• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

Al instante

Aquella carta de don Alexis

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

“Desde las más altas esferas oficiales, en las funciones ejecutivas, legislativas, judiciales y de control de las funciones públicas y privadas y en el estamento militar, hasta las más modestas filas de la administración estatal, campea la corrupción de los funcionarios. Con el más insolente descaro, empleados de diversas jerarquías, diputados nacionales y regionales, funcionarios de todos los poderes del Estado, militares en servicio, a quienes antes conocimos como seres modestos, de escasos recursos, exhiben hoy con ofensiva impudicia sus riquezas mal habidas”.

Así comenzaba Alexis Márquez Rodríguez hace 12 años, en una carta a su amigo cubano Roberto Fernández Retamar, a enumerar la ristra de calamidades con que el régimen chavista azotaba al país a apenas cuatro años de haber asumido el poder. Es cierto que ese párrafo pudiera aplicarse a otros periodos de la historia nacional de podredumbres que el autor nunca dejó de criticar, pero el hecho es que no: se refiere al inicio de esta catástrofe, algo que al socialista Márquez no le cabía en la cabeza pudiera llamarse “revolución”.

Su recuento de la debacle pasa de la corrupción al aumento sin mesura de problemas: la pobreza que se ha extendido “como un cáncer que pareciera irreversible”; el desempleo que ha crecido “en proporciones francamente patológicas”; la educación, cuyos supuestos avances son “una de las grandes y descaradas mentiras del gobierno”; la red de hospitales depauperada hasta lo intolerable; “la represión y la violencia brutal, desatada en las calles contra quienes se oponen al gobierno”; la criminalización sistemática de la libertad de expresión.

Aquella carta de don Alexis, fechada en enero de 2003, está llena de mortificaciones. Grosso modo, el autor solo pretende explicar a un cubano de afuera –creyendo al parecer que hasta ese momento los cubanos no estaban aún aquí tan “adentro”– la verdadera situación del país; su versión. Pero lo más digno de rescatar es que esas preocupaciones están manifestadas desde el celo por la palabra, entendiendo Márquez como pocos, en su observatorio de lingüista, que el verbo no solo es la articulación del pensamiento sino que a las palabras políticas las pulveriza con toda inclemencia la dialéctica de los hechos.

Quiso el destino que Alexis Márquez Rodríguez naciera en Sabaneta y que su madre, maestra de escuela, alfabetizara a una señora llamada Rosinés, quien a su vez enseñaría a leer y escribir a un nieto suyo que luego trascendió como el gran Atila criollo. Ese pueblo, entonces, por obra de los guiños del azar, terminó siendo cuna al mismo tiempo de uno de nuestros más conspicuos académicos de la lengua, devoto de la palabra, y del más encarnizado enemigo que desde el poder haya tenido el verbo en estos lares. Porque esa fue la gran misión que tuvo el nieto de la señora Rosinés a su paso por este mundo: ultrajar la palabra y degenerarla, pervertirla y reducirla a vituperio, maldición, infamia, felonía. Toda su miseria nace allí.

Más allá de su visión política de lo que ya era un caos hace 12 años, a lo largo de su carta predominan en Márquez el hombre de letras y el ciudadano que se mantuvo leal a “los principios del marxismo, el socialismo y el comunismo”, o sea los fundamentos que se supone animaron a Castro y sus huestes, con quienes siempre fue crítico a su manera, y que desde luego el escritor no podía ver en este nuestro circo de horrores. Lo que más ve el lingüista en medio del pandemonio es la estridencia vulgar del director y gran Krusty del circo, al que no puede sino calificar de agresivo, intolerante, autoritario, ególatra, inmaduro, narcisista. Todo menos revolucionario, cosa que ratificaba el propio lenguaje del Prometeo de Sabaneta.

¿Cómo puede erigirse en modelo de revolucionario –se preguntaba Márquez– un gobernante que de manera oficial y pública califica de “plastas” a los magistrados del TSJ “porque dictan una sentencia contraria a sus designios, violando de paso el precepto constitucional de la separación de los poderes del Estado y el mutuo respeto que es obligatorio entre ellos”? Y continúa el escritor: no es revolucionario instruir públicamente a sus subalternos a desacatar decisiones judiciales, ni llamar “tumor maligno” al clero, ni vejar a su propia esposa en cadena de TV aludiendo a sus relaciones íntimas, ni decirles a los dueños de medios que enrollen sus periódicos y se los metan en el “paltó”, ni mil etcéteras.

