• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

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Materialistas históricos

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Dejemos las honduras del materialismo histórico en el coto de los expertos: filósofos, historiadores, sociólogos, economistas, politólogos. Baste con saber que los pueblos, históricamente, actúan por materialismo, que no hemos hecho otra cosa desde el inicio de nuestros tiempos y que no hay razón histórica para desdeñar la materia, máxime cuando el hambre apremia. ¿“No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”? Como no existen pueblos ascetas, la réplica contraevangélica es rápida: ¿con qué se come la palabra? Primero el pan.

“¡Que coman brioches!”, se supone que dijo María Antonieta, la reina de Francia, cuando se enteró de que el lumpen tenía hambre y quería pan. Verdad a medias: esa tonta despistada no dijo eso y la frase es apócrifa, invención de la canalla mediática. Lo que sí es cierto es que las clases populares estaban hambreadas, víctimas de la guerra económica que les había declarado el marido de aquella, el dictador Luis XVI. A este rey, por andar despilfarrando el erario en aventuras bélicas en el extranjero y en lujos de escándalo, la economía se le había empuercado. Mientras tanto el pueblo, asfixiado por el alto costo de los bienes básicos, el desabastecimiento, diezmos e impuestos de toda clase, se había degradado a trabajar solo para subsistir y hacer colas por todo el reino buscando qué comer. Cuentan que se armaban trifulcas en las panaderías y en los abastos de granos y que hasta la mère –la madre– le mentaban al monarca.

El hecho es que fueron las revueltas del pan, causadas por la inflación, la escasez y el hambre, las que detonaron desde París y otras ciudades francesas la más famosa de las revoluciones. No fueron exactamente, como ha pretendido cierto romanticismo historiográfico, las consignas de libertad e igualdad y el pensamiento ilustrado las que le cortaron la cabeza a la tiranía del absolutismo y el derecho feudal. Si el amor con hambre no dura, mucho menos el desprecio que se ganan ciertas élites por la desfachatez de sus injusticias. La única forma de mantener sometidos a los estómagos vacíos es con el garrote y la represión brutal de los déspotas, como ha sido en las hambrientas Cuba o Corea del Norte, por solo citar dos Estados parias.

Son necesarias las crisis, dice la experiencia, para medir el temple de los pueblos, para ver de qué madera están hechos, (re)descubrir sus valores y desnudar sus miserias. Si Luis XVI hubiera dado con algún truquito económico que les garantizara a los pobres el pan en sus mesas, nada permite aseverar que sus desmanes igual acabarían en la guillotina. La sabiduría popular parece más sagaz que muchas disciplinas: “Barriga llena, corazón contento”. Es triste corroborarlo, pero el hombre humillado –la sociedad vejada– no parece muy dado que se diga a reivindicar sus libertades y derechos conculcados mientras lo alimenten y decidan por él.

“Te van enjaulando de a poco, sin que te des mucha cuenta, y al final terminas agradeciéndoles a tus verdugos cuando te dan alpiste por entre los barrotes”. Palabras más, palabras menos, así hablaba en un foro de periodismo en línea una lectora cubana. No importa si los pueblos no son todos iguales: la humanidad con sus instintos es la misma y una sola. Aún la mayoría no ha sabido –no ha querido– resolver la vieja disyuntiva entre el miedo a la libertad y las certidumbres de la sumisión. Sacrificar la libertad –“temporalmente”, aunque esta temporalidad dure más de medio siglo– a cambio de prosperidad ha sido el gran señuelo con que las barbaries de izquierda han seducido a los depauperados del mundo. Es tarde ya cuando descubren, despechados, que al renunciar a ser libres en pos de la siempre delusiva seguridad material, terminan perdiendo ambas cosas.

