• Caracas (Venezuela)

Carlos Paolillo

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De concurso

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Los concursos de ballet clásico están en boga en Venezuela. Desde hace algunos años estas iniciativas, tan prestigiadas como controversiales en otras latitudes, han adquirido en el país relevancia y creciente poder de convocatoria. Ante el debilitamiento evidente del campo profesional de esta disciplina, las escuelas y academias han emergido como ámbitos resonantes y han encontrado en las competencias entre estudiantes un factor de proyección y fortalecimiento.

Los concursos internacionales de ballet son plataformas de promoción de talentos, así como de  métodos de enseñanza. Abarcan el amplio espectro de la formación de un bailarín, desde sus primeras etapas educativas hasta su inicio en la danza profesional, y evalúan por igual tanto al concursante como a su maestro. Pueden contar con amplio respaldo y también con posiciones en contra.

Se argumenta la importancia del compartir y reconocerse en un espacio artístico común, en el primero de los casos; y de la inconveniencia y hasta la imposibilidad de medir en términos de competencia los aspectos creativos de la danza, en el segundo. Otros aseguran que los ganadores de concursos no necesariamente se convierten en bailarines profesionales, aunque hay quienes afirman que puede ser una vía para lograrlo. De ambas posiciones se encuentran ejemplos válidos.

Tradicionalmente, los intérpretes de la danza clásica venezolanos no han sido bailarines de concurso, práctica hasta hace algunos años poco frecuente, aunque algunos importantes antecedentes han existido en tiempos pasados. Por el contrario, su acceso al nivel profesional y su progresivo crecimiento artístico viene dado por su constancia y desempeño diario dentro de  compañías establecidas.

Recientemente,  se realizó una nueva edición del Concurso Internacional de Ballet Clásico en el Centro Cultural Chacao, que incluyó un festival de escuelas y una sección de talleres con maestros especializados. A su vez, en Mérida, se llevó a cabo el Primer Concurso Nacional de Danza Clásica, Neoclásica y Contemporánea, en el Centro Cultural Tulio Febres Cordero, que también incorporó a su programación la actividad pedagógica.

Más allá de los criterios que puedan esgrimirse alrededor de las competencias, sus características y sus efectos, es necesario reconocer su amplia convocatoria y el numeroso talento artístico, proveniente de diversas partes del país, que en ambos lugares se reunió. En general, se impuso la fraternidad y la solidaridad entre los participantes, aunque surgió una inquietante pregunta: ¿cuántos de ellos tendrán la posibilidad real de acceder a una carrera profesional en su propio país?

 

Una muchacha margariteña. Las escuelas y academias de ballet constituyen un mundo en buena medida desconocido, que a menudo sorprenden con sus resultados. La escuela Ballet de la Mar, asentada en la isla de Margarita, presentó dentro de sus actividades de fin de curso su producción de La Fille Mal Gardée de Jean Dauberval, una obra perteneciente al histórico ballet de acción francés, estrenada en 1789, en los tiempos previos a la Revolución francesa.

Por supuesto, se trató de un montaje escolar destinado a presentar resultados académicos, que, sin embargo, llamó la atención por su ajustado carácter didáctico evidenciado desde un principio con la presentación de Martha Ildiko, su directora. Otros valores encontrados fueron la claridad de su abordaje coreográfico, el ritmo general de la obra, una puesta en escena en muchos aspectos ajustada a la larga tradición que ostenta esta obra, así como la interpretación regocijante de Luis León de Madame Simone, un personaje de carácter tan demandante y lleno de matices.