• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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El desmoronamiento de la revolución

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La magnitud de la crisis social, económica, ética y política que vive Venezuela no tiene parangón en nuestra historia, ni en la más reciente de América Latina.

Presenciar cómo la nación que ha dispuesto de la suma más fabulosa de recursos financieros en una década vive un estado de tensión, frustración, violencia y pobreza, y su gobierno se aferre al poder de la forma como la cúpula roja lo hace, constituye motivo de reflexión para científicos sociales, y también para los ciudadanos.

Tanto es así que es común escuchar a la gente expresar: “Hasta cuándo aguantaremos esta calamidad”. Otros se quejan de la tragedia que sufren, y a renglón seguido expresan: “pero aquí no pasa nada”.

A todos les expreso categóricamente: aquí sí están pasando cosas. Aquí se está desmoronando el régimen castro-chavista.

En efecto, desde el fallecimiento del comandante Hugo Chávez comenzó el desmoronamiento de la revolución. Nicolás Maduro es solo un facilitador de ese proceso disolvente, pues no tiene la capacidad para sostener el régimen, y mucho menos tiene ni el talante, ni el liderazgo para modificarlo y hacerlo viable.

El desmoronamiento de la revolución se aprecia cada día con mayor nitidez, y debemos hacer todos los esfuerzos porque el mismo no termine en una dinámica de violencia generalizada, que llene de más dolor y sufrimiento al martirizado pueblo venezolano. Cuando muchos expresan: “Aquí no pasa nada”, parecieran referirse a la ausencia de un evento violento, parecido al ocurrido en Caracas en febrero de 1989.

Quienes amamos nuestro país debemos hacer todo lo posible por lograr un cambio pacífico, y ahorrarle a la nación un sacudón que nos llene de más destrucción y muerte.

El proceso de desmoronamiento socialista ya ha estado acompañado de múltiples eventos violentos, que nos han producido todo tipo de pérdidas. La brutal censura a la prensa libre, y el aparato de propaganda del régimen, ha permitido quitarle fuerza informativa a la larga lista de eventos, protestas, muertes y caos producidos en todo el territorio nacional que ponen de manifiesto el nivel de hastío e indignación que acompaña a la gran mayoría de nuestro pueblo.

Los amplios sectores sociales que aceptaron el discurso populista de Chávez, hoy la dramática realidad les ha hecho despertar de esa ilusión y son conscientes del desastre en que vivimos.

No solo las encuestas están revelando de manera nítida cómo ese desmoronamiento ha sido persistente, sostenido a lo largo de estos dos últimos años, hasta llegar el señor Maduro a consolidar 80% de rechazo en la opinión pública nacional. Es el mismo comportamiento del régimen el que revela de manera indubitable el nivel de debilidad que les acompaña, y las profundas contradicciones que se generan en su seno.

La confesión más elocuente, ofrecida por los jerarcas rojos, de que la caída se aproxima, es la decisión apresurada de jubilar por adelantado a un grupo de magistrados del Tribunal Supremo de Justicia para ampliar el cupo de vacantes y proceder antes de las elecciones parlamentarias de diciembre a nombrar nuevos titulares para dichas magistraturas.

Un régimen que se siente fuerte en su base de apoyo popular, un gobierno que siente haber cumplido legalmente con sus responsabilidades, no se lanza a tomar tamaña decisión a pocos días de un proceso electoral de la importancia del que tendremos a la vuelta de la esquina.

Solo la certeza de la derrota en puertas, y el temor a una justicia imparcial, lleva a la cúpula del PSUV a violentar una vez más el orden constitucional, para tratar de garantizarse un tribunal que les proteja de su cuestionado comportamiento.

Pero una vez más se equivocan las cabezas del régimen. Cuando el desmoronamiento de un sistema de produce, no hay maniobra que detenga su desplome. Se genera una dinámica demoledora que acelera las contradicciones y multiplica los errores.

Así lo hemos apreciado con los anuncios de supuestas nuevas medidas económicas. Cuando se analizan las mismas, apreciamos que no se les puede calificar como medidas económicas, sino como una dosis reforzada de políticas punitivas que en nada apuntan a sanear nuestras maltrechas finanzas públicas, o a fortalecer nuestro devaluado bolívar, ni mucho menos a animar nuestra deprimida economía productiva.

Esa medidas solo son un paso más al abismo de la destrucción económica, social y política, cuya existencia está generando el pánico en todos los estamentos del moribundo régimen castro-chavista.

Este desmoronamiento no significa que no tenga aún una vida inercial, y que sea necesaria una labor política seria, unitaria y patriótica para producir el cambio y la gobernabilidad necesarios en la tarea de la reconstrucción nacional.

Salvar a Venezuela no solo pasa por logar un cambio pacífico, constitucional, y electoral de los poderes públicos. Se requiere una gran unidad de la nación para obtener una gobernabilidad estable y eficiente.

No tener este objetivo claro puede llevarnos a pasar del desmoronamiento del régimen al desmoronamiento de la república, y eso sí sería mucho más dramático. Es nuestro deber evitar ese escenario.