• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

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Radicales

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Son más de 16 años de malandrazgo oficial y todavía, a estas alturas, a las voces que llaman “crimen” al crimen, “traición” a la traición y que claman se erradique con justicia a esta plaga de criminales y traidores, otras voces del mismo bando las despachan con el remoquete de “radicales”. Los facinerosos que desmantelaron la república para pergeñar un Estado mafioso nos espetan en la cara que las cosas –sus crímenes– habrán de ser “por las buenas o por las malas y al que no le guste que se vaya”, pero alzar la voz contra este horror, un poquito de contrapeso a la barbarie, puede ser visto como una fea expresión “radical”.

Fuera de la oligarquía socialista del siglo XXI y sus cortesanos, lo que hay es víctimas del ultraje a la nación, rehenes sin concesiones. No obstante, un grueso sector de esta mayoría, sobre todo en el ala política, no quiere “radicalismos” con sus propios verdugos. En el mar de la felicidad donde la dignidad naufraga la consigna es reconciliación, perdón, amor, unión, paz y todo lo que quepa en ese bote. Todo menos justicia. Esta palabra como que les agua la fiesta a sádicos y masoquistas por igual. Al indignado que en su ira no pide más que eso, “justicia”, lo convierten en extremista con sed de “venganza” y, para mayor humillación, lo equiparan a los fundamentalistas alucinados que desde el poder iniciaron y siguen perpetrando el terror. “En el país que queremos no hay lugar para los radicales de ningún bando”, rezan los cándidos. Es una pena: a todas las miserias que nos aplastan tenemos que agregar trastornos semánticos.

Habría que empezar por aclarar que solo hay un bando, el de los dolientes de la patria. Los otros no constituyen un bando sino una banda, matona, ladrona, traficante, armada hasta las vísceras y siempre presta a tirotearle la cabeza a quienquiera que le diga “no”. Todos conocemos sus crímenes, el mayor de los cuales, qué duda cabe, fue regalarles el país a dos viejitos asesinos con más de medio siglo de experticia totalitarista contra el pueblo cubano, aplicada ahora en este país que siempre apetecieron, que invadieron sin éxito una vez y que finalmente obtuvieron como obsequio de la aberración chavista. Y sí, esta banda tiene millones de adeptos, cómplices todos y no menos víctimas: del ídolo que los envilece y de su propia disociación. De esta gente se encargará algún día el psicoanálisis social, quién sabe.

La siguiente aclaratoria cae sola: entre el bando de víctimas y la banda de victimarios, solo puede haber radicales en el primero. ¿Acaso se puede hablar de “malandros radicales”? Siendo el crimen su denominador común, cualquier diferencia de matiz será apenas el consabido atenuante del que se encargue la justicia, si es que llega. De resto, nada: quien entra en sus filas o los apoya desde las urnas acepta de suyo las leyes del crimen organizado, sin subterfugios ni medias tintas. La afiliación incluye el paquete completo, no es que “soy nazi convencido, pero eso sí, nunca he estado de acuerdo con las cámaras de gas”, o “amo a mi Arañero, pero no me gusta que haya hecho de Venezuela un santuario de terroristas, ni que arme a colectivos para que roben y maten a la gente, ni que le haya regalado nuestra soberanía al G2, ni etcétera”.Una cosa conlleva las otras.

No hay espacio cartesiano para hablar de “chavistas radicales” o “chavistas moderados” cuando todos comulgan, no importa si con furia o mojigatería o pusilanimidad, en el mismo altar del acabose. Los únicos “chavistas light”, como bien lo precisó Diego Arria en un alarde de agudeza, no pertenecen a esa banda de vendepatrias, pero están en la MUD. Aunque hay también en el bando opositor –único espectro donde tienen cabida lógica– ciudadanos “radicales”, comenzando por el mismo Arria, que entienden no habrá reconciliación ni paz ni aun menos refundación de la república sin justicia, muchos de ellos vejados, robados, defenestrados, perseguidos, encarcelados o simplemente incomprendidos por expresar la urgencia de ser frontales ante la mafia de Miraflores.

Y deberían sonar más voces radicales contra el crimen, porque es criminal y no otra cosa la naturaleza del chavismo. Esta banda de maleantes dejó de ser una alternativa política desde el momento mismo en que tomó el poder y desató guapetona su imparable orgía delictiva. Pero he allí la cuestión: ¿solo porque tienen beligerancia política hay que abordar a los malandros como políticos y no como criminales? Una cosa no excluye la otra y más allá de todo está el precepto que rige a las sociedades decentes: radicalidad frente al delito, máxime si hablamos de crímenes de lesa patria y de lesa humanidad y encima perpetrados por la “autoridad”. Solo se puede alegar que, de hecho, no somos una sociedad decente, pero estamos obligados a serlo, radicalmente, asumiendo el ser radical sin pruritos ni complejos, quitándole los lastres a este epíteto de tan buena prosapia.

Se puede empezar con el diccionario: “[radical:] Partidario de reformas extremas, especialmente en sentido democrático”. Lo registra el DRAE y mejor imposible porque de eso se trata, de aplicar con urgencia reformas democráticas extremas que nos salven de la desintegración. El “cómo” es tarea de los políticos, pero lo primero es lo primero: adoptar las palabras precisas para formular las definiciones correctas antes de actuar. Lo peor que les puede pasar a ciertos opositores es dejarse permear por la neolengua del fascismo que pretenden desplazar y desvirtuar su propio discurso con eufemismos y tibiezas. Esta es una lucha contra traidores de la patria, contra un Estado delincuente y no contra “un modelo fracasado”.

“No se puede ser tan radical”, replican los incautos, usando el adjetivo según otra acepción del mismo DRAE: “Extremoso, tajante, intransigente”. Y volvemos al punto: ¿se debe transigir con la infamia o hay que anteponerle principios tajantes? Antes que renegar del término “radical”, convendría más bien reivindicarlo y usarlo con la misma naturalidad con que se extirpa de raíz la hierba mala o un tumor, y vaya que el chavismo ha sido maligno. Además, se supone que el radicalismo –y esto no es una defensa de los partidos radicales– tiene una historia de poderosa raigambre democrática; fueron las patrañas de la izquierda y la derecha extremas las que degeneraron semánticamente lo radical político, pero la esencia del concepto no solo no ha cambiado, sino que sigue gravitando con fuerza en nuestro laberinto.

Si se va a llegar tarde a las definiciones, que se haga al menos con las palabras que el tiempo y la circunstancia imponen por sí solos.