• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

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Carlos González Nieto

Vía crucis perpetuo

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Hace un año en Semana Santa el país era humareda. El gas y el fuego de la metralla hacían más luctuosos estos días en que se conmemora la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La sociedad venezolana volvía a arder –casi no hemos hecho otra cosa desde que decidimos independizarnos para declararnos soberanamente esclavos de nosotros mismos– y el Jueves Santo, entre llamas eclesiásticas y artillería mortal, estas páginas publicaban “Vía crucis con esperanza”, del padre Luis Ugalde.

El sacerdote en su artículo comenta el comunicado que dos semanas antes había presentado a la nación la Conferencia Episcopal Venezolana: “Responsables de la paz y el destino democrático de Venezuela”. Luego de afirmar que no hay en nuestra historia documento episcopal alguno que iguale a este en cuanto a “visión sociopolítica y coraje evangélico”, Ugalde nos lanza una sentencia inquietante: “El vía crucis está garantizado –queramos o no–por el desastre actual del que no saldremos sin asumir decididamente la cruz y la esperanza. No hay eufemismos, ni modales diplomáticos que puedan ocultar o suavizar nuestra tragedia nacional; ni agua bendita, ni yerbas milagrosas que curen al enfermo, sino que es urgente una operación quirúrgica de alto riesgo y necesidad”. Palabras mayores, sin duda.

De los 13 puntos que contiene el mencionado documento y que Ugalde desglosa, el número 2 es digno de recordar. Se refiere al Plan de la Patria, “detrás del cual se esconde la promoción de un sistema de gobierno de corte totalitario, que pone en duda su perfil democrático; las restricciones a las libertades ciudadanas, en particular la de información y opinión; la falta de políticas públicas adecuadas para enfrentar la inseguridad jurídica y ciudadana; los ataques a la producción nacional, que han conducido a que en  nuestro país hoy se haga necesaria la importación de toda clase de productos; la brutal represión de la disidencia política; el intento de ‘pacificación’ o apaciguamiento por medio de la amenaza, la violencia verbal y la represión física”.

Que el cónclave de obispos utilizara este lenguaje directo y sin matices, tan opuesto a la santurrona blandenguería discursiva de tantos políticos opositores, dice mucho de cómo andábamos y cómo seguimos, porque las cosas no solo no han cambiado sino que andan peor. Con excepción de la convocatoria a un acuerdo para la transición por parte de tres líderes de la oposición a principios de febrero de este año, en el que resuena de muchos modos la voz de aquellos obispos, el fascismo gobernante no ha hecho más que acelerar sus embestidas y el resto de los opositores piensa menos en arreciar su voz –¿tienen voz de verdad?– que en aceitar con ansia sus cogotes para el próximo matadero electoral.

Cuando Luis Ugalde escribió su artículo, el 17 de abril de 2014, ya iban 41 muertos en las protestas del año pasado y el resto del panorama noticioso era, visto en la distancia, una sarta de chistes malos repetidos: la AN designa comisiones para renovar el TSJ y el CNE; el marido  de Cilia Flores crea un Consejo de Derechos Humanos con carácter de Estado; este mismo sujeto les exige a las empresas socialistas que paguen impuestos (¡!) y promete una nueva ofensiva económica; la MUD plantea crear una comisión de la verdad que aclare los hechos e indemnice a las víctimas de torturas; la escasez de alimentos alcanza 60% y el pescado en Semana Santa, para variar, costará una fortunita más que el año anterior.

Otra cosa: el mismo día que la Conferencia Episcopal emitió su comunicado, el 2 de abril del año pasado, el hijo del Gigante Rojo publicó en su periódico favorito, The New York Times, una carta dirigida al pueblo norteamericano espetando su intención de dialogar con el gobierno de Estados Unidos y advirtiendo que, si el Congreso de ese país aprobaba una ley para sancionar a los querubes de la FANB y del PSUV, los más perjudicados serían los pobres (desde luego que no habló de querubes, sino que nos  metió a todos en el mismo saco de maleantes y dijo “Venezuela”). Y encima, después de haber encarcelado a López, Scarano y Ceballos, y de robarle a María Corina Machado su diputación en la AN, el autor de la misiva les dice a los gringos: “Hemos extendido la mano a la oposición”.

Total que, si no nos mata la indignación, vamos a terminar muriéndonos de tanto déjà-vu, porque basta remplazar fechas, nombres o ajustar cifras para constatar que este vía crucis colectivo –por lo demás bien merecido, digo yo– es un circuito vicioso y recuerda más el ritornelo de Sísifo que la Pasión y Muerte de Cristo. Aunque claro que el padre Ugalde se refería a la redención de este último y al significado de la Semana Santa para los cristianos. Por eso habla de cruz y esperanza.

Pero esos negocios del alma no los digiere el estómago. Es por ello que “Vía crucis con esperanza” puede resultar un oxímoron, dependiendo de las hambres de cada quien. Porque lo único seguro al final del vía crucis es la crucifixión en el Calvario, que habla más de desesperanza que otra cosa, máxime cuando acá, en el único cerro Calvario que tenemos, en Caracas y a pocos metros de La Piedrita y Miraflores, nos esperan los ojitos inquisidores del Gran Hermano de la revolución para recordarnos que el G2 –la muerte– nos está observando. Solo le falta a este circo de inframundo el famoso rótulo del infierno de Dante: “Perded toda esperanza”.

Símbolos aparte, no olvidemos lo evidente: el padre Ugalde debe de ser uno de los hombres más coherentes de este tanatocomio en que nos convertimos, porque siendo sacerdote actúa como tal, predicando el mensaje de fe y esperanza de su iglesia, que incluye un accionar social genuino, no politiquero. Caso contrario es la política devenida en acto de fe, modus operandi de muchos evasores: en vez de actuar como adultos– “responsables de la paz y el destino democrático de Venezuela”, como dijeron los prelados–, esperemos más bien a ver qué nos proveerá el Altísimo en su tiempo perfecto, y que sea lo que Dios quiera y el Señor nos agarre confesados y amén.

Por desgracia, acá en nuestro infierno la palabra se devalúa día a día y el verbo episcopal tiene por delante su propio vía crucis para no morir en el intento de calar conciencias. Tienen los religiosos un enemigo en la secta de los chavistas, que les profana su oración capital y su imaginería, hasta el cursi horror de decir sin pudicia que el falso profeta de Barinas subió al cielo y está sentado a la derecha del padre, Bolívar. Es para vomitar, mas esa es apenas una arista de la decadencia.

“Este vía crucis es doloroso y está lleno de atropellos, asesinatos, presos y exiliados, pero hay que asumirlo y recorrerlo, cuidando que las pasiones no se desborden”, continuaba Luis Ugalde hace un año, reconociendo, además, que entre los dolientes de la patria se ha instalado la más humana y comprensible rabia, con todas sus letras, aunque recomendando, eso sí, sobreponerse a esta con espíritu y razón. Difícil no concordar con estas palabras, solo que, en cuanto a la esperanza, errando en la humareda, mucho me temo que resulte tan perpetua como el vía crucis.