• Caracas (Venezuela)

Carlos Simón Bello

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La toga roja

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El alma de la toga del defensor lucha por la justicia a través del derecho. Más actualmente: lucha por los derechos humanos. Históricamente sus armas son básicamente las mismas: la ley, la crítica de la prueba y los alegatos. Así, incluso, en un sistema como el nuestro que consagra como fin del proceso la justicia, a su vez, tanto valor superior del ordenamiento jurídico como también fin del Estado, al que la Constitución obliga a procurar el desarrollo de la persona y el respeto a la dignidad humana. Propósitos irrealizables fuera de la justicia.

El alma de la toga del defensor cuenta con garantías institucionales: la  división de poderes, marco de la independencia de los componentes del sistema de justicia y el cumplimiento de sus respectivas funciones legalmente previstas y transidas de los valores morales del marco constitucional: preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político. Ultrajar el alma de su toga para colocarla al servicio de una ideología es mancharla con la sangre derramada por la herida profunda que se le inflige al Estado de Derecho.

Uno de los medios propios de la defensa para alcanzar la verdad es contribuir a la formación de la certeza del juez mediante la crítica de las prueba. En el caso de los testigos, determinar si el testigo percibió y si es veraz. En el desempeño de esta actividad, el defensor tiene la posibilidad, jurídicamente garantizada, de escrudiñar tanto sobre la percepción de distintos elementos de hecho sobre los que el testigo depone, como sobre la verdad de los mismos. Por eso, las limitaciones al ejercicio del interrogatorio son de interpretación restrictiva. El juez debe hacer un uso prudente, en suma justo, de su facultad regulativa. Estos límites son, en general, desde un punto de vista objetivo y formal, la pertinencia y necesidad; y desde un ángulo subjetivo, el respeto a la dignidad del testigo. Es claro que el interrogatorio se vale del medio verbal para su ejercicio, por lo que si se trata de excesos, ello solo pueden ser los propios de la palabra, no físicos, pues entonces no se trata de interrogatorio, sino de una agresión material.

¿Puede delinquir el defensor en el interrogatorio al testigo?  Dado que se trata de una actividad verbal cuyos excesos en cuanto ofensas están cubiertos de impunidad, signo del rigor de su protección, solo puede hablarse de hechos verbales que excedan la ofensa, instigación al delito, por ejemplo.

En los delitos de resultado el establecimiento del nexo causal es indispensable para la tipificación del hecho, y por ello hay que acreditar que la palabra del defensor sobrepasó los límites de su debido ejercicio y, además, que concurrió una ley natural que vinculó su verbo con el resultado. Un fenómeno de tal naturaleza es de extrañísima ocurrencia y requerirá una determinación probatoria extremadamente difícil. Si es casi improbable que el verbo genere procesos psíquicos que a su vez determinan la conducta de otro, mucho más el hecho de que impulse procesos naturales o biológicos, como un aborto, por ejemplo, delito en el que se necesita además el dolo concurrente. Sin embargo, no es solo asunto de dificultad de prueba, sino que es, por encima de todo, un tema atinente a la preeminencia constitucional del derecho de defensa. Sus tutores, jueces y fiscales del Ministerio Público, están legal y moralmente obligados a respetarlo y defenderlo en la realización de los fines y valores del Estado y la Constitución. La dignidad de su toga reniega de todo color.