• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

Al instante

Revancha

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Hace pocos años circuló en Internet uno de esos tantos mensajes puestos a rodar por la ira que suscita el horror del chavismo. El anónimo autor imaginaba con placer un futuro impreciso en el que, luego de caer esta dictadura, sus jerarcas huirían por el mundo, se ampararían bajo otros fascismos amigos o cambiarían de identidad para evadir sus crímenes, escondidos cuales nazis en cualquier lugar del planeta. Y también cuales nazis serían perseguidos y capturados, no por fuerzas regulares del orden mundial, sino por una suerte de comando especial inspirado en Simon Wiesenthal, el famoso cazanazis fallecido hace una década.

Para el momento del mensaje, al penúltimo dictador de Venezuela le continuaba avanzando como un Panzer su enfermedad mortal. Por ello, en la imaginación del remitente de aquel correo electrónico, falleciendo sin remedio el Atila de Sabaneta en el poder, moriría con él la dictadura, sus lugartenientes escaparían con sus botines y crímenes y entonces se activaría aquel fantástico comando. Al actual dictador –para la época canciller– lo atraparían en Montevideo conduciendo un autobús; a la presidenta del CNE o del TSJ le quitarían su careta de manicurista en algún pueblito argentino; a este o aquel ministro lo secuestrarían en el Medio Oriente y así, poco a poco, al estilo Wiesenthal, los más notorios criminales del chavismo no encontrarían sosiego en ninguna ratonera y, tarde o temprano, serían llevados a la justicia para rendir cuentas.

Poco importa cuánto haya de febrilidad en esa película, tampoco la falta de “indexación” histórica o las relativizaciones de rigor: el mensaje resonaba, cumplía con el cometido –válvula de fantasía– de drenar en una brevedad algo de la humana y cada vez más colectiva rabia que produce el accionar de estos seres tan insanos y tan viles. Una secta que hizo del ser malandro un estilo de hacer política. Mejor dicho, antipolítica, que a este “ethos” sí se le puede llamar así.

Considerado por muchos como la conciencia del Holocausto, a Wiesenthal lo movió el afán de justicia contra el horror. O de revancha, ¿por qué no? ¿Qué hay de malo en buscar “satisfacción del agravio o daño recibidos”, que es como se define neutralmente la revancha en su sinonimia con “venganza” y “desquite”? El perdón como valor es una potestad individual; las virtudes no son deberes y tanto el clemente como el justo pueden ser virtuosos. Muchas víctimas del fascismo han perdonado a sus verdugos; es su voluntad. Otras prefieren ejercer su derecho de no olvidar la injuria y hacer justicia. Valga recordar que los cazanazis no se desquitaron de estos criminales encerrándolos en campos de exterminio, no los talionaron metiéndolos en cámaras de gas: los llevaron a juicio.

Terminados los Procesos de Nuremberg en 1946, y mientras la memoria del mundo comenzaba a diluirse en olvidos y perdones, Wiesenthal no descansó y siguió cazando por el orbe a los criminales que habían logrado eludir aquellos juicios. Capturó y llevó a los tribunales a 1.100 de estos. Su afán fue no olvidar, hacer justicia, y hoy, en retrospectiva, nadie osa tildarlo de rencoroso, vengativo o revanchista. Bien dicen que hay que cuidarse de los adjetivos y que la mejor manera de evitarse problemas con ellos es no usarlos. Pero por algo existen. El asunto es cómo se usen, qué carga semántica se les imprima y en cuál contexto.

Cuando uno escucha, sin más, a propósito del caso Leopoldo López y en boca de gente que lo apoya, que la dictadura chavista utiliza la justicia de manera “revanchista”, no queda más que preguntarse de cuál revancha hablan. Porque contra este político se perpetró un crimen –realmente un combo de crímenes– sin que él hubiera cometido uno solo. No hay lugar lógico semántico para hablar de revancha ni venganza ni desquite; nada que permita explicar alguna eventual “satisfacción del agravio o daño recibidos”. A menos, claro está, que nos transmutemos en malandros y razonemos según su logos: “Si eres líder opositor, con alta y creciente popularidad en las encuestas, andas en una de proselitismo, hablas de transiciones y constituyentes y encima tienes capacidad de movilizar a la opinión pública, entonces nos estás agraviando y nos vamos a desquitar”.

No ha terminado uno de repeler el concepto de esta falsa revancha cuando esas mismas voces vuelven a trastabillar en la semántica y anuncian, de lo más papistas, que la oposición desde el poder no actuará con revanchismo. Ergo, parece que no piensan buscar desagravio alguno por los daños recibidos como nación; tal vez ni por asomo tengan un anteproyecto de ley para empezar a recuperar lo saqueado ni mucho menos llevar a la cárcel a nadie; su discurso patentiza que ni siquiera consideran criminal –a pesar de su horrendo prontuario– a esta megabanda de traidores que anuncia “tiempos de masacre y muerte” y seguirá detentando el poder “como sea”; ni hablar de lesa patria y lesa humanidad, a pesar de que la ex república toda es en sí misma la evidencia.

Los pacifistas radicales, desde los “estocólmicos” hasta los más sabios promotores de la siempre postergada cultura de paz, “más temprano que tarde” deberán asimilar y transmitir –al menos por ahora con palabras– que la paz republicana se sustenta en el orden justo de las cosas, y eso empieza por hacer justicia frente a los connacionales que nos declararon la guerra y siguen empeñados en reducirnos a polvo cósmico. Sin embargo, y por los vientos que soplan, esa justicia no se ejercerá en nuestro territorio sino en tierras civilizadas, allá donde llegan también los crímenes del chavismo y donde no llaman “revanchistas” a los verdugos de inocentes ni mucho menos a quienes buscan la “satisfacción del agravio o daño recibidos”.

No es extraño que al haber perdido la república, la soberanía, las instituciones, y habiéndose instalado la anomia que todo lo pulveriza, la sociedad en su derrumbe arrastre al lenguaje, aunque nunca sabremos si fueron más bien las palabras las que de pronto empezaron a oxidarse y han ido corroyendo todo lo demás. Es terrible constatar cómo esa piedra fundacional que es el verbo se empieza a desintegrar. Cuando la palabra se fractura y un vocablo como “justicia” –tanto la recta como la prostituida– pasa a significar “revancha”, es señal de que todo está resquebrajado. La buena noticia es que en la era de la comunicación y la información los signos se pueden restablecer rápidamente.

¿Paz a toda costa o paz con justicia? La sociedad como un todo no puede permitirse semejante dilema. La premisa es una sola, la clásica: sin justicia no hay paz. No tendríamos por qué esperar a que surja entre nosotros un Wiesenthal –conciencia justiciera de nuestra catástrofe– que contribuya a esa pacificación. Mas, si ha de ser así, que así sea.