• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

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Malandra mente

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Fue en 1998, en aquel programa de Oscar Yanes por el que pasaron los candidatos presidenciales de entonces, La silla caliente, que el futuro dictador habló con franqueza sobre el asunto. Cuando surgió el tema de la inseguridad, el crimen y los malandros, el Golpista Eterno comenzó por expresar su resquemor hacia la palabreja “malandro”. No le gustaba que a los delincuentes, tan dados a descargar sus armas contra inocentes, se les despachara con una descarga semántica que le parecía injusta. “Malandro” –hombre malo–, para el felón, sintetizaba el desprecio de los burgueses y poderosos por los excluidos, víctimas de las inequidades sociales contra las cuales no delinquían sino que se rebelaban.

Mal podía conjugar el verbo “delinquir” en tercera persona un sujeto que se presentaba en la pelea electoral sin otra credencial que su prontuario como golpista, traidor, violador de la carta magna y causante de varias decenas de muertos. Es decir, un delincuente, otro más que en su logos de antisocial no delinquía sino que se “rebelaba”. Y para que no quedaran dudas de su irredención, en pleno acto de investidura como nuevo presidente se estrenó malandreando, amenazando de muerte a la misma Constitución que había violado con sus golpes. Ya sabemos cuánto y de qué manera ultrajó a la sustituta luego de matar a la “moribunda”.

Hoy, a estas alturas de la ruina, 17 años después de aquella ceremonia republicana que empoderó a los delincuentes que aniquilarían la república, nadie precavido osaría decir que el malandrazgo regente ha alcanzado “niveles paroxísticos”: esta megabanda no ha cesado de demostrar su capacidad de superarse a sí misma. Y aunque es difícil llevar el inventario delictivo del chavismo –tanto pesa y repugna–, al menos podríamos hacer el esfuerzo de no olvidar su ilación. Si hay algo que tiene esta corporación es congruencia discursiva y factual. Desde aquella temprana alianza con la narcoguerrilla vecina –“Venezuela limita al oeste con las FARC”– hasta las mal llamadas “zonas de paz”–sin Estado y bajo jurisdicción de bandas malandras–, la debacle ha mantenido una continuidad impecable.

Malandreo oficial, en forma y contenido, eso es lo que hay. Nada nuevo bajo el sol desde que el Gigante Traidor degradó el discurso presidencial a verbo burdelero y estrenó de paso una nueva etapa en su carrera criminal, ya no contra el poder del Estado, sino contra el Estado desde el poder. No hay por qué extrañarse entonces ante los arrebatos malandriles de sus herederos políticos. Precisamente, lo que no podemos perder de vista en ningún momento es que las guapetonerías de estas hordas –“pranes arinconados” los ha llamado Marianella Salazar– desesperadas por mantener el poder “como sea”, su accionar delictivo sin tregua, su negación sociopática de la civilidad democrática, esa su espeluznante ristra de bajezas no es otra cosa que la perpetuación de una desobra, el legado de muerte de su fundador y Amado Líder, alias “Arañero”.

Ahora que culminan las jornadas de conmemoración de la muerte de ese ser tan infame y destructivo, que tanto odió a su propia patria hasta implantarse en la historia como el peor de sus traidores, urge acelerar su desmitificación. Al eventual proceso de refundación de la república hay que irle abonando el terreno con el restablecimiento de la verdad histórica: nuestra ruina de hoy es el resultado obvio de un proceso deliberado que desató un alucinado “arañero” para arrasarlo todo, cual Atila, en expresión antitética del deber ser de una nación que aspire a un mínimo de decencia social.

Más que arañero (“pájaro que no se amansa”, dice la cinegética), basta anteponerle una P e intercalarle una T para dar con otro epíteto que le hace más justicia, “patrañero”. Aunque, desde luego, los porqués del embelesamiento colectivo por semejante patraña seguirán siendo tarea del psicoanálisis social. No se trata tampoco de armar una vez más el historial de crímenes de toda laya que perpetró en vida –ávido cultor de la muerte– el fundador de la secta, pero sí de entender de una vez por todas, sobre todo en las esferas políticas (esas desde donde nos llaman “antipolíticos” a los ciudadanos “radicales”), que el chavismo no es una corriente con la cual uno pueda o no estar de acuerdo, sino que es el crimen empoderado y que el malandraje de sus formas es obra y reflejo del malandraje de sus designios.

