• Caracas (Venezuela)

César Pérez Vivas

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Brasil ante la barbarie roja

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En estos duros años de lucha para defender los valores de la civilidad, la paz y la democracia, he sido un constante crítico de la violencia genética que caracteriza a la llamada revolución bolivariana.

Mi postura, desde el Parlamento a partir de 1992, desde la calle, desde escenarios académicos o institucionales, ha sido de permanentemente  cuestionamiento al tozudo empeño de imponer, por la vía de la fuerza, una hegemonía y una visión de la sociedad, de la economía y del hombre alejada de los principios de la tolerancia, el pluralismo, la paz, el respeto.

Desde que Hugo Chávez irrumpe en la vida pública, a través de un acto de barbarie, como fue la felonía del 4 de febrero de 1992, siempre tuve claro que en el alma de este segmento de compatriotas se anidaba un profundo resentimiento y una inclinación por la violencia que hemos sufrido a lo largo ya de más de dos décadas.

Aún tengo frescos en mi memoria los entonces llamados “círculos bolivarianos”, con los cuales se nos llenó de vejámenes, improperios y violencia a los parlamentarios del último Congreso democrático, elegido en diciembre de 1998, y a los que acudimos a la primera Asamblea Nacional, elegida en diciembre de 1999.

“Los círculos bolivarianos” colocados a las puertas del Parlamento, era una legión de empleados públicos a los que se les asignaba la tarea de hostigar y agredir a quienes ejercíamos la representación popular de los ciudadanos que nos eligieron. Varios de nosotros resultamos afectados, heridos severamente, insultados, escupidos por esta forma “revolucionaria” de tratar a compatriotas, que solo teníamos una forma distinta de pensar y entender la política.

Entonces señalé ese comportamiento, como propio de la barbarie primitiva, y para graficarla mejor, y ubicarla en el exacto contexto de nuestro espectro político, la bauticé como “la barbarie roja”.

La recientemente abortada visita de una misión de parlamentarios brasileños volvió a colocar este primitivo comportamiento de violencia y hostigamiento, típicamente faso-comunista, en la primera plana de nuestra vida pública, ofreciendo una lamentable imagen de nuestro quehacer político a la comunidad internacional.

Promover una gavilla de activistas partidistas, como la que se organizó, movilizó y activó para impedir el paso de una misión parlamentaria del vecino Brasil, vuelve a mostrar el rostro violento, primitivo e incivilizado de la cúpula gobernante.

Los hechos del pasado jueves 18 de junio de 2015 en el aeropuerto internacional de Maiquetía, y en su autopista de enlace con Caracas, para impedir la labor de la citada misión parlamentaria nos llena de dolor y vergüenza como demócratas y, sobre todo, como venezolanos. Pero si vergonzosa es la forma organizada por la cúpula roja para impedir esta visita, más vergonzosa resulta la justificación de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, quien avala la salvaje agresión, por tratarse de “injerencia en asuntos internos de otro país”.

Las visitas que este segmento de la política latinoamericana considera aceptables son solo aquellas que se efectúen para felicitarlos y apoyarlos. Las que se realicen para criticarles algún asunto, máxime si se trata de la violación de los derechos humanos, ya es considerada “injerencia en los asuntos internos”. 

Nosotros hemos sido en el pasado una democracia respetuosa y tolerante. Todos nuestros magistrados, más allá de las limitaciones propias de la condición humana, habían sido personas respetuosas con visitantes, máxime cuando se trata de autoridades, líderes o representantes de uno de nuestros más cercanos y solidarios vecinos.

El pueblo del Brasil ha conocido, sentido y vivido por intermedio de un grupo de sus parlamentarios el comportamiento de estos personajes, forjados a la luz de los valores que profesa el llamado Foro de Sao Pablo.

Utilizar a un grupo de personas, básicamente funcionarios de los organismos del gobierno, con asiento en el estado Vargas, para ofender y hostigar a una misión parlamentaria internacional no es propio de gente civilizada, por ello el calificativo de barbarie llega como anillo al dedo.

Un segmento de la clase política brasileña, cuyos líderes y gobernantes han sido tan dados a respaldar la llamada “revolución bolivariana” han recibido una dosis de la misma medicina, que a lo largo de estos años hemos recibido los dirigentes políticos democráticos de Venezuela a manos del PSUV, que no termina de abandonar la violencia selectiva como método de revancha y ofensa cuando alguna personalidad, propuesta o grupo le resulta incómodo.

Esta cúpula dirigente, no hay duda, carece de la civilidad para entender la pluralidad del mundo contemporáneo, y sobre todo de la sociedad global en la que vivimos. Por ello responde con inusitada violencia cuando sienten que una persona, un partido o un grupo de personas pueden resultar críticos a su comportamiento político.

Esperemos ahora que el liderazgo brasileño, maltratado aquí por el gobierno de Maduro, termine entendiendo que en Venezuela perdimos hace ya largo tiempo el Estado de Derecho, y se comprometan a ser voz ante el mundo para denunciar “la barbarie roja” que corroe las entrañas de nuestra sufrida Venezuela.