• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

Al instante

Con la Iglesia hemos chocado

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El Papa habló de diálogo y todos dijeron “amén”. Según esa fórmula tan manida que aplauden tirios y troyanos –unos interesados como nunca en salvar su pellejo y otros entrampados en su propia candidez–, Francisco en su plegaria por Venezuela exhortó a que todos dialoguemos por la paz. Bergoglio aspira a que el mensaje de amor de Jesús se proyecte sobre el sufrido pueblo venezolano y también, de paso, “sobre los que tienen en sus manos el destino del país, para que se trabaje en pos del bien común, buscando formas de diálogo y colaboración entre todos”. Suena bien y coherente con el deber ser de todo jefe de la Santa Sede, pero ese mensaje hace cortocircuitos con la realidad y suscita objeciones semánticas.

No basta con el ascendiente de un personaje, con su auctoritas, para que un rosario de palabras hermosas y bien intencionadas pueda convalidarse. Las realidades imponen por sí solas sus propios signos y las palabras denotan la conexión o el desfase del hablante con sus referentes. A diferencia del Dios que representa (hemos dado en aceptar), este pontífice no puede estar en todas partes, por mucha habilidad que haya demostrado con los recursos de la información y la comunicación para sus fulguraciones mediáticas. Entre la imposibilidad de ser omnímodo y la subjetividad de sus asesores e informantes, su lectura de los eventos nacionales peca de superficialidad, aunque digan que no hay que equivocarse con los curas como Francisco, expertos en segundas intenciones (la segunda intención de hacer el bien, por ejemplo, aunque ello implique tomar el té o el mate “dialogando” con el diablo).

Empeñado como está en fortalecer el poder político del Estado vaticano, en un momento histórico en que el rating del catolicismo ha ido mermando ante el avance de otras religiones, y luego de ese hit diplomático que fue su intermediación entre Cuba y Estados Unidos, Venezuela pareciera estar –de hecho está, anunciado Urbi et orbi– como plato de peso en su menú oficial. No pocos creen que el tema Venezuela es un punto inseparable de la agenda de negociaciones entre Washington y La Habana. Siendo como somos un Estado mafioso, narcotraficante, lavadores de dinero sucio y aliados de terroristas internacionales, entre otras barbaridades, y con toda la información privilegiada que maneja el G2 sobre nuestros malandros más prominentes, el Tío Sam no debe de ver en Cuba solo un paraíso para la expansión del gran capital, sino un aliado para acabar con la amenaza –claro que sí, amenaza– que representamos gracias a este gobierno de criminales.

La apertura democrática en el infierno castrista no ocurrirá mientras no se extirpe la estirpe comunista. Por ahora lo que cuenta es el dinero gringo que oxigene a esa vetusta nomenclatura de asesinos a cambio de lo que estos puedan darle no al pueblo cubano en bienestar, sino a Washington en términos de información y acción directa para desmontar este Estado paria y de altísima peligrosidad hemisférica en que nos convirtió el chavismo. La mediación del papa y sus visitas a la isla las despacha lapidariamente un internauta cubano: “En Cuba una visita del papa tiene el mismo significado que tendría en una perrera. Mejor sería para los cubanos que llegaran las papas; lo agradecerían más”.

Sin embargo, parece evidente que en el Vaticano sí lo deben de considerar un gran éxito y por eso tal vez es que Francisco nos pide diálogo, porque él ya ha departido con el demonio y, si el mismísimo papa lo hace, por qué no lo harían unos ciudadanos de segunda en un país de cuarta como nosotros. El problema siguen siendo las palabras: “diálogo”, “colaboración”, “reconciliación”, entre otras de esa misma familia, bellas en su esencia pero que chocan en un contexto que las ha desfigurado con insania y que no se restablecen con actores que representan su antítesis.

