• Caracas (Venezuela)

Carlos Paolillo

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Carlos Paolillo

Lo popular a través de lo contemporáneo o viceversa

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Buscar una expresión que fusione el cuerpo originario con el cuerpo indagador constituye una tendencia de la danza contemporánea venezolana surgida a finales de los no lejanos años noventa, que todavía se mantiene vigente aunque no con la determinación conocida.

Se trata de un movimiento concretado por una generación de creadores provenientes inicialmente  de la danza tradicional y que se hicieron profesionales  dentro del ámbito de las corrientes ya establecidas en el país resultantes de la modernidad, y también desde otras visiones insurgentes de lo corporal.

Una valoración alternativa de lo popular, que equilibraba elementos sencillos y complejos de su configuración, comenzó a experimentarse en el país hacia finales del siglo XX, no solo en el terreno de las ciencias sociales sino también en el campo de las artes en general, que en la danza escénica encontró formas de manifestación renovada.

Los nombres de Félix Oropeza, Carmen Ortiz y Rafael Nieves, entre otros, hicieron suyos los principios de un movimiento que postulaba autenticidad, sintonía con el tiempo presente y sentido de universalidad. En realidad, estos autores han dado continuidad a un interés evidenciado por la danza moderna nacional desde sus orígenes ubicados hace poco menos de 70 años, ejemplificado en las obras de Grishka Holguín, Sonia Sanoja, José Ledezma o Carlos Orta.

La entusiasta celebración de los 400 años de la Fiesta de San Juan Bautista, fechada el 24 de junio, que recuerda el nacimiento del personaje bíblico, una tradición que en la costa venezolana convoca tanto al fervor religioso como al desenfreno colectivo, pone de relieve las búsquedas iniciales de la danza moderna venezolana en cuanto a temáticas y gestos expresivos que le otorgaran sentido de pertenencia. Grishka Holguín, el maestro mexicano precursor de esta manifestación, creó en 1959, cerca de una década de su establecimiento en el país, su obra Giros negroides, que de ser un título tan solo referencial  de la nueva danza que buscaba establecerse en el país, se convirtió, gracias a sus sucesivas reposiciones, en una obra emblema de las nuevas miradas de lo popular a través de lo contemporáneo o viceversa.

Holguín tomó como base musical la composición sinfónica de Antonio Lauro del mismo nombre estrenada en 1955, concretamente su movimiento llamado “Noche de San Juan”, que sirve de atmósfera dramática a los modos de relación transgresores entre castas sociales en la época colonial. La obra de una duración aproximada de seis minutos destaca por su esquematismo coreográfico, que constituye, a la luz del análisis de hoy, uno de sus valores más resaltantes. La extrema sencillez de su estructura espacial contrasta eficazmente con la densidad conceptual de la partitura de Lauro.

Giros negroides lleva consigo el espíritu de lo que en la actualidad es una tendencia que, en medio de altibajos y algunas inconsistencias, mantiene su vigencia: visionar lo popular como elemento integrante de la contemporaneidad.