• Caracas (Venezuela)

Carlos Paolillo

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Carlos Paolillo

Concertación entre manos

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La temporada Danza entre Manos, recientemente realizada en el Centro Cultural Chacao, puede valorarse como un proyecto de cooperación y también de conciliación. Se trata de la aproximación a una misma causa: el reforzamiento de la danza venezolana por parte de creadores que aún mantienen sus respectivos ámbitos de acción. 

Cuatro coreógrafos decidieron unirse alrededor de un hecho escénico concreto que permite diferentes miradas. Se muestran juntos en aras de un beneficio colectivo, al tiempo que revelan otras dimensiones de su reconocido trabajo creativo. Apuestan por una renovada visión de su sector y enfatizan en sus particulares concepciones de la danza en demostración de diversidad. 

La convocatoria contenía pautas preestablecidas que fueron cumplidas con la necesaria flexibilidad en cada caso: obras no mayor de 15 minutos de duración, abordaje de un autor literario latinoamericano y contar con una colaboración dramatúrgica. Los resultados evidenciaron distintas posibilidades de la danza de autor.

Luis Armando Castillo reiteró su postura libre y desenfadada ante la danza mantenida a lo largo de sus más de 30 años de profesión. La mentira, un acto escénico desprovisto de estructuras formales, penetra con aparente desaprensión en el complejo mundo de la veracidad teatral. La eterna dicotomía entre realidad y ficción determina su personal dramaturgia.

Castillo asume un personaje ya abordado por él en alguna ocasión,  un director alemán inscrito en la corriente de la danza-teatro que intenta comunicar a sus dos intérpretes, sin demasiado éxito, los rigores corporales e intelectuales de su ardua disciplina. Acción honesta, deliberadamente apartada de las reiteradas convenciones.

Inés Rojas exploró en la escena las connotaciones plásticas que encuentra en Julio Cortázar. Su obra Azar constituye una atractiva propuesta visual, rica en imágenes, texturas y sonoridades, en la que una  abstracción corpórea, que todo lo guía, no logra disipar su sentido descriptivo y narrativo. Los cuerpos se dejan intervenir de continuo por los cuadros de luz y las formas aportadas por los dispositivos electrónicos. Volúmenes y personajes se confunden, alterados por una presencia de inquietante distanciamiento.

El pensamiento de José Manuel Guerrero dio pie a Julie Barnsley para una indagación reveladora. Alicia y las dos gotas de perfume remite a ruralidad, a oscuro origen, vivencias dolorosas y negro destino. La sordidez de cinco hombres aparentemente básicos queda cruelmente develada. Asumen una necesidad testimonial para dejar al desnudo su fragilidad emocional y su desolación existencial. Dibujan una geografía compartida y coinciden en un sino trágico, que los hace seres colectivos en medio de su marginación. La autora succionó sus espíritus y los expuso en su desequilibrada conmoción.  

Finalmente, Luz Urdaneta se asomó al universo lejano y evocativo de Juan Rulfo. Puede que llueva recrea un largo e infructuoso viaje hacia ningún lugar. La coreógrafa sintetiza la narrativa de la obra sin necesidad de apelar a la literalidad en su discurso. Cuatro personajes ocupan el espacio con impulsos y energías compartidos. Muestran  carencias, esperanzas y frustraciones, al tiempo que construyen ámbitos de aridez y desconsuelo. Un quinto, símbolo del poder, se cruza  entre ellos para enfatizar en la teatralidad de la acción. La precariedad del lugar y sus habitantes se constituye en reflejo de esta parte del mundo. 

La temporada Danza entre Manos rindió tributo a Belén Lobo. Ella, con seguridad, hubiera estado allí acompañando la valiosa iniciativa.