• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

Al instante

Carlos González Nieto

¡Viva Mariana!

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Desde el primer momento de la convocatoria la llamaron “Marcha Republicana”. No podía ser de otra manera en un país donde la libertad, la igualdad y la fraternidad, más que el lema fundacional de la república, constituyen la esencia misma de su identidad y son consustanciales a su ciudadanía. Porque Francia, como bien lo dijo el presidente François Hollande el primer día de la barbarie, el 7 de enero, había sido “golpeada en el corazón”. No en el orgullo patrio, no en la institucionalidad, no en la soberanía, sino en el seno, en los valores nucleares que son su razón de ser como nación, o sea la república. “Golpeada en el corazón de su naturaleza laica y su idea de libertad”, como escribió Edgar Morin en Le Monde, sumando su voz a la del presidente. Y entonces, herida la república, que Honoré Daumier pintó en 1848 bajo la forma de una mujer amamantando y educando a sus hijos, estos se volcaron a las calles para reivindicarla.

De eso se trató la impresionante clase magistral de civilización que el pueblo francés le dio al mundo el 11 de enero en las calles de París y otras ciudades: la defensa automática de los pilares que sostienen la república y sin los cuales se desmorona la nación; la defensa, sin el más mínimo asomo de duda, de eso que el francés común entrevistado aquel domingo en uno y otro rincón del país llamaba “lo esencial”; la defensa, sin más, de aquello sin lo cual el hombre y los pueblos no son nada, a menos que tengan vocación de esclavos. La palabra “libertad” fue la más coreada aquella tarde.

Cuatro minutos y medio le bastaron a François Hollande, presidente de todos los franceses, para dirigirse al país el viernes 9 y convocar a sus compatriotas a “la unidad y la movilización” contra las amenazas que no han cesado, a demostrar la determinación de luchar contra todo lo que pueda dividir a la sociedad, porque todos, el pueblo francés, encarnan “un ideal más grande que ellos mismos”. Fueron menos de cinco minutos de mensaje a la nación. Más que suficiente para condensar y transmitir todo el fervor republicano necesario en la hora necesaria, en un lenguaje poderoso por su diafanidad y su franqueza, sin esa tramoya verbal estéril con que tantos líderes de otras latitudes maquillan la vacuidad de su pensamiento o la ruindad de sus intereses.

La convocatoria, valga decirlo, estaba de más. En todo caso fue solo una suerte de formalismo para sellar cinco días de vértigo que llevaron a Francia, del horror de los psicópatas y el duelo, a la reafirmación republicana. Porque ya desde el primer día, el de la matanza en las oficinas del semanario Charlie Hebdo, los franceses sin distingos salieron espontáneos a la calle a mostrar su consternación con su sola presencia y en silencio. Todos a una sentían y sabían que había que “estar” allí, sin decir nada porque no había nada que decir. Solo estar. Y así tres días más hasta la histórica apoteosis del domingo 11, una jornada tan inédita y pletórica en símbolos y significados que la opinión pública mundial solo atina a aprehenderla por segmentos.

Lo acontecido en Francia ese domingo, en especial en París, engloba y proyecta a la vez un rico, único caleidoscopio. La simbología numerológica querrá ver en este 11 de enero en el distrito 11 de la capital francesa un ansiado contrapeso al 11 de septiembre y al 11 de marzo. La imagen increíble de cincuenta jefes de Estado de tres continentes marchando por una avenida tomados del brazo, reunidos por la urgencia de una causa común, y entre ellos Mahmoud Abbas y Benjamín Netanyahu, podrá ser vista por más de un romántico como otro nuevo preludio a la siempre postergada paz mundial. Y también activan el pensamiento el segundo pelotón del desfile, compuesto por jerarcas de todos los credos representados en Francia –el rabino y el imam codo a codo–, y las banderas de todo el mundo, y acaso lo más insólito: la juventud parisina, a casi medio siglo de Mayo 68, vitoreando a los siempre denostados policías hasta el límite de la propia incredulidad (“No puedo creer que estemos todos aquí aplaudiendo a la policía”, se extrañaba entre risas un joven manifestante) y aún más, forzando la imaginación con la pancarta que parafraseaba el viral “Je suis Charlie” y que rezaba “Je suis flic” (“Soy policía”).

No nos engañemos: las diferencias, indispensables para poder hablar de pluralismo y tolerancia, perdurarán, no cabe duda, más allá de una tarde de catarsis colectiva, que no exactamente de paz y amor, pero habrá lecturas para todos los gustos. La sucesión de símbolos fue tan extensa como los dos kilómetros del boulevard Voltaire, por donde transcurrió la marcha y en el que se me antoja detenerme porque es en sí mismo, con sendas plazas republicanas en sus extremos, el que me atrapa.