No tuvimos que esperar lo inesperado entre nosotros para constatar lo obvio. Debieron sobrevenir –y acaso habrá que saludarlos– el descalabro económico y la ruina, la escasez y el mal comer para que nuestros sátrapas acusaran por fin un rechazo masivo. Ahora sí. Ahora que no nos subsidian los viajes por el mundo, que cualquier bien de consumo es impagable, que los anaqueles están vacíos y que –horror de horrores– no hay detergentes ni suavizantes para andar de punta en blanco en el infierno, es que les arrugamos la cara y les hacemos el fo a los dictadores habituales.

Siguen quedando de lado, accesorias o desdibujadas o simplemente invisibles para el colectivo, las infamias del poder. La lectura no es grata: la entrega de la soberanía a la dictadura cubana, las detenciones arbitrarias, el cerco a la libertad de expresión, la abolición de facto de las garantías y derechos constitucionales, la criminalización de la disidencia, la tortura de los estudiantes que protestan, las sentencias contra inocentes por crímenes que cometen los acusadores, el robo de la propiedad privada y pública, la impunidad garantizada del delito, el Estado convertido en mafia, el adoctrinamiento de los niños en las escuelas, la muerte por abandono criminal de la salud, este inacabable festín de espantos que sepultó cualquier contorno posible de país, todo y mucho más es baladí. Por encima de cualquier cosa el pan, la arepa, la barriga llena para estar contentos en nuestro gran chiquero.

Más abrumadora aún es la visión reductora –simplismo materialista o economicismo– de tantas voces opositoras. Hicieron de “¡Es la economía, estúpido!”, la célebre frase de James Carville, una panacea, un mantra, y no dudan en darles recomendaciones y hacerles propuestas a los autores deliberados del caos. Creen a pie juntillas que con un simple cambio en las reglas del juego económico, como ha dicho Diego Arria en estas páginas, Venezuela saldrá de la crisis. “A una dictadura no se le presentan propuestas, y menos aún de carácter económico, cuando la prioridad es el rescate de la libertad y de los derechos de todos”, dice el político venezolano, uno de los pocos que entiende que “sin cambio de régimen no hay cambio posible de nada”.

El economicismo de un Carville puede que sea válido en un sistema político de libertades, jamás de los jamases bajo una dictadura, bajo el chavismo. En “Libertad o prosperidad: el falso dilema”, Carlos Alberto Montaner nos apuntaba hace poco que los países más prósperos del mundo son los más libres, mientras que Alejandro Sucre, en “Trampas ideológicas”, sentía la necesidad de recordarnos una verdad de Perogrullo: “Los venezolanos debemos entender que nuestra calidad de vida depende de la calidad de pensamientos que el colectivo social posea”. Y ese “pensamiento de calidad” debe fluir en cascada desde una dirigencia que no esté dispuesta a cohabitar con la traición y el crimen oficiales.

Esas miríadas de venezolanos que hoy se enardecen y se deprimen por la actual situación de penuria creciente son los mismos que, por ejemplo, regresan de un Ecuador fascinados porque en la tierra del tirano Correa los anaqueles rebosan de mercancías; son los que se babean con los indicadores macroeconómicos del dictador boliviano; son los que deliran por la gesta económica de aquel gorila llamado Pinochet y añoran, faltaba más, la cachucha de un Pérez Jiménez. Son, en fin, los que hoy quieren desalojar del poder al tirano que cerró el grifo de petrodólares, no al sátrapa que traiciona al país y nos quiere aniquilar a todos. Es mentira que tengamos como colectivo convicciones democráticas sólidas; somos por el contrario un país de esclavos.

Nadie en su sano juicio se atrevería a negar la perentoriedad de colmar las necesidades materiales. Si la no realización de esa aspiración natural detona una eventual revolución del pan o de la arepa, tal vez habrá que contentarse entonces por la penuria pasajera. Ojalá, aunque la lenta y progresiva resignación ante el control de los mendrugos no auspicia nada bueno. Hay que trascender ese histórico materialismo de las masas hasta que se incruste para siempre en el logos colectivo la ecuación urgente: no hay prosperidad sin libertad. Tarea obligante para los líderes demócratas que un día de estos tendrán en sus manos la refundación de la república.