Claro que estamos hablando de coherencia: la que exhiben estos delincuentes y la que nos ha faltado a los que debemos erradicar para siempre ese “ethos” diabólico, culto a la inversión de los términos, anticultura. “Desinvertir lo invertido”, justamente, es lo que proclama José Rafael Herrera como parte de la ruta tortuosa que nos aguarda para desandar el ultraje de estos tiempos y empezar tal vez a salir del abismo. Porque Herrera también, entre otras cosas, es uno de los pocos –como un Asdrúbal Aguiar– que rehúyen la inminencia apocalíptica de frases por el estilo de “al borde del colapso” o “a las puertas de una tragedia humanitaria”: ya estamos desde hace ratísimo en el abismo, “en el hondo bajo fondo donde el barro se subleva”, como bien le viene el tango a este país borracho y despechado.

Estamos en guerra porque así lo quiso el chavismo desde que insurgió contra todo y contra todos para hacerse del poder y saquear el país como no se ha visto jamás en la historia mundial. Entenderlo y aceptarlo tal cual, sin medias tintas, es apenas parte del proceso de salvataje nacional, el que comienza con el rescate de los signos lingüísticos para hacer las definiciones correctas antes de actuar. Y esa guerra la pergeñan mentes malandras, que hay que enfrentar como tales. Todo lo que ha venido haciendo el hamponato oficial desde el 6-D no es más que una nueva batalla en esta larga guerra de delincuentes empoderados contra la sociedad. Desde los colectivos que casi matan a los diputados opositores para que no entren en la AN hasta el “colectivo del TSJ” (de nuevo Marianella Salazar dixit) que escupe en las leyes y prostituye la justicia, el malandraje no cesa de mostrar su cara sin camuflajes y en boca de uno de sus representantes –da igual que lo apoden “Cabeza’e Mango” o “el Picure” o “el Bolibomba”– advierte que no entregarán el poder y que la cosa es “a plomo limpio”.

¿A quién le puede extrañar semejante exhibición cuando esa era y fue la tónica del hegemón (así llamaba Manuel Caballero al dictador que murió hace tres años) desde el remoto 1998, cuando rechazaba en las pantallas el vocablo “malandro”? Ni hablar del alborozo que debieron de sentir los delincuentes y matones del país cuando aquel, en un alarde de magia semántica y taxonómica, los reclasificó y reubicó en el orden de los “buenandros”. Desde luego que el “¡Vengan a mí, buenandros!” era un mensaje fácil de desencriptar: “Los necesito para mantener el terror, y a cambio tendrán lo suyo”. Vaya que lo tuvieron y lo siguen teniendo. No debe alarmar por ello que en la cárcel de San Antonio, en Margarita, el “Arañero” y “el Conejo”, este último máximo pran-autoridad del recinto, estuvieran hermanados gráficamente en un mural. Asimismo es comprensible que las pompas fúnebres del “Conejo” hayan sido casi tan ceremoniosas –solo faltaron Daniel Ortega y Evo Morales– como las del “Arañero”.

¿Hay que dialogar con los malandros que detentan el poder, como promulgan los apaciguadores de oficio? Admitamos a regañadientes, con ira y mucha náusea, que no existiera otra salida; de acuerdo entonces, pero háganlo como quien negocia con los secuestradores de un ser querido y no con “adversarios políticos”. No en balde la metáfora del secuestro del país por parte de estos facinerosos ha sido usada incontables veces por dolientes de toda clase, y ellos, los malandros secuestradores, lo saben perfectamente. Desde luego que esto plantea una encrucijada ética demasiado complicada, cuando no inaceptable para una mayoría asqueada ante la impunidad y que sabe, como bien lo señaló el diputado Freddy Guevara, que los causantes de la tragedia, aquellos que fraguaron una falsa revolución “solo para robar en nombre del pueblo”, no pueden ser parte de ninguna solución.

Una mente malandra solo puede actuar malandramente. No puede haber cohabitación con los traidores y saqueadores del país. Es una abyección pretender siquiera que la reconstrucción de una nación se realice de la mano con quienes la destruyeron impunemente. Y a falta, por ahora, de una mejor solución, los apaciguadores habituales podrían al menos comenzar a llamar las cosas por su nombre, como ya suenan con menos timidez –¡por fin!– las voces de varios líderes opositores.