• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

Al instante

Entre malos y zafios te veas

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Hace unos años, disertando sobre la maldad y la estupidez, Jaime Bayly afirmaba a su manera que la mayoría de los estúpidos ignoran que son estúpidos y hasta se creen inteligentes, precisamente por necios, mientras que la mayoría de los malvados sí saben que son malvados. Después de sopesar ambos vértices de la condición humana, el escritor confesaba algo que muchos comparten: son preferibles los malos porque con ellos uno sabe a qué atenerse y pocas cosas generan más temor que la impredecibilidad de los zafios.

Solo que Bayly omitió otra verdad: la estupidez y la maldad no son excluyentes. Esto se aplica, no faltaba más, a esa estirpe de políticos latinoamericanos que no cesan de desangrar las venas abiertas del continente, desde el Río Grande hasta la Patagonia, con sus respectivos rebaños de votantes. Sus calamidades se han cristalizado por igual desde la inconciencia de su estupidez o la premeditación de su maldad, o ambas. Pero hay que aclarar que el “Elogio de la maldad” del autor peruano es una reflexión íntima, sin pretensiones de análisis sociopolítico ni mucho menos, y que su “corpus de estudio” era gente cercana y común.

Para trascender un poco desde las esferas íntimas hacia el macrocosmos de esta experiencia fallida que es la “raza cósmica” y, dentro de esta, aterrizar sin más en nuestro infierno particular, algunos han apelado a las Leyes fundamentales de la estupidez humana, del italiano Carlo M. Cipolla. Fue el caso de Juan Carlos Apitz ante la estupefacción que sintió cuando el Prometeo de Sabaneta, ente perverso a toda prueba pero igualmente ducho en proferir sandeces, lanzó una de sus tantas en marzo de 2011: “No sería extraño que en Marte haya habido civilización, pero a lo mejor llegó allá el capitalismo, llegó el imperialismo y acabó con ese planeta”.

Por más que hurgó en el comentario, le dio vueltas y lo escaneó con más duda benévola que metódica, Apitz solo pudo llegar a una conclusión: semejante ridiculez era apenas un caso más de estupidez humana, otra entre las miles del Gigante, que le admiraban y aplaudían sus lacayos. Pero invocar a Cipolla –quien también resuena en Bayly– pareciera algo exagerado, toda vez que el refinamiento de este historiador económico reposa sobre bases éticas que acá fueron pulverizadas, en el poder y desde el poder, por el mero mal. Nuestra urgencia es refundarnos.

Convendría recordar, no obstante, que este pensador nos advierte, siempre desde el fundamento ético que sustenta sus “leyes”, que los malvados que obtienen grandes beneficios infligiendo pocos daños –acaso porque tienen algo así como “inteligencia moral”–, son escasísimos, como acá en Venezuela, donde también cobra pertinencia la ley de oro: “Una persona estúpida es aquella que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”, lo cual parece el retrato hablado de quien ocupa actualmente la silla de Miraflores. Pero volvamos al punto: la ignorancia de su propia idiotez, con la que ocasionan daños masivos por un lado, no les impide por otro lado tener conciencia plena del mal en el que se regodean cuando lo infligen. Lo estúpido no quita lo perverso.

Así quedó para la historia aquel Prometeo del llano y, junto con él, sus criaturas, herederas todas de esa misma impronta que abarca a un tiempo y con el mismo afán la estupidez y la maldad. Y son incontables las gentes de bien que han levantado la voz contra su horror. Todas ellas, con matices de pasión, han procurado contabilizar la infamia de estos “seres que encuentran gusto en el sufrimiento humano y que, como Calígula, no les importa que los odien con tal que les teman”, como clamó en su momento un Rafael Muci-Mendoza, quien también sintió el asco frente a esa “risita socarrona, hueca, pueril y fingida que todo lo dice, inducida por la maldad”.

Risita del que se solaza en sus escatologías, del que mira a sus eunucos exigiendo aprobación cuando anuncia gas para los que no lo aman; rictus legado a sus secuaces para que lo perpetúen como nuevos timoneles de la ruina; sonrisa que babea en el rostro del capitán legislador ante las fieras de su circo que patean y desfiguran a los demócratas; fruición en los labios del milico con su hermosísima licencia para matar; deleite del embajador en el momento que imagina y describe, prolijo, el impacto de una bala en la cabeza de alguien.

Fue Manuel Caballero quien mejor abordó ese punto cuando, siguiendo la vieja máxima de que el diablo habla al revés, desencriptó una de las sentencias más hipócritas y estúpidas de cuantas pronunció el Falso Profeta, “ser rico es malo”, y nos develó el verdadero mensaje: “Ser malo es rico”. Esa es la visión corporativa de estos agentes: vivir el placer de codearse con malandros y terroristas; gozar con la destrucción del agro para sembrar el hambre; excitarse de emoción matando fuentes de trabajo; disfrutar desvalijando la salud para que mueran los enfermos; festejarla impunidad chapoteando en el crimen; sentir el regocijo narcótico de un Estado paria.

“Esta gente es mala”, dice sin más el hombre común en cualquier rincón del país, pero la mitad de quienes deberían canalizar esa constatación siguen en el limbo de quienes Carlo M. Cipolla llama “incautos” en su teoría sobre la estupidez, incapaces de ver la malignidad en sus narices. Ellos también, como el Stalin de Ocaña, tienen su respectivo pajarito, que no habla pero sí se sabe está preñado. “Les sucederá –agüera Antonio Sánchez García– exactamente como les anticipara Churchill a los apaciguadores ante el monstruo hitleriano: ‘Os ofrecieron la guerra o la humillación. Escogisteis la humillación. Tendréis la guerra”. Es optimista Sánchez García al hablar en futuro.

Es muy difícil aceptar que a los mayores traidores de nuestra historia, violadores concupiscentes de la Constitución, criminales de lesa patria y de lesa humanidad, se les confiera el tratamiento de “adversarios políticos”. Se traga pero no se digiere, y eso sobre todo para que no lo apunte a uno el dedo inquisidor de los mentados apaciguadores, siempre a la caza de lo que ellos entienden como herejía antipolítica. ¿Será que al menos pueden empezar por cambiar su discurso, llamar las cosas por su nombre, ratificarnos que esto es una lucha contra el crimen, decirnos de alguna manera que ellos sí saben lo que es la rabia en la oscuridad?

Ya las parcas del CNE se pusieron a tejer sus redes –¡otro fraude más!– con las propias madejas de la MUD, coral de voces incautas que todavía a estas alturas de la debacle se empeña en ignorar la calaña y magnitud del monstruo y no parece aceptar el desafío de reinventarse. No se gana ninguna guerra sin conocer al enemigo. Los energúmenos que siguen hablando de “socialismo por las buenas o por las malas, si no muerte” actúan con coherencia dentro de su logos de mamuts. No hay “error” en ellos; no hay “testarudez”, como advierte Elías Pino; no hay “incapacidad”, como subraya Asdrúbal Aguiar. Es el horror puro y llano del fasciocomunismo, estúpido y malvado.