• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

Al instante

Mentira, desvergüenza, amnistía

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Cuando Jonny Montoya tomó la palabra el 20 de febrero pasado, en la concentración de apoyo a la Ley de Amnistía y Reconciliación Nacional, habló con la verdad, o sea, uno de los bienes más escasos en esta tierra de falacias y, precisamente por ello, indispensable para contrarrestar la impostura que es el chavismo. Hace dos años, en medio de la manifestación de estudiantes del Día de la Juventud, al hermano de Montoya lo asesinaron con impunidad bandas criminales prohijadas por el cartel de Miraflores. No es la primera vez que nos lo recuerda, pero él sabe que hay que seguir repitiéndolo hasta que se restaure la historia.

Minutos antes había hablado la madre de otra víctima. En un gesto que la enaltece individualmente y que el animador del evento tuvo a bien tildar de “valiente”, la señora exhortó a los presentes a practicar el perdón. Confesó a todos que ella, cada vez que “ve” al guardia nacional que acabó con la vida de su hija siguiendo órdenes de la megabanda gobernante, lo perdona. Esta madre con el alma mutilada ha encontrado en el perdón una forma válida –acaso liberadora– para alivianar el duelo y labrar su paz. Sin duda está convencida de ello porque asegura, al cabo del cercenamiento que le infligieron los criminales del régimen, que sin perdón no puede haber paz.

Y desde luego que hay que respetar e incluso admirar la voluntad íntima de olvidar y perdonar –“amnistiar”– a sus verdugos. Sin embargo, el cuerpo social es diferente y así lo entiende Jonny Montoya cuando proclama otra oración, otro enunciado que en nuestro caso –sociedad acribillada por la barbarie– se eleva como premisa refundacional: “Sin justicia no habrá paz”.

En esa tarima donde se encontraba apoyando una ley que tal vez solo por convención se llama “de amnistía”, el ciudadano Montoya volvió a contar lo que le corresponde contar: que el 12 de febrero de 2014 a su hermano Juancho lo enviaron a La Candelaria a verificar si los estudiantes portaban armas o no, que en la última comunicación que tuvo con sus superiores informó que no estaban armados, que un minuto después de esa llamada recibió un tiro mortal en la cara, que enseguida mataron al joven Da Costa, que los asesinos de su hermano están plenamente identificados como miembros de dos de los tantos colectivos de malandros aliados del gobierno, y que, después de muchos etcéteras de infamia, los autores de esos primeros crímenes políticos de 2014 gozan de impunidad mientras que varios inocentes, encabezados por Leopoldo López, pagan condena por crímenes que les inventaron los neonazis del PSUV.

El mismo 12 de febrero, no había terminado de darse la noticia del asesinato de Juan Montoya cuando ya aparecía ante las cámaras, en los predios de los mentados colectivos de matones, el para entonces capitán del Poder Legislativo vociferando, con su habitual descomposición, consignas falsificadas y desechables por el estilo de “Juancho, camarada, tu muerte será vengada”. Desde aquel momento y hasta hoy no ha cesado de llamar “asesino” a Leopoldo López y, por extensión, a todos los opositores de la dictadura. Coherentemente fiel a su retórica, o más bien a su mitomanía obsesiva, el capitán de marras ha venido diciendo, desde que se instaló la nueva Asamblea Nacional, que ellos, los fachas, no aprobarán ninguna ley de amnistía porque eso sería avalar “que los asesinos se perdonen a sí mismos”. Mentira y desvergüenza al más puro estilo nazi.

De hecho ha sido un mantra para todos los fascismos: “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. La frase es del comunista Lenin pero se le suele atribuir al nazi Goebbels, doctor en filosofía y psicópata, quien la popularizó en su credo sobre la propaganda. La mentira es tan consustancial a los totalitarismos que para ellos, los autócratas, lo falaz es veraz y viceversa. “Miente, miente, miente, que algo quedará”, decía el filósofo nazi, ministro del poder popular para las comunicaciones de Hitler, y remataba: “Cuanto más grande sea una mentira, más gente la creerá”.

Muy a propósito, El Nacional tituló “Mentiras nazis” su editorial del 27 de abril de 2013, en el que denunciaba cómo el aparato de propaganda del fascismo chavista, bajo la inspiración de Goebbels y la dirección del G2, adulteraba los hechos para achacarle a la oposición los actos de vandalismo perpetrados por colectivos oficialistas luego de que las fuerzas opositoras pidieran auditar los resultados electorales del 14 de abril. Esos actos, se sabe, ocasionaron la muerte de al menos siete personas, convertidas por la máquina del horror de la dictadura en víctimas de los “asesinos” de la MUD. Ya el régimen lo había hecho antes, en abril de 2002, y lo volvió a hacer hace dos años.

Aunque la mentira tiene patas cortas, sobre todo en la era de la información y la comunicación, no basta con desenmascararla: hay que extirparla para siempre, sustituirla por la verdad verdadera –la que sustentan los hechos reales– y consolidar esta última. Si bien es cierto que la mentira repetida se convierte en verdad, no es menos cierto que la verdad repetida desplaza la impostura. Los pioneros del fascismo de izquierda y de derecha levantaron su poder basados en las mil y una falacias sin interferencias informativas, es decir, sin el contrapeso de la verdad. He aquí que la verdad necesita un empujón: requiere de muchos Jonny Montoya que la repitan una y otra vez, que promuevan la “amnistía” como vía para la libertad de los presos políticos pero al mismo tiempo reclamen la restitución de la verdad; es decir, en nuestro caso, que estos presos son inocentes y que hay que perseguir a los verdaderos criminales.

Un abogado experto como Héctor Faúndez Ledesma escribió en diciembre en estas páginas “¡Amnistía, no!”, fuerte alegato contra el horror que supone el dejarse permear por la neolengua oficial, descuidar la semántica y no llamar las cosas por su nombre. En ese artículo, que debería ser de lectura obligada y análisis en toda la MUD, Faúndez recuerda el significado de la palabra “amnistía” (olvido, perdón) y entonces alerta: “¿Por qué pedir el perdón o el olvido de un delito que no se ha cometido o que, habiéndose cometido, no lo ha sido por quienes hoy se encuentran en prisión? (…) Condenar a una persona, a sabiendas de que es inocente, es una grave violación de derechos humanos; pero la amnistía, en vez de ser la respuesta apropiada, es un cruel sarcasmo”.

Tal vez esta Ley de Amnistía debería llamarse más bien “Ley para la liberación inmediata de todos los presos del régimen acusados y sentenciados sin pruebas por crímenes que no cometieron; para la restitución plena de su inocencia, su desagravio oficial y sus debidas indemnizaciones, y para el proceso contra los verdaderos culpables”. Algo así. El hecho es que, a falta de un mejor nombre, su discusión y promoción debería acompañarse, con el mismo empeño, por el matraqueo de la verdad.

En medio de todo hay algo rescatable. Por ejemplo, esta frase de rechazo a una eventual ley de amnistía: “Los asesinos de un pueblo tienen que ser juzgados y tienen que pagar”. La dijo hace tres meses el actual dictador de Venezuela y es maravillosa en su sencillez porque es lo que habrá de decírsele a él mismo cuando le llegue la hora de rendir cuentas ante la justicia. O esta otra admonición, mejor aún, declamada con frenesí por el ex presidente de la AN el pasado 16 de febrero: “No va a haber libertad para los asesinos, tengan la seguridad. No va a haber libertad para los que acabaron con un país, para los que trafican con droga, para los ladrones. No va a haber libertad, va a haber paz y justicia”.

Más de uno ha opinado que estos seres parecieran estar hablándole al espejo.