• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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¿Ecosocialismo o primitivismo?

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Una de las características del llamado socialismo del siglo XXI son las consignas con las cuales se encubren un comportamiento y una política, radicalmente distinta de la que literalmente dicha expresión significa.

La lista es larga, pero podemos recordar algunas. Por ejemplo: “Democracia participativa y protagónica”, para encubrir la destrucción de la sociedad democrática, e instaurar la autocracia. “Poder popular”, para justificar la concentración en la cúpula del poder central y destruir las instancias intermedias de organización social. “Socialismo productivo”, para justificar la expropiación de empresas y unidades de producción agropecuaria, y arruinarlas en nombre de los trabajadores.

La consigna más reciente de la cúpula roja es la del “ecosocialismo”. En nombre de este nuevo paradigma han eliminado el Ministerio del Ambiente, y lo han reducido a una dependencia del Ministerio de la Vivienda.

Con el ya agotado repertorio de manipulaciones y mentiras, según el cual el capitalismo es el destructor de la naturaleza, han tomado de la quincalla ideológica de la izquierda internacional la expresión del ecosocialismo para hacernos ver que solo en “el socialismo”, es decir, en la sociedad autoritaria, se puede lograr una preservación del ambiente y de la calidad de vida.

Los voceros del régimen venezolano son especialistas en copiarse todas las expresiones que el comunismo internacional ha acuñado, en su afán de mostrarse como una corriente novedosa o innovadora. Solo que los hechos de ese socialismo real, han demostrado hasta la saciedad el vacío que dichos términos comportan. Desde los tiempos de Lenin y Stalin, hablaron de crear el “hombre nuevo”, fruto de una nueva civilización. Ese hombre nuevo resultó ser más criminal e inhumano que muchas civilizaciones anteriores. Nos hablaron de la sociedad igualitaria, sin Estado, sin estructuras que le sometiesen. Terminaron instaurando una sociedad de esclavos, donde una élite sometió a todo un pueblo, y donde el Estado se hizo más fuerte y poderoso para controlar todos los estamentos humanos.

Ahora tomaron la consigna del “ecosocialismo”, y en su nombre eliminan una de las instituciones pioneras en el mundo en la elaboración, diseño y ejecución de políticas públicas destinadas a conservar el medio ambiente y a ofrecer a la persona humana calidad de vida.

Lo que han demostrado a lo largo de estos quince años de ejercicio del poder, los llamados “revolucionarios bolivarianos”, es una conducta ecocida, extraccionista y de desprecio absoluto por todos los conceptos y normas que el movimiento ambientalista mundial ha construido en las últimas cuatro décadas. En eso comparten honores con el “socialismo real”, cuyos pasivos ambientales en la antigua Unión Soviética y en toda la Europa del Este no tiene parangón con ningún otro modelo de desarrollo. Pasivos que la humanidad ha podido conocer cuando las dictaduras allí instauradas han terminado, y se ha podido dar a conocer tamaños daños contra la naturaleza.

La eliminación del Ministerio del Ambiente y de los Recursos Naturales es un paso más en una política de destrucción de las políticas ambientales de Venezuela, iniciadas con ocasión del arribo al poder de la logia militar comunista que nos gobierna. Desde el inicio de su mandato, el fallecido presidente Hugo Chávez mostró su nula compresión de la importancia de las áreas protegidas y el valor de la diversidad biológica. Por ello fue promotor de un oleoducto por la selva amazónica, y de una interconexión eléctrica en la misma zona. Al comienzo de su gestión eliminó los programas de preservación de cuencas hidrográficas, y de saneamiento de importantes cuerpos de agua, como los lagos de Maracaibo y Valencia, que el país tenía acordados con el Banco Mundial. Amparados en el falso discurso, de la lucha contra los imperios, echó por la borda todo lo que allí se había avanzado y no generó programas alternativos para sustituir aquellos valiosos planes de trabajo e inversión. El resultado es que hoy ha avanzado la destrucción de nuestras fuentes hídricas, y no hay ningún programa integral de saneamiento de ríos, lagos y mares. Tal desprecio solo ha traído más sed en los pueblos de Venezuela, y mayor contaminación en el agua que consume una parte significativa de nuestra población.

Desde un comienzo, Chávez no le dio importancia al Ministerio del Ambiente. Sus titulares, fueron personas sin capacidad y sin compromiso con la naturaleza y con la calidad de vida de nuestro pueblo. Personajes grises, que fueron desmontando la capacidad técnica del ministerio, y que fueron tolerando el avance de una política meramente extractiva de nuestros recursos naturales; y fueron tolerando una operación sin cuidado del impacto sobre la biodiversidad por parte de entes y empresas que han explotado irracionalmente los recursos naturales. Tal situación ha sido especialmente grave en el sector petrolero y minero. Allí se abandonaron todas las políticas de exploración, explotación, transporte y comercialización bajo las estrictas medidas de seguridad ambiental que había logrado la industria. El gobierno rojo paró el programa de recuperación de los pasivos ambientales generado en muchas décadas por la industria. En dirección al proceso de adecuación con una industria ambientalmente sostenible, la llamada “nueva Pdvsa” abandonó las prácticas de manejo ambiental e incrementó el volumen de esos pasivos ambientales. En estos quince años han crecido los derrames petroleros, tanto en tierra como en las aguas del lago y del mar. Ha crecido la emisión de los gases de efecto invernadero, como resultado de la falta de mantenimiento de las refinerías, tal y como ocurrió con la lamentable explosión del Complejo Refinador de Paraguaná, el 25 de agosto de 2012. Evento cuyas causas han sido ocultadas por el régimen, como ha ocurrido en todos los países donde la democracia ha sido confiscada y es imposible debatir en escenarios institucionales y mediáticos una tragedia como esa.

En la minería, la situación ha sido más dramática. La militarización del Estado y la sociedad ha lanzado un manto de oscuridad e impunidad sobre la explotación ilegal y antiambiental de las riquezas mineras de Guayana. Hoy la extracción de oro no tiene ningún control social, ni técnico, ni político. 

Eliminaron los planes nacionales de manejo de desechos sólidos, y el tratamiento de desechos tóxicos y peligrosos. Sacaron a Venezuela de la normativa internacional respecto al tratamiento de la diversidad biológica y pusieron de lado las normas básicas sobre el hábitat, al impulsar los programas de vivienda al margen de toda consideración de orden ambiental.

Al someter al Ministerio de la Vivienda la administración del ambiente, declaran categóricamente la poca importancia que el régimen le da a la materia, y olvida que esta es transversal en todas a las actividades productivas y de infraestructura que se adelante en cualquier sociedad.

El ecosocialismo venezolano es un paso más en la tarea de vaciar al Estado y a la sociedad de una verdadera política pública en materia de desarrollo sostenible. Es un verdadero retroceso, otra muestra del primitivismo en el que nos encontramos.