• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

Al instante

El silencio en la oscuridad de los infiltrados

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Se ha dicho mil veces: los fascismos pervierten la palabra, la voltean y le vacían el contenido. Y claro que quieren más: revertir los significados, pulverizar la semántica, hacer del vocabulario una bruma de signos huecos hasta reducirlo al abecé de las bestias con poder. Fuera de esas cuatro paredes de letras sin realidad, no existe nada que pueda ser ni siquiera pensado porque ya no habrá vocablos para articular el pensamiento libre.

La pesadilla orwelliana, inspirada por la insania de tiranos como aquel inolvidable Iósif Stalin, lleva lo que va de siglo tratando de materializarse en esta tierra de gracias y desgracias. Nadie duda que haya tomado cuerpo a fuego lento, pero no sabemos si terminará de cuajar, tal vez debido a ese despelote ancestral sin tregua que hemos sido y seguiremos siendo, suicidas reincidentes. Ahora pareciera que al chef encargado de la marmita, violador convicto de la palabra y a quien de paso le encanta cuando le dicen que es “igualito” a Stalin, el guiso como que se le está quemando, ¡alabado sea Tutatis en esta historieta!

De todas formas, de tanto ser desfigurada por las botas de nuestros gorilas, para quienes el verbo no es instrumento creador sino empacho que se excreta en verborrea, la palabra urge vigilancia, necesita todo un voluntariado de voces guardianas que la reencaucen o la reinventen cada vez que la barbarie la viola en su empeño de inutilizarla. No se trata exactamente del discurso bíblico, pero casi: tanto en la creación divina como en la civilización, el verbo fue el principio, y también desde el principio ha tenido el mismo enemigo, ya sea mítico o de carne y hueso.

Mas esa tarea se ha tornado muy ardua: la malignidad de estos agentes no descansa nunca y la palabra se resiente, se erosiona. Cultivarla es cada vez menos un acto de placer que un esfuerzo de salvaguarda, que solo se entiende por esa suerte de devoción irredenta que suscita el verbo. Lo triste es lo inevitable: algunas voces se agotan de predicar en el desierto y entonces migran con su prosa a otros claustros; más de un analista, comentarista, columnista, opinador, gentes que piensan el país experimentan el desasosiego y sienten que su herramienta, la palabra, ya no es tan útil. Por ello hacen mutis o, cuando menos, un paréntesis.

Sirva esta perorata –seguramente inútil, pero “escribe, que algo queda”– para evocar dos voces desencantadas y una tercera que, tal vez sin querer, aportó una luz. Tres autores de primera línea y sendos artículos de opinión que me tomo la licencia de conectar con antojo en el título de esta divagación: “El silencio”, de Ruth Capriles; “En la oscuridad”, de Milagros Socorro; “Los infiltrados”, de Alberto Barrera Tyzska.

Milagros Socorro se despidió de estas páginas hace un año con unas letras que trasudaban desesperanza, o en todo caso manifestaban el agotamiento de su verbo para seguir analizando la realidad del país, turbio y mórbido como el título que escogió para su último artículo. En la limpidez de su prosa, tan contraria a la oscuridad de los salvajes, confiesa su incapacidad “para detectar con nitidez qué es lo que está pasando y para dónde va” Venezuela, se desconsuela y casi que se disculpa porque, después de años diciendo las cosas que veía o creía ver con claridad, ahora solo ve lobreguez. Lo único que sigue observando con diafanidad es el horror de unos criminales apátridas que no cesan de dentellear las vísceras de la nación en un festín de atrocidades impunes.

En medio de su extrañamiento y con la palabra disminuida, a la escritora no le queda más que intuir y elucubrar: “Es posible que en Venezuela se haya acabado la política y, por tanto, el análisis es imposible”. Su confesión final, a pesar de denotar retirada en un frente, ratifica su esperanza en la palabra: “Ya no puedo analizar el país. Trataré de narrarlo”.

Seis meses antes, en octubre de 2013, Ruth Capriles también cavilaba en “El silencio”, en otro diario nacional: “Provoca hacer silencio, no ver, oír ni hablar”. Se refiere la autora a no ver la perversidad oficial, no oír las mentiras del gobierno, no seguir tratando –he aquí el punto– “de explicar con palabras lo que resulta irracional y un suicidio colectivo”.

Apocado el verbo ante lo inefable, Capriles arriesga: “¿Qué pasaría si de repente no fueran noticia? ¿Si nadie les parara? ¿Si todos hiciéramos un voto de silencio tan abismal como el hueco que ellos cavan? No el silencio frío de los individuos dispersándose en sumisión voluntaria para sobrevivir, sino el silencio activo, concertado, el mismo día a la misma hora, como acción de lucha y reacción racional ante la irracional sistematización del mal y la estupidez”.

Ruth Capriles también se despidió de sus lectores el año pasado. A sus incertidumbres frente al poder de la palabra se agregó una razón más poderosa, pero que tiene que ver con el mismo drama: “No me gusta ignorar para quién trabajo”, dijo dignamente en alusión a los desconocidos nuevos dueños de El Universal.

Sin embargo, en medio de la tiniebla que abruma a una autora por un lado y de la voz ahogada que atisba en el silencio una posibilidad, por el otro, Alberto Barrera Tyszka brindó a fines de 2014 una inesperada luz en “Los infiltrados”. Hurgando en una de las miles de zafiedades que ha lanzado el capitán de la Asamblea Nacional en su show de televisión, el escritor recapitula en ese leitmotiv que atraviesa sus artículos desde múltiples aristas: la palabra.

A quienes hemos compartido con recurrencia aquella misma desazón verbal de una Milagros Socorro o una Ruth Capriles, que las llevó a cerrar un ciclo, Barrera nos sugiere que no hay mucho de qué preocuparse, al fin. Allí donde uno ve con malestar la devaluación del lenguaje, el columnista sorprende con menos ironía de la aparente al afirmar que uno de los grandes logros del oficialismo ha sido “frivolizar la revolución”, es decir la palabra “revolución”, lo que engloba como idea y todo lo que simboliza. “En este país, la palabra socialismo terminará siendo sinónimo de chanchullo. Independencia y soberanía ya pueden significar lo mismo que autocracia o nepotismo. La palabra oligarquía solo ha cambiado de color. La palabra corrupción sigue igualita”, nos dice. ¡Bravo! La satrapía derruye sus propios artificios lingüísticos.

Tal vez me equivoque y a Barrera lo movían otras inquietudes –“el país está lleno de un palabrerío hueco”–, pero al menos alguien ha visto en sus palabras una especie de seguridad anticipada contra la acechanza del absolutismo orwelliano, con su verdad única y su lenguaje único. Parafraseando a aquel adeco de cuyo nombre no oso acordarme: “Gracias a Dios no somos suizos”. Igual no podemos bajar la guardia.