• Caracas (Venezuela)

Carlos Paolillo

Al instante

Reverón desde el cuerpo

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Armando Reverón como creador ha trascendido su propio ámbito y el de las artes plásticas para ser abordado también por otros lenguajes como el escénico y el cinematográfico. Las particularidades de los territorios del pintor, las características de su personalidad y los modos de relación con su entorno han sido los intereses fundamentales al ser asumido desde perspectivas creativas distintas y complementarias.

Reinterpretar el mundo de significaciones visuales de Reverón a través de los vocabularios propios del cuerpo resulta no solo novedoso sino también complejo. Eso buscó Rafael González con su obra Azul, blanco, sepia (música ambiental de Akira Yamaoka),  creada para la Compañía Nacional de Danza, que parte de los tres períodos pictóricos establecidos en el artista, para finalmente proponer una instalación audiovisual de gran formato con permanentes acciones en vivo, presentada en una reciente temporada en la Sala José Félix Ribas del Teatro Teresa Carreño. 

El trabajo en González es reconocido esencialmente por sus valoraciones plásticas en relación con el movimiento. Desde sus primeros trabajos escénicos se vislumbraba su interés por el cuerpo cromático, escultórico y cinético presente en sus estudios coreográficos iniciales  inspirados en Joan Miró, Jesús Soto y Carlos Cruz-Diez, hasta personalizar un discurso, perfectamente reconocible hoy en día, que lo caracteriza no únicamente como coreógrafo sino también como artista visual.

Azul, blanco, sepia es una propuesta concebida en tres planos escénicos. En el primero de ellos, ubicado en el proscenio del escenario, se inician las acciones corporales grupales que sirven de introito, y revelan las claves expresivas de los lenguajes desarrollados a lo largo de la pieza que, dentro de su sentido abstracto, van desde la introspección y el lirismo hasta la violencia.

En el segundo plano, colocado en  el centro de la escena, tiene lugar lo medular del planteamiento: la recreación de las cualidades plásticas en Reverón a través de sus diferentes etapas y de algunas de sus obras más representativas. Sobre plataformas lumínicas queda revelado, mediante tres notables duetos, su mundo y sus períodos pictóricos: el azul (La cueva, 1922), de reminiscencias impresionistas y espíritu intimista; el blanco (Luz tras mi enramada, 1926), de fuerte abstraccionismo y elaborado contacto corpóreo; y el sepia (La hija del sol, 1932), de convulso expresionismo y áspera textura que remite a la tierra. 

En el tercer plano, al fondo del espacio, cuyas acciones ocurren  simultáneamente a las anteriores, queda develada la íntima cotidianidad de Reverón a través de la reelaboración poética del imaginario de sus objetos y sus musas inspiradoras. Se trata de una dimensión paralela, reflejada tras un inmenso lienzo donde también se proyecta un collage de imágenes audiovisuales creadas por el videoartista José Reinaldo Guédez, que une el medio ambiente geográfico con la reinterpretación de las visiones plásticas del pintor.

Azul, blanco, sepia da cuenta de un proceso de investigación acucioso y de clara integración multidisciplinaria, orientada por genuinas expresiones del cuerpo que, a su vez, constituyen una síntesis de los ideales de Rafael González dentro de la danza y las artes plásticas. Gratifica visual y espiritualmente y ofrece una valorable reinterpretación del intrincado universo de Reverón.