• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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César Pérez Vivas

Pánico y polarización política

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La cúpula roja, debidamente entrenada por la dictadura cubana, se ha especializado en crear pánico y promover la polarización política como el vehículo más eficaz para atornillarse en el poder. Para ello se propuso, y lo logró, controlar y someter de manera abyecta, todas las ramas y niveles del poder público, y convertir a la Fuerza Armada en un agente político partidista al servicio de su autocracia.

Esto ha sido posible por la inmensa riqueza que los precios del petróleo les han prodigado. Con los dólares del petróleo han comprado lealtades, han construido un piso político importante. El complemento es la polarización y el miedo.

Eso es lo que hemos presenciado en estos días de protestas en Venezuela. El centro del debate dejó de ser el hambre, la escasez, la devaluación brutal del bolívar, el cierre de fábricas, las inmensas colas para acceder a los bienes y servicios. El régimen vuelve con su retórica del golpe de Estado, del fascismo, y de la manipulación sobre la violencia. Nos movimos a una agenda temática, que ha sido la dominante en los quince años de lucha que hemos librado frente al socialismo del siglo XXI.

Los venezolanos sensibles a los temas de la democracia, de los derechos humanos, de la separación de poderes, de la libertad de información, y demás derechos ciudadanos ya han sumado su voluntad a la necesidad de cambio; y en la mayoría de los casos nos han acompañado en las duras jornadas que hemos vivido, en nuestro afán por construir la alternativa democrática. Con esa agenda, hemos logrado aglutinar a un segmento significativo de nuestra sociedad. Alrededor de 50% del país nos ha acompañado, plenamente consciente de que esos temas son el eje cardinal en la construcción de un país moderno, equitativo y democrático.

La otra mitad ha sido captada con la política del populismo rojo. Unos adoctrinados con una ideología fracasada, otros atraídos por una propaganda manipulada y superabundante que les distorsiona la realidad, otros comprometidos por programas o dádivas que la riqueza petrolera ha permitido. Es decir, para esa otra Venezuela los temas de la agenda democrática no son trascendentes, o simplemente la reciben con la lectura manipulada que la propaganda roja les ofrece.

Frente a la protesta legítima, el gobierno solo tiene la respuesta de la represión. Por eso usa el aparato judicial y represivo del Estado para criminalizar la protesta y someter a quienes la ejercen.

Pero en paralelo, el régimen envía a sus grupos armados, debidamente protegidos por los cuerpos de seguridad y con la garantía de la impunidad, que les da el control de la justicia, a asesinar y a golpear a quienes toman las calles para expresarse.

¿Cómo puede justificar la cúpula roja la presencia de los llamados Tupamaros, armados abiertamente, en las calles de Mérida o en la protesta del 12-F en la Fiscalía?

¿Por qué el Estado deja sin protección a los ciudadanos que ejercen la protesta y permite a esos grupos salir en sus poderosas motos a matar a mansalva?

Solo hay una respuesta, el régimen tiene un aparato paramilitar para asesinar, reprimir e intimidar. Ese aparato goza de total impunidad y de su respaldo.

La tarea de quienes luchamos desde la acera de la civilidad y la política democrática debe estar orientada a incrementar la base política de la alternativa democrática, y a no ofrecerle al régimen en bandeja de plata el bocado con el cual desviar la atención, polarizar y reprimir.

Por una parte, reafirmando las convicciones frente a los temas estrictamente políticos de la agenda; pero en paralelo, y con mayor fuerza, una agenda de lucha y trabajo en los sectores que hasta ahora se habían sentido cómodos con la política oficialista en el campo económico social.

En el campo económico y social el régimen hace aguas. Su modelo no funciona ni va a funcionar. Ahí está un espacio por conquistar. Esos compatriotas, con nuestro acompañamiento, con nuestra palabra, y con nuestra lucha entenderán que el modelo socialista es una estafa. Ahí está nuestro desafío político. Ahí están las mentes y los corazones que debemos sumar a nuestra lucha, para que la mayoría por el cambio sea de tal magnitud que ni el dinero, ni el ventajismo, ni la parcialidad de autoridades ni el abuso puedan detener la victoria de la civilidad y la modernidad.