• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

Al instante

Historia de mentira

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George Orwell salió con varios terrores de su pasantía por la Guerra Civil española. El escritor vio en España por primera vez noticias en la prensa que no tenían nada que ver con la verdad de los hechos: “Vi que la historia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino desde el punto de vista de lo que tenía que haber ocurrido según las distintas ‘líneas del partido”. Estas cosas le parecían aterradoras porque a fin de cuentas era muy probable que esas mentiras, u otras equivalentes, pasaran a la historia. Orwell se angustiaba: “Es evidente que se escribirá una historia, la que sea, y cuando hayan muerto los que recuerden la guerra, se aceptará universalmente. Así que, a todos los efectos prácticos, la mentira se habrá convertido en verdad”.

Aunque al parecer no la escribió tal cual, la famosa frase que reza “la historia la escriben los vencedores” se le atribuye a veces al autor inglés, a quien le atormentaba que esos vencedores fueran en sí mismos una impostura y aquella una historia de mentiras: “El objetivo tácito de esa argumentación es un mundo de pesadilla en el que el jefe, o la camarilla gobernante, controla no solo el futuro sino también el pasado. Si el jefe dice de tal o cual acontecimiento que no ha sucedido, pues no ha sucedido; si dice que dos y dos son cinco, dos y dos serán cinco”. Orwell sabía lo que decía porque había conocido el fascismo sin intermediarios.

Que los totalitarismos ejerzan esa praxis deformadora de la realidad, invirtiendo los términos para falsear la historia, es coherente: no hay autocracia ni malandrocracia que pueda existir sin ello. Es consustancial a la naturaleza demoníaca del fascismo, cualquiera que sea su color. Lo que acaso George Orwell no previó es que en algún momento las víctimas del fascismo, sus opositores naturales, llegaran a hacerse eco de sus mentiras y las sustentaran. Ver a adversarios del régimen arredilándose, espontáneos, en la granja de las falacias del Big Brother, es mucho más que pesadillesco.

Antes de preocuparnos por quién y cómo escribirá la historia de esta tragedia inenarrable que ha sido el chavismo, nos debe bastar como preocupación la ceguera histórica y diagnóstica de los actores políticos del presente que, “más temprano que tarde”, vencerán la barbarie de los milicos rojos y tendrán la durísima tarea de regir la refundación del país. Es decir, serán auténticos redactores de la historia, que ya historiadores y analistas han ido dejando una gran obra escrita sobre nuestra debacle, siguiéndole el pulso en vivo y directo.

Porque a un Oscar Arias, por ejemplo, se le puede pasar más o menos cuando dice en su “Carta a Venezuela” que el Gigante Galáctico tenía “buenas intenciones” y que luego se extravió en el camino. Cuesta leer esas cosas a estas alturas, pero a este señor se le tolera porque es muy bonachón y, sobre todo, Premio Nobel. Cosa distinta, orwellianamente intolerable, es escuchar concesiones historiográficas –¿deslices, torpezas, absurdos?– hacia el mayor traidor de la patria en boca de quienes se supone están llamados a erradicar la malignidad de su legado.

Henrique Capriles Radonski fue el primero en agraviarnos –a nosotros, sus electores– cuando empezó a reivindicar al Traidor Eterno. “Nicolás en 100 días acabó con los 14 años del presidente Chávez”, “Una cosa era Chávez y otra ese que está ahí”, “Chávez tuvo 80% de apoyo, hoy tienen 70% de rechazo”, entre otras, son frases que no generan ninguna duda sobre el desfase narrativo de este líder opositor. En el planeta donde él vive, o donde lo ponen a vivir sus asesores políticos, tal parece que las cosas eran mejores antes de la actual legislatura, que no existe concatenación histórica, que no hay causas sin consecuencias lógicas. Digna encarnación de una de nuestras peores taras: la memoria gaseosa.

