• Caracas (Venezuela)

Carlos Paolillo

Al instante

El registrador de movimientos

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El vínculo de Miguel Gracia con sus fotografías fue de complicidad. Vivió una intensa relación emocional con sus imágenes de la que hizo partícipes a los principales involucrados: actores, bailarines, dramaturgos, coreógrafos, directores y diseñadores.

La fotografía para Gracia fue el instrumento que le permitió desarrollar un definitivo sentido de pertenencia con el mundo de la escena, ajeno a él como profesión, pero suyo por intuición y sensibilidad. Así, el riguroso registro contenido en sus fotos implica también una visión subjetiva, sin alardes, del personaje o la acción objeto de documentación.

La exposición Un gesto de Gracia, fotografía y artes escénicas, que puede visitarse en el Cubo 7 Espacio Fotográfico, en la Hacienda la Trinidad, está dedicada a valorar  los trabajos de Miguel Gracia de teatro, danza y ópera, y alrededor de ellos se realizan actualmente distintas actividades de extensión.

Una clara conciencia de su rol de testigo silencioso ante el hecho escénico, cualquiera que este fuese, hizo de Miguel Gracia un fotógrafo sin afán de protagonismos. Su misión fundamental fue convertir en imperecedero lo que es esencialmente fugaz. Las artes escénicas, con privilegio absoluto de las venezolanas, fue su gran motivación. Defendía con vehemencia el teatro y la danza nacionales ante cualquier imposición o influencia.

De este modo y a través de su trabajo, fue un genuino animador escénico. Su compromiso iba más allá de sus fotografías para postular sus convicciones, generalmente radicales, y sus expectativas, amplias y generosas, sobre la actividad teatral y dancística.

Cuarenta años de danza escénica en el país atesoró Gracia con su austera cámara. Su primera fotografía dentro de esta disciplina la captó en 1969 y corresponde a una interpretación con ademán juvenil de Las sílfides, a cargo del Ballet Clásico Venezolano Nina Novak. A partir de ese momento, no hubo movimiento que no resultara impresionado por su lente ávido e ingenuo.

Los equilibrios imposibles, las elevaciones detenidas, los torsos vigorosos  y los gestos expresivos fueron atrapados con meticulosa exactitud por su ojo acucioso y libre de prejuicios. Toda acción desencadenada por el cuerpo era objeto de su atención y aproximación, con transparente espontaneidad y sólido oficio.

Dos exposiciones individuales dedicadas a investigar su obra, Imágenes de la danza. Fotografías de Miguel Gracia (1987) y El vuelo de la danza (1995), ambas presentadas en el Teatro Teresa Carreño, plantearon la indagación de  un creador singular e intentaron una mirada a la danza venezolana como un colectivo. La primera permitió acceder al panorama diverso del arte del movimiento nacional desde la personal perspectiva de Gracia como autor. La segunda enfatizó en el salto, clásico, contemporáneo o experimental, irrepetible acto escénico como impulso y como estética, cuya resonancia la llevó a toda Venezuela, además de Francia, Alemania y Cuba.

Las fotografías de Miguel Gracia constituyen ya una historia. Juntas, dan cuenta de un tiempo cumplido y de un modo honesto de vivir a plenitud las artes de la representación.