Parte de los cortocircuitos semánticos surgen de seguirle las trazas al discurso de Bergoglio. Este hombre con poder literal para pontificar dijo en México: “Con el demonio no se dialoga, no se puede dialogar, porque nos va a ganar siempre”. Lo dijo con santa cachaza después de que el mundo vio lo que vio en aquel su primer viaje a Cuba, al cabo de año y medio de diálogos con el mal, o sea con los Castro: nomás pisar el infierno cubano en visita pastoral –in bocca al lupo– y darle la salutación de rigor al diablo Raúl, le pidió a este que por favor le hiciera llegar al demonio mayor, Fidel, su más cordial saludo y le anunciara su inminente visita, como en efecto ocurrió, con intercambio de regalos en un ameno tête-à-tête.

En este punto hay que recordarle a Francisco sus propias palabras: “Con el demonio no se dialoga”, y cabe esperar que cualquier cura dialéctico devuelva algo así como “nadie ha dicho que Castro sea un demonio”, con lo que queda servido el ping-pong. Si un sujeto como Fidel, “que no ha cesado un instante de su larga vida en tramar daños para sus semejantes”, según lo define con precisión Carlos Raúl Hernández y de lo cual Cuba entera es la evidencia, no es agente del mal, entonces la Iglesia bien podría redefinir sus paradigmas sobre la maldad.

Cosa que, desde luego, no hace falta, porque el mal y sus agentes siguen siendo los mismos de toda la vida, el mismo demonio con el que no se dialoga. ¿Por qué entonces la insistencia en hablar de “diálogo” en Venezuela? ¿Qué es el diálogo si no la plática o discusión en busca de avenencia, y qué es la avenencia si no conformidad y unión? ¿Y de cuándo acá, bajo cuál lógica, existe “desavenencia”, “disconformidad” o “desunión” entre un pueblo ultrajado y los delincuentes pervertidos que lo victiman desde el poder? Los crímenes de lesa humanidad de la dictadura chavista solo denotan eso: criminalidad. Pedirle a la oposición que dialogue en busca de consensos con estos criminales es una afrenta, máxime cuando esta oposición ha recibido un mandato popular mayoritario de rechazo al crimen empoderado, ese que ha robado centenares de miles de millones a un pueblo hambreado y exhibe su botín impunemente, encarnando lo que el mismo papa Francisco calificó de pecado mortal: la corrupción.

No se “dialoga” con un gobierno que desatiende con saña la salud pública, que permite la muerte en masa de enfermos a los que niega insumos y medicamentos y que al mismo tiempo rechaza todo intento de ayuda humanitaria. La Iglesia católica venezolana le hace el coro al sumo pontífice –obvio– y reitera su deseo de mediar entre las partes, pero el asunto es que no hay partes en conflicto: solo un sector que detenta el poder para exterminar al resto y con el que, precisamente por eso, por detentar el poder, nada más, haya tal vez que “negociar”, sobre la base de la justicia transicional, pero nunca “dialogar”.

Si los prelados quieren diálogo, adelante: busquen a los diablos desatados del chavismo y dialoguen con ellos. ¿Qué les dirían? ¿“Hijo mío, no seas tan rata y arrepiéntete”? ¿“La misericordia del Señor se supone es infinita, pero con unas lacras como ustedes habrá que revisar esa cláusula”? En fin, que lo hagan a su manera, motu proprio, y que pierdan el tiempo con esta sarta de “ladrones de cuello rojo, criminales de alta potencia, narcotraficantes confesos, tanto en el sector civil como militar” (Nelson Bocaranda dixit) hasta convencerse de que cierta clase de canallas no tienen segundas oportunidades y que una sociedad laica devastada, que eso somos, está obligada a hacer justicia para poder empezar a edificar una cultura de paz. 

Antes de buscar consensos imposibles entre antónimos irreconciliables, sería mejor buscar acuerdos verbales, discursivos, escoger bien las palabras que definan nuestra ruta: con los secuestradores de un país no se “dialoga” ni mucho menos se “colabora” en pos del “bien común”. En todo caso se negocia, solo eso y por ahora.