Voltaire fue el primer gran hombre inhumado en el Panteón Nacional en París. El segundo fue Rousseau. Dos glorias del pensamiento francés, emblemas de la Ilustración, del Siglo de las Luces, que tuvo en la capital de Francia su terreno más fecundo y la hizo ganar su apodo, “Ciudad Luz”. Las ideas de ambos ilustrados nutrieron la Revolución Francesa, que dio a luz a la Primera República. Que sean estos dos filósofos, apasionados del poder de la razón, la ciencia, la voluntad y el respeto a la humanidad –los derechos humanos– los que “inauguraran” el Panteón Nacional de Francia habla con elocuencia de qué es lo que mueve al espíritu de esta nación a la hora de celebrar sus valores.

El otro gran panteón de París no es de próceres. Es el mausoleo de Napoleón, que no han tocado por aquello de no jurungar a los muertos y se conserva tal cual, como atracción turística y recordatorio de los excesos megalómanos de los hombres de poder. Recordatorio también de que el poder es temporal y que todos quienes lo ocupen en la república tienen que estar al servicio de “un ideal más grande que ellos mismos”, como lo recordó François Hollande en su alocución al país, cual es el de la paz republicana fundada en los principios de libertad, igualdad y fraternidad.

La gran heroína de Francia, “no obstante y por lo tanto”, no tiene cabida en ningún panteón porque el ideal no muere y es más grande que todos sus próceres: es la república misma, personificada en la Mariana, símbolo nacional, representación de la democracia, de la libertad que guía al pueblo, tal como la pintó Delacroix en 1830. Igual que en todas las plazas homónimas del país, una monumental estatua de la Mariana domina la Plaza de la República, lugar de concentración el domingo 11 de enero antes de iniciar la Marcha Republicana. Sostienen la estatua grupos escultóricos alegóricos de la libertad, la igualdad y la fraternidad, o sea los pilares que, sin alegorías, sostienen la república en la convicción íntima de cada ciudadano de ese gran país.

Por ella, “golpeada en el corazón” por obra de esa insania que llaman “fundamentalismo religioso”, salieron de sus casas centenares de miles, a marchar por una avenida cuyo epónimo, hombre de luces, de intelecto revolucionario, fue implacablemente corrosivo con las religiones y a un tiempo autor del Tratado sobre la tolerancia. Al final del boulevard Voltaire, la Marcha Republicana culminó en la Plaza de la Nación, donde también domina la Mariana, esta vez en una escultura que ya en su mero nombre recoge de nuevo la idea medular: El triunfo de la república.

No fue la de aquella tarde una marcha triunfal. Imposible saber cuándo cesarán las amenazas contra la paz republicana. Lo que sí se sabe es que el pueblo francés, porque lo lleva en su sangre libertaria y así lo proclama, no está dispuesto a renunciar a lo que Vargas Llosa recordó el 9 de enero al calor de la tragedia como “uno de los principios más fundamentales de la cultura de la libertad: el derecho de crítica”.

Por eso el poder de convocatoria de París ese memorable 11 de enero. Por eso “Vive la France!” es a la vez un viva a Mariana, un viva universal a los valores de la república.

 

***

Las comparaciones a veces son odiosas. Pueden doler. Duelen en especial cuando uno mismo las constata entre una querencia que se va desvaneciendo de tanta desesperanza, por un lado, y un afecto de toda la vida fortalecido en la admiración, por el otro. Como ciudadano de una “república bananera que no produce banano” –amarga ironía de Eduardo Fernández–, atribulado y a la deriva entre el desarraigo y el compromiso, la mente saliva y llora. Cuánto no quisiera que aquella misma convicción republicana de mi dilecta Francia comenzara al menos a germinar en mi desgarrada Venezuela. Pero aquí la república es un significante aislado al que no se le asocia su significado; un vocablo al voleo sin valor real. No se trata ni siquiera de la palabra vaciada de contenido por la perversión fascista, sino de la palabra inconexa, sin raíz en la realidad. Predicadores del desierto en una tierra de gracia son los acólitos republicanos de esta geografía. Decir que aquí se perdió la república el 10 de enero de 2013 porque ese día se rompió el hilo constitucional es poco menos que una excentricidad incomprensible entre la gente que se supone debería saberlo y entenderlo, o sea, la clase media instruida. Pero no, pareciera un acertijo en lengua muerta, una verdad iniciática reservada a un puñado de escogidos. A los cada vez más solitarios personajes que hablan de restaurar la república, seguro debe dolerles menos la descalificación de los traidores que el desconcierto yermo de sus interlocutores naturales. República nominal, eso somos.