• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

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Vade retro

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Es una tonelada y media de bronce para una escultura bastante grotesca que representa a Baphomet, el diablo (uno de tantos), a la vieja usanza de los caballeros templarios: torso de hombre, patas y cabeza de macho cabrío, con su chiva y sus cuernos y un par de alas. Luce en la frente un pentagrama o estrella de cinco puntas, lleva el báculo del dios griego de la medicina, Asclepio, y, amén de otros detalles, fue develada en Detroit por el grupo religioso Templo Satánico.

“¡Fin de mundo!”, diría más de uno, pero antes de escandalizarse, como ya lo han hecho allá en Michigan grupos de católicos y evangélicos y bautistas y demás, conviene apelar a la vieja conseja: las apariencias engañan. Al cabo de íncubos y súcubos seductores, de pieles de cordero como camuflaje y de tantos pecados al amparo del establecimiento, la secta satánica y su ídolo refrescan con su honestidad estos tiempos de falacias: que el diablo se presente como diablo es un gesto de bondad intelectual que se agradece.

Sobre todo cuando uno lee lo que dicen estos acólitos de Baphomet, una figura –hay que recordarlo– tan arraigada en la imaginería cristiana como las gárgolas de Notre Dame: a este antiguo chivo alado no lo reivindican como un ente diabólico, sino como un “símbolo de la naturaleza intrínseca del hombre, representación del eterno rebelde, de la libertad individual, más que una deidad o un ser sobrenatural”.Nadie en su sano juicio, además, negaría la inocuidad de una estatua de metal dedicada a una abstracción, tan ajena al diabolismo de carne y hueso que perpetran por igual los alucinados de ISIS o de las FARC, los dictadores de África o Asia o América Latina, movidos siempre por intenciones travestidas, agentes malignos a toda prueba.

En un mundo de falsos profetas, nada como la autenticidad y la coherencia. A estos señores del Templo Satánico los seduce el bendito Baphomet, lo proclaman sin cortapisas, le erigen una estatua horrorosa y la bautizan con pompa y circunstancia en una ceremonia para elegidos bajo estricta invitación –R.S.V.P.– y sabrá Dios qué otros códigos. Luego vienen las fotos de rigor para los medios, el golpe de propaganda, sotanas desgarradas aquí y allá y faena cumplida. Ojalá todas las manifestaciones del mal fueran tan asépticascomo las de estos templarios de nuevo cuño, que recaudan donaciones para el manejo de su culto al diablo desde Nueva York y franquician su “iglesia” al resto de Estados Unidos. Porque en el fondo –no nos engañemos– hay mucho de eso: en la tierra del Tío Sam todo es o termina siendo un negocio.“Sus Majestades Satánicas”, Los Rolling Stones, tal vez puedan decir algo al respecto.

Desde luego que acá entre nosotros a una franquicia semejante le costaría trabajo hallar un nicho en el mercado del mal, copado como estápor la malignidad de la secta gobernante –en proceso de devenir religión–, laboriosa como pocas para urdir infamias con frenesí demoníaco.Si los cultores de Baphomet o cualquier otro demonio asomaran sus caras por acá, saldrían espantados de tanto horror y buscarían relax releyendo a Dante. “Lo último que nos faltaba era realizar una fiesta para darle la bienvenida al diablo”, dijo uno de los muchos sacerdotes de Detroit que oficiaron misas para hacerle la contra a un invitado tan indeseable. ¡Cuántas misas no tendrían que cantar esos pobres religiosos si el PSUV decidiera abrir una sucursal en Michigan y develar de paso una efigie de su fundador!

Porque esto de aplicarles la muerte lenta a 30 millones de personas son palabras mayores, no es para diablillos menores con ascendencia templaria. Sin embargo, pocos lo advierten. Lo más llamativo de esta secta es su habilidad para el encantamiento de sus adversarios, que no atinan a captar la malignidad ante sus ojos. Su inventario criminal es tan monstruoso que obliga a reinventar el verbo, pero, como por arte de magia negra, sus hordas de víctimas no ven en sus verdugos un accionar malevo: estos son hijos de Dios que solo cometen “errores”. ¡Más de tres lustros de crímenes reiterados “por error”!

Encerrados como estamos en un laberinto diabólico, cada quien busca a tientas una salida, solo para encontrarse con el rostro acontecido de otros penitentes extraviados. Ansiamos el hilo de Ariadna para desandar nuestro fracaso, pero no hemos tenido ni siquiera el coraje de verle la cara al monstruo, como si el mal necesitara de verdad la apariencia de un Baphomet para poder identificarlo. Otros hacen el voto de emular a Ícaro y cumplen con morir siempre en el intento. ¿Existe acaso un conjuro?

Que nos lo diga en todo caso el viejo diablo, que más sabe por viejo que otra cosa. Ya en este punto no hay nada que perder si soltamos ciertas amarras y nos detenemos un instante en las palabras de quienes le rinden pleitesía a Baphomet: nuestro demonio interior no es necesariamente una fuerza perniciosa, sino el espíritu rebelde del alma humana, la libertad individual que reacciona por sobrevivir frente al verdadero mal que busca su anulación. Tal es el fin último de las sectas totalitaristas, “pulverizar” la identidad del individuo y hacer con ese polvo una masa esclava.

Postergar o ignorar la defensa de la individualidad es negarse a sí mismo. No tener el valor de sobreponerse al miedo es aceptar pasivos la derrota. Esta secta destructiva que solo busca aniquilarnos no es más que eso: una secta, una minoría inherentemente débil que nunca podrá controlar al eterno rebelde cuando despierte y haya perdido el temor, por fin, de reivindicar su libertad.