• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

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Carlos González Nieto

Je suis Chávez

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Petró Poroshenko, presidente de Ucrania, fue uno de los cincuenta líderes mundiales que marcharon en París el domingo 11 de enero en solidaridad con el pueblo francés por los ataques yihadistas esa misma semana. Las calles de Francia reverberaron de gente y de pancartas que repetían, como un eco, “Je suis Charlie” (“Yo soy Charlie”), frase acuñada en honor a los doce asesinados el miércoles 7 en la sede del semanario Charlie Hebdo.

No había terminado de regresar a su país el jefe del Estado ucraniano cuando tuvo que enfrentar en casa algo similar: el martes 13, doce personas a bordo de un autobús murieron víctimas de la artillería de separatistas prorrusos en la localidad de Volnovaja. A pesar de las dudas sobre la verdadera autoría del atentado, el duelo convocó a una manifestación de solidaridad con las víctimas y entonces el 18 de enero, a una semana de París, Poroshenko volvió a marchar contra el terrorismo, esta vez por las calles de Kiev, entre un mar de gente y sus olas de pancartas evocadoras de Charlie: “Yo soy Volnovaja”.

Ese domingo de la marcha en Kiev, a 12.800 kilómetros de distancia, en el mismo Buenos Aires donde un día Borges comenzó a sentir “el horror de los espejos”, la muerte despachaba de este mundo al fiscal Alberto Nisman, quien llevaba 10 años investigando el mayor atentado terrorista en la historia argentina, obra de fundamentalistas islámicos en 1994. Al día siguiente los habitantes de la capital se volcaron por miles a las calles a exigir justicia por el “suicidio que no fue suicidio”, justicia esperada desde hace 20 años, portando la versión porteña de la pancarta de marras: “Yo soy Nisman”.

Seis días después, en algún lugar de las arenas de Iraq o de Siria, el diabolismo religioso de esa secta que en inglés repite en sus siglas el nombre de una antigua diosa del desierto, ISIS, decapitaba a Haruna Yukawa, uno de dos rehenes japoneses condenados en el logos de los psicópatas por el delito de existir. Un día después, el domingo 25, desde Tokio y por las redes virtuales se propagó el clamor solidario por Kenji Goto, el otro rehén: “Yo soy Kenji”.

En este borgiano laberinto especular que somos, no solo la palabra y la imagen se duplican como virus; también el terror. Pero primero –hemos dado en aceptar– fue la palabra, y el primer pronombre y el primer verbo son los que la humanidad entera emplea para proclamar su existencia y su identidad, para decir “yo soy”. O “yo no soy”; esto último en un acto de negación simple o, cosa mala, de autonegación. Es el caso, por un lado, de los que se apresuran a declarar en artículos de opinión, aquí y allá, “yo no soy Charlie” o “yo no soy Nisman”, marcando distancia, o bien, por otro lado, del anónimo planetario que, extraviado en un mundo de identidades vanas, prefiere ser otro.

Pero esas son enredaderas por las que trepan los sociólogos de cubículo. Si hubiera que explicarle a un extraterrestre qué significa ese coro unísono que proclama ser una sola y misma cosa, habría que hablarle de solidaridad. Eso y nada más: simbólicamente, yo me distancio de mí mismo, me disocio, para mimetizarme contigo, solidario, porque tu ultraje es el mío, tu muerte es la mía y demás etcéteras.

Y desde luego que no hay nada malo en ello, antes bien. En los anales modernos, tal vez el caso más notorio de esto que podríamos llamar “disociación filantrópica” sea el de J. F. Kennedy y su célebre “Ich bin ein Berliner” (“Soy berlinés”). Claro que hay matices: lo dijo en Berlín al calor de la Guerra Fría, en junio de 1963, cuando se cumplían 15 años de bloqueo a la mitad occidental de la ciudad; es decir que en esa frase había solidaridad con los berlineses, aunque la cosa trascendía para significar que ser berlinés era ser ciudadano del mundo libre, por oposición al fascismo socialista de quienes se hacían llamar República “Democrática” Alemana. Cinco meses después lo mataron en Dallas. El supuesto asesino de Kennedy era un gringo prosoviético.

