• Caracas (Venezuela)

Carlos Paolillo

Al instante

Entusiastas del ballet

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La profesionalización del ballet venezolano se ubica a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, cuando ya el país cuenta con centros de formación que apuestan en ese sentido, con alumnos estimulados en su vocación, y Caracas ya había recibido en sus teatros a un buen número de artistas y compañías de reconocimiento mundial: la compañía de Anna Pavlova, los Ballets Jooss, el Original Ballet del Coronel de Basil, Alicia Markova, Anton Dolin, Alicia Alonso, y los Ballets Rusos de Montecarlo. 

La valoración artística de las actividades de esa época alrededor de la danza clásica estuvo en manos de escritores, músicos y musicólogos. Un especial interés hacia esta manifestación por parte de los intelectuales venezolanos comenzó a hacerse notorio.

Rómulo Gallegos, como presidente de la República, apoyó la creación de la Escuela Nacional de Ballet, hecho recordado por su propia promotora María Enriqueta “Nena” Coronil Ravelo, en la crónica Nena Coronil, una protagonista (Revista Imagen, 1991): “Me presenté ante Gallegos temblando. Su cara como tatuada en piedra me produjo una sensación mística, me vi minúscula, reverentemente aterrorizada, pero al tomarme la mano sentí una corriente vivificante de bondad y amistad, y cuando empecé a hablarle y mostrarle mi proyecto su interés me dejó perpleja. Vi en él no sólo al escritor sino al maestro de juventudes. Así, abrió sus puertas para toda Venezuela la Escuela Nacional de Ballet.”

Alejo Carpentier en su columna Letra y Solfa de  El Nacional, fue una de las primeras voces en orientar a la opinión pública venezolana sobre el arte del ballet, y en advertir la existencia de una audiencia creciente e interesada. Sobre este tema, el escritor cubano publicó el 20 de septiembre de 1952 un texto titulado El balletómano, en el que destacaba el progresivo surgimiento de un público conocedor: “Me agrada que las gentes se apasionen por técnicas tan nobles o tan amables como son las del arte. Pero el hecho es que en Caracas ha nacido el personaje del ‘balletómano’, en sus dos géneros: masculino y femenino”.

Arturo Úslar Pietri hizo pública su reflexión sobre esta manifestación escénica todavía poco conocida, en el catálogo de presentación de una temporada del Ballet Interamericano en 1956, realizada en el Teatro Municipal de Caracas, al señalar: “Vamos al ballet porque el hombre primitivo que está en nosotros ama la danza y se siente realizado en ella y también porque el civilizado diletante que hemos llegado a ser, se estremece con los difíciles equilibrios y transformaciones que el movimiento, la música y las formas llegan a dar.  Esas extremas y contrarias posibilidades sólo las ofrece el ballet.

Salvador Garmendia en su libro La vida buena (Universidad de los Andes, 1995) da cuenta de la Venezuela de los primeros años cincuenta, a propósito de la película Venezuela también canta (1951), del realizador mexicano Fernando Cortés, en la que participaron los bailarines de la Escuela Nacional de Ballet. Garmendia destaca la interpretación de un joropo escobillao por parte del joven Vicente Nebreda, en quien se resumía el “país bueno” que, aseguraba el autor, nunca encontró su rumbo.

Son distintas miradas de pensadores fundamentales sobre el ballet como arte escénico, en tiempos del advenimiento de la modernidad a Venezuela.