• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

Al instante

Populismo y justicia social

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En nombre de los pobres, en nombre de una lucha para conseguir la justicia social, se ha abierto paso el populismo autoritario que ha estado en boga, durante más de una década de este joven siglo XXI, en América Latina.

Ciertamente la pobreza es un drama que padece la humanidad. Nuestro continente tiene aún elevados índices de pobreza y desigualdad.

Un desafío para nuestras sociedades es superar progresivamente la pobreza. Este compromiso es aún mayor para quienes hacemos política desde la perspectiva de la cosmovisión del humanismo cristiano. Bien lo señaló con meridiana claridad el papa Juan Pablo II: La tarea de los políticos cristianos es desarrollar una acción donde se manifieste “una opción preferencial por los pobres”.

Para lograr superar la pobreza, para impulsar “una opción preferencial por los pobres”, el peor camino es lanzar a los pueblos por la senda del populismo.

El populismo constituye una deformación de la política que conduce a mayor pobreza, produciendo graves alienaciones en valores fundamentales para lograr sociedades productivas, destruyendo la disciplina, la vocación por el trabajo, y la capacidad productiva de los pueblos.
Pero lo más grave de dicha patología, es su proximidad con el autoritarismo.

En efecto, todo populismo termina derivando hacia sistemas hegemónicos y/o autoritarios, en mayor o menor grado. Por tratarse de una opción política que busca el poder por el poder mismo, con pretensión de instalarse largo tiempo en su ejercicio, deriva a un comportamiento abusivo, una vez que han arruinado los Estados y han destruido las economías de los países víctimas de la citada patología     social.

En diversas fases del proceso político los populismos latinoamericanos del siglo XXI, han levantado su plataforma orgánica y electoral con una denuncia constante de la pobreza lacerante de nuestros pueblos, haciendo gala de una oferta reivindicativa, centrada en una distribución de las riquezas, sobre todo las derivadas del aprovechamiento de recursos naturales. Ese discurso, alimentado desde las canteras del pensamiento marxista, se refuerza con una dosis exacerbada de nacionalismos, de reivindicaciones étnicas y raciales, con lo cual fomentan situaciones y desigualdades existentes en el seno de nuestros pueblos, para producir odios y resentimientos que alimenten sus clientelas para el quehacer político y para las jornadas electorales.

Ese populismo no apunta a una búsqueda de justicia. Aprovecha las inequidades para fomentar el resentimiento social, y acceder al poder.

Al asumir el gobierno, y el control de las demás ramas del poder público, reproducen un modelo, de control político y económico, cuyo fracaso conoció ya la humanidad, en el ya casi olvidado siglo XX, como gusta en llamarlo el historiador Tony Judt, en un interesante ensayo titulado de esa forma.

Ese populismo hambreador ha teniendo su forma más elaborada en nuestra Venezuela. Confundieron política social con demagogia y latrocinio, convirtieron a un pueblo que había elevado su amor al trabajo y a la modernidad en un pueblo mendigo, sometido, humillado; y en nombre de los pobres ejecutaron el más formidable saqueo de que tenga memoria la historia de nuestro continente. Cuando se cuantifique el tamaño del robo, la forma burda del mismo, y, sobre todo, cuando todos perciban con nitidez que dicho saqueo se realizó para “auxiliar a los pobres”, para lograr la “justicia social” o para “instaurar el socialismo”, y hacer posible “un hombre nuevo”, habremos todos, igualmente, de repudiar tamaña disociación.

Lo ocurrido en Venezuela nos debe enseñar que la búsqueda de la justicia social no es posible por la ruta del populismo irresponsable. Que no lograremos superar la pobreza con sistemas de distribución de activos, que solo favorecen a los que hacen el reparto. Aquí cobra vigencia el adagio popular, que dice: “Quien parte y reparte se queda con la mejor parte”.

No habrá justicia social donde hay ruina y miseria. Para avanzar a ese paradigma de la modernidad es menester la construcción de sociedades productivas, antes que sociedades parasitarias. El logro de sociedades productivas solo es posible con trabajo, educación, investigación, disciplina, e inversión. Obtener dichas metas supone un clima de plena libertad de la persona humana, y esta solo es posible en democracia, con plena vigencia de un Estado de Derecho. De modo que la justicia social solo es posible en democracia.

Así lo estableció el premio Nobel de Economía Amartya Sen, en su laureada obra: La idea de la justicia. Él insiste en que el camino a la justicia se logra reduciendo las inequidades más protuberantes de forma progresiva, expresando la necesidad de contar con “una teoría de la justicia que puede servir de base para el razonamiento práctico (la cual) debe incluir maneras de juzgar cómo se reduce la injusticia y se avanza hacia la justicia, en lugar de orientarse tan solo a la caracterización de sociedades perfectamente justas, un ejercicio dominante en muchas teorías de la justicia en la filosofía política actual”. (Página 13 del Prólogo. Editorial Taurus. Bogotá 2010).

El planteamiento marxista de la utopía comunista, como la sociedad perfectamente justa, termina generando más y peores injusticias, como ya la historia nos lo ha enseñado.

Es menester insistir en estos conceptos. Nuestros jóvenes en especial, y todo nuestro pueblo, en general, debe ser educado respecto de los riesgos y daños del populismo irresponsable. La crisis dolorosa que padecemos debe convertirse en ejemplo vivo de lo dañino que es.

Que quede claro, el populismo es enemigo y contrario a la justicia social, a la democracia y al desafío de superar la pobreza.