• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

Al instante

In extremis

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Dice Enrique Barrera en su libro ¡Viva la vida! que el camino a la madurez empieza por tomar conciencia de la realidad. Nunca maduraremos mientras insistamos en transitar por la vida a la ligera, sin hacer el intento siquiera de entender un poco qué es lo que nos rodea. Si no logramos cultivar y disfrutar el bien, por lo menos sepamos identificar el mal y rechazarlo sin titubeos.

A estas alturas de una guerra declarada desde la psicopatía del poder, no tendría por qué quedar la menor duda sobre la naturaleza criminal del chavismo. Es algo que va de suyo. La perversidad es su virtud madre y de ello ha dejado constancia profusa, prolija, meticulosa en cada uno de sus 6.000 días oficiales de furia y demencia. Y sin embargo.

Decía el hereje fundador de la secta en sus tiempos de exaltación de la muerte: “El que tenga ojos, que vea”. Digna de elogio tanta sinceridad: “No oculto nada. He venido a pulverizarlos”. Malaventurado el que se esclaviza a la insania a cambio de unas horas extras de supervivencia. Pero pobres también de los que huyen de la realidad y optan por el espejismo, por la falsa seguridad de los subterfugios. A estos hay que decirles: “El que tenga ojos y, pudiendo ver, no quiera ver, verá igual”.

La realidad se impone por la fuerza, aunque el hombre o los pueblos negados a verla nunca la asimilen. La bestia no necesita camuflajes: o miente sin caretas o bien se da el lujo de anunciar por todo lo alto sus próximos horrores. Da lo mismo: la víctima habitual, cautiva, reincide. No ha madurado aún lo suficiente para entender que se inscribió en la carrera equivocada y por ello jamás triunfará con las antirreglas del antijuego.

No le vamos a pedir a una cierta dirigencia opositora que haga de David cuando más bien padece de complejo de Mandela. Ciertamente no estamos para héroes, pero sí debemos exigirle que, a cambio de aceptar su proselitismo, tenga la decencia o, mejor, la valentía de confesarnos que no sabe cómo contrarrestar el poder de los bellacos hecho trampa. Y por supuesto que no es el elector el que deba dar con la respuesta, que ya bastante hace con peregrinar a las urnas.

Si al menos nos dijeran que tienen un “plan B”, aunque no lo revelen. Pero nada. Un abogado sacado del sombrero de la dictadura busca anular la tarjeta única alegando que la MUD no es un partido. Sin duda lo logrará. Esto lo han advertido columnistas opositores. Mientras tanto, la dirigencia discute si va o no va la bendita tarjeta, incapaz de prever lo que tantos ya ven: el electorado de la oposición podría terminar pulsando una tarjeta inválida. La pregunta es obligada: ¿tienen una o varias alternativas? Bastaría con decir que sí, pero la mesa es muda para esas cosas.

¿Es la realidad la que se les escurre entre las palabras o son ellos los que la esquivan? Los pueblos inmaduros le tememos a la verdad; preferimos que nos doren la píldora y cada tanto nos renueven la ilusión. Denostamos la falsedad oficial pero estamos siempre prestos al autoengaño, a las mentiras que nos inventamos para no marearnos mucho al borde del abismo. Frente a una escena fragmentada en mil pedazos, convertidos como estamos en un ejemplo perfecto de sociedad indeseable –“distópica” para los exquisitos–, gran parte de la dirigencia opositora insiste en una misma, desfasada narrativa.

A ello contribuye, además, un elenco notable de especialistas en ciencias inexactas, cada cual con su pócima, su verdad parcial. La barbarie regente acelera entretanto sus embestidas y presiona por todos los rincones sociales, como buenos criminales precavidos, para empujarnos al límite y forzar in extremis el más humillante de los chantajes: devolver el país a cambio de impunidad.

Comprometerlo todo y llevarnos al extremo incluía, no faltaba más, la vieja receta del nacionalismo y la integridad territorial, al estilo Galtieri. Solo que, si ya resulta repulsivo que los mayores traidores a la patria de nuestra historia apelen ahora a esta retórica tan hipócrita, debemos agregarle encima un inquietante mensaje gubernamental. La Oficina para el Rescate del Esequibo anunció el pasado 10 de julio que la estrategia con los guyaneses va a consistir en “acercarse, conocerlos, enamorarlos y penetrarlos”. Madre mía, eso es lo que algunos sociólogos llaman “métodos alternativos para la resolución de conflictos”, aunque no faltarán los apátridas insensibles que ya se deben estar burlando de nuestra diplomacia erótica. Tal vez por eso es que se leyó en las pantallas de VTV esa consigna que aupaba el rescate de la “Guayaba Esequiba”. No fue un gazapo: fue un guayabo subliminal.