• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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Diálogo, conversaciones y confrontación en una nación devastada

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La magnitud y profundidad del desastre producido por el socialismo del siglo XXI ha agudizado los niveles de represión, hostigamiento y soberbia de la cúpula bolivariana, que mal gobierna nuestra Venezuela.

Tal comportamiento ha producido un incremento alarmante de la conflictividad social y de la polarización política.

El discurso oficial no da tregua en su adjetivación descalificadora de todos los factores de la sociedad, que exigen atención y/o rectificación, o promueven un cambio político y democrático.

Los niveles de hambruna, de muerte en hospitales, el resurgimiento de epidemias y endemias, y el incremento sostenido de la violencia ha generado legítima preocupación en la comunidad internacional.

Desde el papa Francisco hasta líderes políticos, hasta hace poco defensores de “la revolución bolivariana”, como el ex presidente uruguayo Pepe Mujica, han alzado su voz para solicitar a los venezolanos diálogo, y al gobierno no seguir violentado los principios elementales de la vida democrática.

Aunque en el rudo discurso de cada día los voceros de la cúpula roja presumen de dueños absolutos de la verdad, y de una prepotencia ilimitada; en privado  crece la angustia ante el volcán social en erupción que tienen ante sí cada mañana.

Maduro ha aceptado, por solicitud de Unasur, una gestión exploratoria de un grupo de ex presidentes para construir un diálogo que permita salir de la severa crisis que padecemos.

Los ex presidentes José Luis Rodríguez Zapatero (España), Leonel Fernández, (República Dominicana) y Omar Torrijos (Panamá), todos cercanos al gobierno socialista de Maduro, intentan construir puentes con la oposición democrática.

¿Qué hacer frente a tal planteamiento? Cerrar toda exploración. Expresar que esta cúpula gobernante nunca ha querido un diálogo serio y constructivo. Que siempre ha usado el diálogo como una estrategia para desmovilizar a la sociedad, y para ganar tiempo.

Sí, hay que recordar este comportamiento, expresarlo claramente; pero no puede el liderazgo político cerrar todas las puertas y no oír un planteamiento que se formule para explorar caminos para lograr un cambio.

Los demócratas venezolanos hemos demostrado a lo largo de estos duros 17 años de lucha frente al autoritarismo bolivariano tener una voluntad de construir soluciones. La línea del gobierno siempre ha sido contraria, se ha basado en la confrontación y la polarización.

Conversar con actores políticos internos o de la comunidad internacional, mostrar nuestros puntos de vista, reiterar la denuncia sobre el escalamiento del modelo autoritario, y mostrar el drama social que vivimos, siempre es útil, aun cuando los interlocutores sean próximos o aliados el gobierno madurista. Con quienes comparten nuestra angustia y nuestra visión de la crisis es conveniente hablar para promover la solidaridad internacional. Pero, cuando encontramos eco en factores próximos al chavismo, avanzamos en una mejor compresión de nuestra realidad, y le quitamos piso político en la región y en el mundo a un régimen que ha hecho de su política internacional uno de los ejes transversales de su proyecto hegemónico.

Si esas conversaciones pueden llevarnos a un verdadero diálogo y a abrir los caminos para el cambio y para la reconstrucción de nuestra patria, habremos ahorrado mayores padecimientos al sufrido pueblo venezolano.

Cerrar toda conversación, o posibilidad de diálogo, nos llevaría a la política de escalar el conflicto. Por ese camino vamos directo a una confrontación fratricida. Un liderazgo democrático y patriótico no puede trabajar para agregarle a la tragedia nacional mayores dosis de violencia y sufrimiento.

Conversar para nada significa renunciar a la lucha fundamental que se tiene planteada. No significa renunciar a derechos políticos consagrados en la carta fundamental. No significa darle más tiempo al régimen. Los comunicados ofrecidos por la MUD han definido claramente los temas que constituyen la base sobre la cual se busca ofrecer una solución a la coyuntura.

Liberar los presos políticos, garantizar el ejercicio del derecho político configurado en el referéndum revocatorio, respeto a la legitimidad y actos del Poder Legislativo constituyen elementos de alto tenor en la política democrática, frente a los cuales el régimen se encuentra acorralado.

Si bien se debe observar de cerca este proceso, estamos en el deber de ofrecer confianza a la MUD para que adelante dichas tareas. Nada ganamos con lanzarnos de manera rabiosa a descalificar esa política. A señalar de traidores a quienes hablan. En Venezuela nadie tiene en estos momentos la posibilidad de adelantar acuerdos bastardos y subalternos. En todos los conflictos, pero muy especialmente en los que está comprometida la paz, se presentan conversaciones, aun en los momentos más dramáticos, para salir de los mismos.

El gobierno de Maduro está condicionado por la dura y disolvente realidad nacional, por la creciente presión internacional y por la indubitable ruta democrática trazada por la MUD. El socialismo bolivariano no tiene otro camino que aceptar a regañadientes someterse al veredicto del pueblo venezolano.