• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

Al instante

Larga la noche

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Penumbra dilatada la que vamos encarnando. Feo prodigio el de esta noche larga bajo el sol que no cesa. Debe de ser que ese sol molesta, “pica”, y entonces preferimos, suicidas, trastocar una tierra de gracias en desgracias y chapotear en las sombras. Si Goethe hubiera agonizado en este oscurantismo de sol radiante, más fuerza aún tendría su famosa estertórea invocación de la luz en su lecho de muerte.

Otro poeta, Dylan Thomas, se desgarró también ante la oscuridad: “Rabia, rabia contra la agonía de la luz”. ¿Qué otra cosa, además de rabia, produce el triunfo de la muerte? Perplejidad, tal vez, porque el oscurantismo tiene quien le cante. Poetas mercenarios le dijeron “poeta” a nuestro príncipe, ángel de tinieblas, y se ganaron su canonjía en la Ciudad Luz. Desventurado vuelo poético: de la barbarie a la civilización bastó una lisonja a Prometeo como salvoconducto. Hombres de luces, ¿luciferes?, ya tienen su sitial asegurado en esta historia de sombras.

En la hora extinta de esto que solo los románticos siguen llamando “país”, el oscurantismo es más que una figura para nombrar esa agonía de la luz que enrabia al poeta. El término es condición indispensable para que cuaje la tiranía: mucho más que oponerse, según la definición clásica, a la instrucción de las clases populares y reservar la educación –las luces– a una élite, se trata de obstruir la vía al conocimiento real, a la información, esa que desnuda los hechos y las verdades del gobierno y el Estado. Enseñar a leer y prohibir la lectura. Enmascarar la realidad con mil falacias hasta ser ellos mismos –desprovistos a su vez de toda luz– la mentira.

Toda autocracia es oscurantista por definición y por eso el fascismo chavista –“fascismo rojo”, como gusta de llamarlo José Rafael Herrera– es devoto de la oscuridad. Lo que no pueda falsear, invertir o pervertir, lo oculta, como también ha “ocultado” cada vez más voces que se atreven a tantear o develar la verdad. Son capas y capas de mentiras para tapar el sol. Pero la realidad no aguanta tanto maquillaje. No se puede manipular indefinidamente la fe popular como praxis política.

La luz al final del túnel, como dice un pesimista Laureano Márquez, es la de un camión sin frenos que se nos viene encima. Pero no hay que reprocharle este rapto de pesimismo. Antes bien, el humorista advierte la urgencia de ser realistas. Carlos Blanco, por su parte, ha dicho que antes de una imponderable victoria electoral, primero es necesaria la derrota política de los autócratas. Llevado esto a la esfera del individuo, primero se rechaza internamente la infamia del usurpador, se le antepone la íntima convicción de que hay que desplazarlo como entidad perversa, no como el adversario que no es. El triunfo de la voluntad es una victoria individual. Las sumas vienen después.

Entre las luces de la razón y los fuegos de artificio de la impostura regente surge el imperativo: un individuo medianamente ilustrado, más o menos esclarecido, mentalmente lúcido, con algo o mucho de diáfano, sabe y debe entender que su dignidad está reñida con la estupidez y la maldad enquistadas en el poder. No va a ser hoy ni mañana, pero el primer paso para disipar la tiniebla es desconocerla. Inauguramos este siglo arrastrados en un viaje largo hacia la noche. El que quiera emprender el retorno deberá buscar su propia luz. Luego, tal vez, encuentre compañía en el camino.