pasa por un ajuste del gasto público que lleve a una disciplina fiscal, base fundamental para poner un freno a la devastadora inflación que ha destruido el salario y los ingresos de todos nosotros. En paralelo es esencial promover una vigorosa economía de mercado que genere la masa de bienes y servicios hoy desaparecidos de los anaqueles, causantes de las inmensas colas padecidas por todos los ciudadanos de este país.

La escasez solo va a desaparecer el día en que seamos capaces de producir y comercializar libremente los bienes que requerimos. El proceso de estatización y férreo control impuesto a la economía privada debe desaparecer. El mismo ha demostrado hasta la saciedad su ineficiencia. Ello supone devolver al sector privado el conjunto de empresas estatizadas, fuentes hoy de corrupción y derroche, y generadoras de un gasto dispendioso que acelera de manera vertiginosa la inflación.

Democratizar la sociedad, liberar los presos políticos, permitir el regreso de los exiliados, descentralizar el poder, recuperar la libertad de expresión mediante una democratización de los medios y devolver a la política su naturaleza de debate civilizado son tareas vitales para reinsertar a Venezuela en la modernidad democrática.

Si el presidente Maduro no cambia, a la sociedad democrática no le queda otro camino que convocar de nuevo a la soberanía popular para que, en ejercicio de los derechos políticos consagrados en la Constitución, se active el referéndum revocatorio del presidente de la República, consagrado en el artículo 72 de la carta magna.

Así se habrá entendido cabalmente el mensaje emitido el pasado domingo.