A Márquez tampoco se le escapa la deformación intencional de la realidad –fascismo puro, aunque Don Alexis rehúya el término– por parte del entonces pregaláctico cuando calificaba de oligarca, golpista, fascista, terrorista y traidora de la patria a toda la oposición. ¿Cómo podían ser “oligarcas” ni mucho menos “escuálidas” aquellas marchas de centenares de miles de personas que pedían la salida del autócrata y democracia de verdad?

En ese lejano enero de 2003, con todo y el caos que motivó a Alexis Márquez a escribir aquella carta, quedaba por delante un sinfín de horrores que dejarían esos días como un dulce abrebocas. En medio del crimen de lesa humanidad que fue la lista Tascón y de la entrega definitiva de nuestra soberanía a Cuba, se consolidó un Estado mafioso único en el mundo que nos amputó la honra como nación. Al comandante de la ruina le faltaba aún escamotear referendos y elecciones, maldecir a Israel, masticar hojas de coca en vivo y directo en horario infantil, proclamar que “Cuba y Venezuela son la misma patria”, robarle propiedades a medio país, enguerrillarse contra el mundo, mentir malignamente y, entre mil oprobios más, encargar de perpetuar su legado de muerte a un lacayo de los Castro a duras penas alfabeto, que cometió el escarnio de cantarnos La Bayamesa en un acto oficial acá en Caracas y ha cumplido con llevar el ultraje hasta la antesala del colapso (si aquello fue un abrebocas, recién estamos en la parte chévere del cataclismo).

Con toda la pestilencia que ha corrido bajo el puente desde aquella carta de Don Alexis, muy probablemente su estupor de hombre decente ya se habría transformado en náusea para cuando le aconteció la muerte el pasado 10 de mayo. Y también es probable que, en lugar de esos homenajes póstumos promovidos por la izquierda farsante, o sea el fascismo chavista, hubiera preferido un mínimo de reflexión sobre lo que dejó al paso cuando le escribió a su amigo Fernández Retamar. Cosas que por supuesto no van dirigidas al proletariado, sino a cierta intelectualidad de izquierda.

Siendo tal vez el único intelectual marxista de este país que no votó en 1998 –no podía hacerlo sin traicionarse a sí mismo– por un militar golpista y patán para liderar un proceso de cambios “revolucionarios”, dice el escritor en su epístola: “Cada vez estoy más convencido de que lo que fracasó con el llamado ‘socialismo real’ no fue la doctrina, sino un modelo falso de supuesta aplicación de esos principios, de los cuales se hizo el más grotesco y fraudulento uso”.Considera hermosa la doctrina marxista, y el socialismo como su realización práctica, para la construcción de una sociedad nueva, aunque remata: “Claro que se trata de una utopía, pero ¿quién puede asegurar que la utopía es, por esencia, irrealizable?”.

Sobre por qué don Alexis no incluye a los Castro entre los fariseos que le dieron a esa doctrina “un uso grotesco y fraudulento”, habrá que verlo con la misma mirada con que se vio a García Márquez de cara a la satrapía castrista: misterios o contradicciones de mentes notables. Pero igual la pregunta tácita queda en el aire a la luz –en rigor a la penumbra– de nuestra debacle: ¿qué es lo que lleva a tantísimos “intelectuales” de izquierda a apoyar a cualquier fantoche insano y malhablado que se camufle con la bandera del marxismo y el socialismo y todos sus ismos tradicionales? ¿En qué punto se les fractura la razón tan aparatosamente como para desbarrancarse con cualquier psicópata que hasta se da el lujo de decirles en su cara que nunca en su vida ha leído a Marx? ¿Basta una invitación a la utopía para perder la brújula y extraviarlo todo o es que esa utopía nace a su vez de otros desvaríos?

No puede haber respuesta racional a algo tan fuera de raciocinio y de seguro más cercano a las emociones. Tal vez la clave la encuentren ellos mismos algún día en el diván de las frustraciones y los resentimientos.