• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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El paraíso de lo absurdo

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Venezuela ha sido convertida, por obra y gracia de la revolución bolivariana,  en el paraíso de todo lo que nos resulta absurdo.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española nos define como absurdo aquello que es “contrario y opuesto a la razón; que no tiene sentido”. También entiende como parte del vocablo lo “extravagante, irregular, chocante, contradictorio. Dicho o hecho irracional, arbitrario o disparatado”.

Todo ese conjunto de elementos lo vivimos diariamente en nuestro país, sobre todo en el comportamiento del gobierno y de todos los entes y personas que en torno a él giran, y en no pocas ocasiones, en otros sectores de nuestra sociedad.

No hay día o semana en que no encontremos un acontecimiento capaz de impactarnos profundamente, revelando el rostro enfermo de nuestra patria, que en cualquier sociedad generaría un debate de trascendencia nacional, y una acción mancomunada del cuerpo social con el fin de corregirla.

El absurdo toma cuerpo en todos los campos del acontecer nacional. En la política, en la justicia, en la economía, en la educación, en la cultura.

En toda nación moderna el gobierno busca la unidad nacional en medio de la diversidad, promoviendo la democracia, el respeto a los derechos humanos, generando espacios de diálogo y cooperación de todos los sectores para construir una mejor calidad de vida para los ciudadanos.

En nuestro país, el gobierno es el principal promotor de la división de la sociedad. Su enfermiza obsesión por perpetuarse en el ejercicio del poder los lleva a autodefinirse como los únicos patriotas, los únicos que aman la nación, los únicos que pueden o deben gobernar. Todo el que tenga una perspectiva distinta se le considera enemigo y traidor a la patria. Por lo tanto, es merecedor de todo tipo de agresión o descalificación, sin considerar derecho humano alguno.

A pesar de ese comportamiento, los voceros de la cúpula gobernante hablan como paladines de una “democracia participativa y protagónica”, sosteniendo que no hay país más libre y abierto que el nuestro. Oír o ver cualquier medio de comunicación del país, sobre todo los del sistema nacional de medios públicos, es percibir una imagen contrastante con la realidad que a diario se vive en la sociedad. Desde dichos medios se habla de un país de justicia, de inclusión, de paz y bienestar.

Pero en la dura realidad de cada día encontramos un país donde la violencia se genera desde la misma cúpula del régimen, y donde la injusticia es la regla de su diario quehacer.

Violencia en la palabra y en los hechos. Violencia que se desparrama como agua caudalosa, en todos los segmentos y regiones de nuestro país.

Y por ese camino nos encontramos con el absurdo de crímenes que nos conmueven, como el de Mónica Spears, o el de una niña inocente en una barriada.

Pero todos los días, desde los más elevados estamentos del poder, oímos hablar de paz. Palabrerío vacío, porque en la realidad lo que se hace es estimular la impunidad y animar la confrontación.

Esa línea de comportamiento invade todos los sectores y niveles de la sociedad. En todas partes se percibe esa tensión, esa polarización. Nada se hace si no está marcada la acción con el tinte macabro del sectarismo, el dogmatismo, la descalificación y la intolerancia.

Cuando pensamos que el teatro de la justicia está controlado, salta un arlequín, que ejercía de fiscal del Ministerio Público, para expresar que acusó a Leopoldo López, en un juicio amañado y con pruebas forjadas, porque esa era lo orden que le llegaba de las alturas del poder. Y de nuevo lo absurdo conmueve, impacta y revela nuestra patología.

En el campo  de la economía la irracionalidad no puede ser mayor. Se anuncian medidas para enfrentar la dramática crisis que nos consume. Cuando examinamos el contenido de las mismas, nos sorprende la insensatez con que se actúa. De nuevo una dosis, está vez reforzada, de la misma medicina que ha producido la metástasis. Una nueva dosis de sinsentido, de irracionalidad, de tozudez. Vale decir más controles, más hostigamiento al que produce y trabaja, más restricción a la libertad económica, en síntesis, más estatismo.

Nada que ver con disciplina en el gasto, ni con respeto a la propiedad, tampoco con un freno a la emisión de dinero inorgánico; nada que ver con la aplicación de una ciencia que hoy, más que en ninguna oportunidad histórica, ha demostrado cuán claro es el camino para lograr control sobre la inflación, generación de bienes y servicios, es decir, riqueza.

Lo absurdo se hace cotidiano, pareciera convertirse en normalidad, y de momento, ni siquiera ya nos conmueve.

Nuestra misión es revelarnos contra el absurdo, vale decir, no aceptar esa paradoja en nuestro fuero interior. El desafío es salir del círculo de lo absurdo a la ruta de la razón, de lo sensato, de lo positivo. Y sacando fuerza de nuestras reservas, reorientar nuestra sociedad hacia lo creativo y productivo. Es decir a la paz, a la justicia y a la equidad.