• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

Al instante

Reconciliación no es la palabra

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No se reconcilia un padre con el asesino de sus hijos. Ese no es el verbo. No es reconciliación lo que se espera entre una víctima inocente y su verdugo. Esa no es la palabra. Tampoco es “reconciliar” lo que conjuga una sociedad a la que tantos de sus miembros le declararon la guerra porque les dio la gana. Ante el caos, si hemos de renacer y refundarnos en vez de desaparecer, tendremos que empezar por reconstruir el lenguaje, devolverles a los signos su significado y restaurar la verdad sobre la justeza de las palabras, porque –¿cuántas veces habrá que repetirlo?– sin justicia no habrá paz.

Valga Perogrullo una vez más para recordar que las palabras importan y que no basta con lanzarlas así al voleo, solo porque suenen hermosas, sin ponderar aquella otra perogrullada: adquieren su pleno valor en el contexto –tiempo y circunstancia– de su enunciación, y al momento de producirlas el hablante expone su conexión con la realidad. O su desfase, claro está. “El lenguaje es nuestra manera de no solo expresar la realidad sino decodificarla e incluso crearla, o al menos incidir en ella”, dice Mauricio Gomes Porras en su magnífico artículo “La palabra dictadura”, en el que protesta contra la reticencia de cierta oposición a llamar las cosas por su nombre, esa falta de coraje para asumir las riendas verbales de este desbocamiento.

Por supuesto, si un actor político rehúye con tanto recato la palabra “dictadura” y solo la desempolva –como recuerda Gomes Porras– cuando le llega el turno de la mazmorra, no es de extrañar que otros actores articulen su discurso con términos desfasados o, en el mejor de los casos, con ínfimas posibilidades de concreción real. Es así como en esas gargantas suena la gran “reconciliación” nacional, todos juntos como hermanos superando nuestras diferencias para emprender el camino de la reconstrucción y demás etcéteras lindos y babosos.

Está clarísimo: a los traidores y criminales los perdonaremos porque, al fin y al cabo, ultrajes a la nación y a la humanidad los comete cualquiera, y hay que ser tolerante con las distintas formas de pensar de la gente –que los sátrapas son gente– y no se puede andar por la vida abrigando rencores, ¿no es así? ¡Reconstruiremos la patria codo a codo con los mismísimos apátridas que la devastaron! Razón le sobra a Marianella Salazar cuando titula su columna de hace dos semanas con lógico pesimismo,“Esto va a terminar mal”, porque avista que “tal vez se dé la circunstancia de que quienes administren la transición no sean los resistentes con credenciales, fajados durante tantos años denunciando grandes corruptelas y la espantosa debacle económica, sino, principalmente, (…) los mismos civiles y militares que han colaborado con el régimen”. Es decir, los mismos canallas con quienes se busca nos reconciliemos.

Pero, ¿qué es “reconciliar” si no volver a conciliar, o sea atraer de nuevo y “acordar los ánimos desunidos”? ¿Y de cuándo acá existe “desunión anímica” o “discordancia de ánimos” entre una megabanda de felones y el país que violan y saquean?¿Borrón y cuenta nueva o más bien crimen y castigo? Los “apaciguadores”, como los llama Sánchez García, tendrán que buscarse otra muletilla o seguirán pecando de utopistas al pretender que puede haber reconciliación entre términos antónimos que por su naturaleza no concilian. Peor aún: quizás hasta consideren “necesario” cohabitar con la impunidad del mal y ya los veremos departiendo en un futuro con los criminales de hoy.

Por fortuna, es bueno saber que gran parte del país opositor no concuerda con lo que algunos han dado en llamar “la oposición oficialista”. No todos se postran pasivos ante el tótem de la reconciliación y saben –necesitan– ver más allá. Por ejemplo, en el Llamado a los Venezolanos a un Acuerdo Nacional para la Transición, de López, Machado y Ledezma, se contempla “solicitar del sistema judicial la apertura de los procesos a que haya lugar para el castigo de delitos graves cometidos al amparo del poder gubernamental”, algo que no por perentorio pareciera ruborizar a los voceros de la MUD.

En diciembre del año pasado, dos meses antes de dicho documento, el padre Luis Ugalde escribía en este diario “Reencuentro y reconciliación”. Coherentemente fiel a la doctrina que profesa, el sacerdote invita a que cada quien, sin distingo, haga su aporte constructivo para ver si empezamos a salir del marasmo, pero igual acota: “Naturalmente, esa construcción exige la transparencia sobre los delitos y los delincuentes de estos años y el correspondiente castigo por la vía judicial”. Tal cual: un cura se abstiene de venirnos con aquello de que el tiempo de Dios es perfecto, llama “delincuentes” a los delincuentes y además entiende, humano al fin, que la justicia divina no tiene prelación sobre las leyes de los hombres.

Y más contundente aún es el teólogo Félix Palazzi en “Las trampas de la tolerancia”, que bien harían en leer quienes blanden con igual deportivismo irreflexivo las palabras “tolerancia” y “reconciliación”. Luego de recordar que tolerar la injusticia ya es, per se, una injusticia, el autor invita a reflexionar: “Si solamente toleramos aquello que consideramos ‘errado’ o ‘distinto’ porque una mayoría así lo considera o porque es avalado y respaldado por unas creencias o una ideología política o religiosa, pero no tiene por referencia la mediación de la justicia, correremos el grave riesgo de legalizar patologías y distorsiones sociales”. 

Entonces, ¿nos vamos a reconciliar tolerando la injusticia, el crimen impune? Palazzi remata con una lápida: “Hablar de tolerancia cuando no hay justicia es una falacia”, y así por supuesto que no hay reconciliación. Esa no es la palabra. Está bien que cada quien se reconcilie a su manera con su cada cual, ya sea la prima necia o el vecino resentido o la doñita pusilánime devota del Traidor Eterno; allá la víctima, también, si decide en su fuero interior perdonar a sus verdugos; esas reconciliaciones y perdones no violentan la verdad histórica, no arrastran al colectivo. Pero la sociedad como cuerpo no puede permitirse tales raptos y los políticos llamados a la regeneración no pueden tampoco pasarlo por alto. Si no se sintonizan con el todo, la historia los arrollará.

Reconciliación no es la palabra para refundarnos; de hecho cabe preguntarse si la oposición oficialista estará enterada o no de que aquí el crimen organizado –o el corporativismo fascista, es igual– derogó la república y que por lo tanto hay que refundarla. En todo caso, frente a estos oscurantistas que decretaron la guerra a muerte contra la inteligencia y la sindéresis, con un Stalin que patea el idioma y unos lugartenientes que ya ni siquiera hablan sino que escupen sílabas, el verbo “reconciliar” amerita muchos complementos. Ya no es el mismo por estos lares, donde el horror reclama otros signos y lo que urge es conciliar las palabras justas.