• Caracas (Venezuela)

Carlos Paolillo

Al instante

Cuerpos visuales desde lo alto

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La recuperación del Cine Rialto del centro de Caracas, convertido ahora en Teatro Bolívar, constituye un hecho afortunado. Este remozado centro artístico se une a otros espacios del casco histórico que han experimentado similares refacciones en los últimos tiempos, lo que representa una dotación de infraestructura cultural para la ciudad de innegable envergadura.

La efectiva influencia de estos teatros, sin embargo, dependerá de los alcances de la gestión pública que de ellos se haga, que debe elaborar una programación sistemática y estratégica que proyecte dinámicamente las artes musicales, escénicas y audiovisuales, convocar abiertamente a todos los públicos, y plantear como tarea prioritaria la indispensable formación de nuevas y sensibilizadas audiencias.

La historia del ahora Teatro Bolívar se remonta a la época del Teatro Princesa, inaugurado el 3 de noviembre de 1917, dedicado a la difusión del teatro y la incipiente cinematografía. Dos años después fue convertido en Teatro Rialto y luego, el 29 de abril de 1943, fue reinaugurado como Cine Rialto, con la proyección de Casablanca de Michael Curtiz. El relato histórico del recinto se encuentra en un panel didáctico exhibido en su lobby, que documenta sobre su origen ya casi centenario. Se trata de una edificación que en su diseño combina modernidad con tradición. Es un espacio confortable que representa un notorio paréntesis dentro del caos ciudadano.

Llama la atención la presencia de la danza experimental en la temporada inaugural del nuevo teatro, al igual que el considerable y diverso público convocado por la muestra coreográfica presentada el pasado fin de semana por la agrupación Espacio Alterno, con la que celebra su vigésimo aniversario. La mano ductora de Rafael González orienta una propuesta escénica sobria, equilibrada y de enfáticos intereses esteticistas, constituida por una sucesión de segmentos de obras creadas por el autor durante la última década.

Así, aparecen entrelazados los títulos, algunos ya referenciales, de Óvalos, Translúcidos y 3PuntosLinealesPlanos, que individualmente constituyen mundos aislados, ámbitos solitarios de acciones corporales singulares siempre en conexión con algún objeto estético; y unidos dan cuenta de una visión del movimiento perteneciente a González, particularizada por su integración plena a una concepción plástica del mismo. Lo escultórico y lo cinético predomina en el tratamiento del cuerpo expresivo abordado por su creador, que no por altamente visual está exento de encontrados contenidos emocionales.

Las atmósferas escénicas propiciadas por González son sugestivas y envolventes. Junto a un gran panel níveo que se adosa de inquietantes formas al cuerpo del intérprete, un extraño elemento que se convierte en improbable vestuario de mujer, y un universo místico que también es esotérico, el elaborado diseño lumínico y el video como arte constituyen un ritual escénico de múltiples valoraciones.

Desde las butacas de la sala principal del Teatro Bolívar, concebido como un anfiteatro, la apreciación de las imágenes de Rafael González es elevada. El espectador, desde lo alto, hace parte de este espacio contemplativo y reflexivo.