Así la frase ha conocido variantes, desde “Todos somos estadounidenses” (en Francia con relación a las Torres Gemelas de Nueva York), o “Yo soy RCTV” (acá por estas calles), hasta la amplia gama de versiones recientes inspiradas por la matanza en la sede de Charlie Hebdo. A la luz de lo ocurrido, no queda duda de que, si los psicópatas homófobos de ISIS lanzaran un ataque contra Gay Magazine, las calles del mundo se llenarían de hombres, mujeres y niños enarbolando todos juntos la consabida pancarta: “Yo soy gay”. Al menos en Ámsterdam y en San Francisco.

Mas en todos estos casos la frase representa el rechazo a un crimen, la suma de voluntades a una causa justa o la solidaridad con las víctimas del terror. Lo que no denota un quicio ajustado es solidarizarse con los victimarios, sentir empatía con el terrorista, sea cual fuere su cuño, solo porque allá en el fondo, en el último substrato de la razón, se encuentre un punto en común. Aberran de la sindéresis esos seres que, exaltados por la religión en países reñidos con la libertad, adoptan frente a las cámaras la identidad de los terroristas de París: “¡Yo soy Kouachi!”, “¡Yo soy Coulibaly!”. El respeto a la vida, habrá que repetirlo, es un valor universal que pregonan todas las religiones. Y al fanatismo religioso hay que agregar, por supuesto, el integrismo de la política devenida en religión, en culto ciego a la personalidad de un líder hasta su cuasi deificación, como dejamos que ocurriera, gracias a una sobrecogedora inmadurez colectiva, con esa secta que es el chavismo.

Cuando aquel burguesito prusiano llamado Karl Marx espetó eso de que “la religión es el opio del pueblo”, una de sus frases con más valor de mercado, de seguro no imaginó que él mismo generaría una de estas seudorreligiones, con muchas sectas y adictos en todo el mundo que harían revoluciones en su nombre para exterminar a muchas decenas de millones de infieles. Todas han tenido el signo del integrismo mortuorio, y la secta chavista no ha sido la excepción, desde el culto a la muerte mil veces verbalizado en el lema del proceso, pasando por cohonestar a los matones que han disparado a inocentes en nombre del falso profeta de los llanos, hasta suscribir la debacle fundiéndose en su autor y proclamando “Yo soy Chávez”.

Los que en uno y otro rincón del planeta han manifestado contra el terror, transfiriendo a las víctimas o a los valores victimados la oración atributiva por excelencia, “yo soy”, tal vez no sepan que al hacerlo encarnan el ideal que se concretó en el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, el cual dio forma jurídica y puso en vigencia desde julio de 2002 la tipificación del “delito de lesa humanidad”. Este alude en su definición a todo aquel crimen que, por su naturaleza ominosa, ultraja a la humanidad entera.

En sentido opuesto, los que dicen “Yo soy Chávez”, tan lejos y tan cerca de aquellos obcecados que quieren ser Kouachi o Coulibaly, asumen además –sabiéndolo o ignorándolo, qué más da– las varias demandas que se le interpusieron a su amado líder, su gigante eterno, ante la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad y que solo la muerte lo libró de encarar. Y al decir “Yo soy Chávez” va de suyo su admiración y amistad con los terroristas de las FARC, del ELN, de Hezbollah, de Hamas y, desde luego, con aquel entrañable “compañero de lucha” venezolano que apodaron “el Chacal” y que décadas atrás hizo también de París, como los yihadistas de este 2015, escenario de sus odios.

***

Al César lo que es del César: el único que en su momento se abstuvo de corear la consigna “Yo soy Chávez”, promovida por el ego del mismísimo difunto –o por los Goebbels del régimen en vísperas del zarpazo del 10 de enero de 2013, da lo mismo–, fue el señor que hoy funge de presidente de Venezuela y que tiene además el honor de ser el sumo oficiante del credo chavista. El 10 de marzo de 2013 el susodicho asistió a un sagrado aquelarre comunista (la XII Conferencia Nacional del PCV) y allí soltó, honrando esa obsesión filiatoria tan típica de la telenovela latinoamericana: “Yo no soy Chávez… ¡Yo soy hijo de Chávez!”. Como yo no puedo ver a este señor con audio por prescripción médica (me quedo sin plaquetas de un tiro), no sé con qué tono lo dijo. Mejor dicho, no sé con qué tono mintió: cinco meses después, a propósito del “Todos somos Mardo” de la oposición en solidaridad con el defenestrado congresista, el hombre se desdijo: “Yo soy Chávez, yo soy Bolívar, yo soy pueblo…”. Entre ser y no ser se nos va la locura.