• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

Al instante

¿Es la economía?

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Al son de la crisis económica, la mafia del Partido de los Trabajadores de Brasil le busca a su cabecilla, alias “Lula”, un nombramiento exprés en el gabinete de Madame Rousseff. El plan es que adquiera inmunidad automática y así quede protegido de los fiscales que lo investigan por corrupción, lavado de dinero y otros crímenes; malandradas típicas de los socialistas que llegan al poder para acabar con la pobreza de sus amigos, familiares y –faltaba más– de ellos mismos. Apenas anunciada la argucia por la ex guerrillera Dilma, vino el aplauso de Ernesto Samper, jefe del cartel de Unasur: “La aceptación del cargo por parte de Lula es un acto de legítima defensa política”, dijo el colombiano, solidario con su parcero brasileño.

Un día antes de socorrer a su amiguete del PT, Samper ya había espetado esta otra obscenidad: “Las crisis económicas sacan lo peor de la política”. Lo dijo en alusión a Brasil y Venezuela. Según la argumentación del ex presidente de Colombia, por causa del empichamiento de la economía, producto a su vez de un complot urdido por la oligarquía latinoamericana, lacaya del Águila Calva, lo que le están haciendo a la pobre Dilma, al pobre Luiz Inácio y al pobre inquilino de Miraflores es una mezcla artera de golpe con macumba.

O sea, la malvada oposición de aquí y de allá –“lo peor de la política”, como dice el sujeto– se aprovecha de la crisis, de las debilidades coyunturales, para atacar con saña a sus adversarios, líderes trabajadores revolucionarios honestos impolutos. Solo que el ex presidente bogotano, con ese cinismo único de los fantoches cuartomundistas, invirtió el orden de la frase. No es que las crisis económicas saquen lo peor de la política; es al revés: lo peor de la política produce crisis económicas.

Lo sabemos de sobra en este país arruinado por –tal cual– “lo peor de la política” de toda nuestra historia republicana, esa peste que es el chavismo. Lo sabemos bien los ciudadanos comunes y corrientes, excepto los economistas, quienes al parecer no se han enterado de que la megabanda chavista, en nombre de los pobres y con el concurso de no pocos chicos “bien”, le ha robado a Venezuela un mínimo aproximado de 350.000 millones de dólares, como afirman investigadores dentro y fuera del país. Que no se ofendan los simpáticos economistas, pero si realmente tuvieran plena conciencia de lo que eso significa, se abstendrían de dar sus sabios análisis y prospecciones y recetas como si habláramos de un eventual déficit fiscal en Dinamarca, el país menos corrupto del mundo.

Acá en Venezuela, el país más podrido por la corrupción en las Américas y uno de los 15 más corruptos del planeta, no hay plan económico que valga mientras las finanzas las sigan manejando los mismos filibusteros que asaltaron el erario y arruinaron la economía con premeditación, traición, ensañamiento y, peor, total impunidad. No es un silogismo perfecto, pero casi: si la ruina –la inmensa parte– se debe a que los dineros públicos se los robaron las huestes bárbaras del Traidor Eterno, y si con ese dinero robado se subsana la inmensa parte de la ruina, entonces la recuperación económica comienza por recuperar lo saqueado por tantos malandros con carnet político y llevarlos a juicio para sentar, de una vez por todas y para siempre, el precedente histórico que marque el comienzo del fin de la corrupción administrativa. Sería nuestra particular ley de punto final: hasta aquí llegó el pillaje.

Desde luego que no es nada fácil y los pillos –ya lo anunciaron– lo van a impedir “como sea”, pero tiene que estar como premisa en el discurso político. No solo sin justicia no habrá paz; tampoco habrá rehabilitación económica. Menos mal que, al margen de uno que otro monaguillo opositor que rehúye el verbo “robar” y prefiere el eufemístico “despilfarrar”, hay voces cada vez más claras: María Corina Machado presentó un proyecto de ley que tal vez permita recuperar, al menos para empezar, unos 30 millardos de dólares robados; el diputado Freddy Guevara anuncia que desde la AN se está preparando la recuperación del dinero de la corrupción ubicado en el exterior (“dinero robado al pueblo”, subraya); Carlos Tablante y Marcos Tarre dedican 11 páginas de su libro El gran saqueo: quiénes y cómo se robaron el dinero de los venezolanos a una propuesta que tiende al mismo imperativo: rescatar lo robado.

Pero no son incautos estos y otros dolientes del país. Saben muy bien que, como lo ha dicho el “radical” Diego Arria, “sin cambio de régimen no hay cambio posible de nada”. Saben que a una dictadura no se le hacen propuestas económicas. Saben que, si hay en nuestro caso algún determinismo económico, ese es la corrupción, el expolio sin castigo. De las tantas paráfrasis habidas de: “Es la economía, estúpido”, quizá la que más les urja entender y adoptar a nuestros economistas sea la de Jorge Zepeda en El País de España: “Es la corrupción, estúpido”, aunque el autor la haya formulado en otro contexto (la caída de la popularidad de Peña Nieto en México).

Es la corrupción de los “revolucionarios” la que vació las arcas con el doble propósito criminal de enriquecerse ellos y someter o exterminar al resto. Que venga un bien intencionado economista a hablarle a esta patota de saqueadores sobre la necesidad de unificar el tipo de cambio, tan solo por poner un ejemplo, es ignorar de plano que eso, precisamente, es parte del plan: mantener un tipo de cambio artificialmente bajo para que las mafias –en particular las militares– hagan guisos milmillonarios mientras apuntalan la satrapía con la fuerza de las armas. Y así con todo. Esto lo sabe cualquier bachiller, pero he aquí que los expertos en economía insisten en su manido repertorio de sentencias –“el gobierno debería”, “las medidas anunciadas no corrigen”, “los controles no resuelven” y mil etcéteras–, que por un lado legitiman a los autores de la debacle, cuando no denotan desconexión o mero reduccionismo.

Ahora que la oposición, “sin querer queriendo”, se halla en cierta forma entrampada frente al electorado por haber permitido que se generaran falsas expectativas sobre el verdadero alcance de ganar la AN (¡el Legislativo resolverá los problemas económicos que solo le competen al Ejecutivo y que este no quiere resolver!), y con un régimen que no necesita incendiar el Reichstag porque le basta con los juristas del horror del TSJ, tal vez sea hora de apurar el paso de las matrices verdaderas. A esa población hambrienta de soluciones económicas hay que recalcarle que la penuria tiene el nombre y apellido de todos los asaltantes del tesoro público y que no hay solución posible a ningún problema que no pase por la salida del poder de esa chorocracia, enjuiciándola y despojándola de todo lo robado.

Los economistas opinadores deberían abandonar sus espejismos académicos y aterrizar en este infierno, paraíso de tipejos que arruinaron la nación impunemente y no tienen ni la más remota cabida ética en la solución de los desastres que generaron. Es hora de que vayan entendiendo –que lo demuestren al menos con palabras– lo que le dijo en una entrevista a Hugo Prieto el siempre lúcido César Miguel Rondón: “No tenemos país, sino un mazacote de corrupción”. Y eso no se resuelve con economicismos.