Ojalá fuera el único, pero no. El pasado 8 de septiembre Freddy Guevara se estrenó en esos mismos desvaríos. Dijo el joven dirigente en referencia a los herederos del Megadifunto: “Destruyeron el legado que construyó Chávez en su momento”. Como era de esperarse, fue siquitrillado en las redes sociales por un coro de estupefacción: ¿de qué demonios habla? ¿Cómo se puede “destruir” un legado de ruina? Dos días después, Guevara denunciaba el ataque salvaje del que fueron víctimas los seguidores de Leopoldo López, a las afueras del patíbulo judiciario donde sentenciaron a este último, por parte de brigadas de maleantes pagados por la dictadura que causaron la muerte de un opositor. ¿Algo nuevo bajo el sol?

¿Cuántas veces habrá que recordarles a todos los Guevaras y Capriles de la oposición que ese, precisamente, es el “legado”? Parece que fue ayer cuando una marcha opositora encabezada por López, que se dirigía al CNE a entregar las firmas requeridas para el referendo revocatorio de 2004, fue emboscada por colectivos de facinerosos que en aquella época se llamaban círculos bolivarianos y eran financiados por la Presidencia. Ni siquiera vale la pena preguntarles a líderes como estos si de verdad creen que las cosas han empeorado o si es que no se han enterado de que los cadáveres se pudren.

Porque las cosas no han cambiado: solo han seguido el patrón establecido por la banda de langostas que se hizo del poder. Nadie en su sano juicio, con un mínimo de ponderación, puede achacarle solo a la actual administración la devastación de la economía, de la salud, de la educación, de las libertades y derechos constitucionales, de la soberanía nacional y paremos de contar. Cuando el 10 de enero de 2013 el TSJ del régimen dictaminó, con su fraudulencia habitual, que había “continuidad administrativa” entre el dictador que agonizaba en La Habana y su delfín fronterizo, solo refrendaba la continuidad delictiva del chavismo.

Ahora que esta secta acaba de perpetrar su cuarto crimen contra Leopoldo López desde 2008, y de paso contra otros tres ciudadanos, condenados todos sin pruebas por delitos que no cometieron, tampoco es menester, como lo señaló Pedro Burelli, detenerse en las aberraciones jurídicas de un acto que ni siquiera fue un juicio sino más bien una ejecución sumaria. Sumariamente malandra. Urge más que nunca entender y digerir, de una vez por todas y para siempre, la naturaleza criminal de quienes, como bien lo dijo Felipe González a propósito del “juicio” a López y el entierro definitivo del Estado de Derecho, “le declararon la guerra a toda Venezuela”. Una guerra que comenzó, con el perdón del ex presidente español, hace más de 20 años en conspiraciones de cuartel.

Hay palabras y conceptos que ciertos líderes no tendrían por qué afirmar, so riesgo de hipotecar su capital político. Nada que reivindique la figura y el legado de muerte del peor traidor de nuestra historia debería tener cabida en el discurso de quienes pretenden representar lo opuesto a la infamia de ese “arañero” que odió tanto a su propio país. Ya es suficiente con la secta que le rinde culto y que a fuerza de mentiras busca elevarlo, desde la patanería, la cobardía, el desprecio por la razón y la ignorancia que lo distinguieron, hasta el más falso de los heroísmos. No en balde Elías Pino Iturrieta advirtió en abril de este año, en su celo de historiador, que “no podemos mirar con indiferencia el culto a Chávez”. Aquel justificado horror de George Orwell ante la posibilidad de que la mentira oficial desplazara a la verdad histórica no puede materializarse con la colaboración suicida de quienes debemos encararla.

En este tiempo menguado la historia oficial escupe con sus hienas torrentes de mentiras, que repetidas mil veces calan cual verdad en los incautos y ya están en los libros escolares. Si estos nuevos crímenes de la dictadura sirven en efecto para fortalecer la unidad de todas las fuerzas antifascistas, podría ser el momento también de restablecer significantes y significados. Frente a esta historia de mentira, evoquemos a otro británico, Oscar Wilde: “El único deber que tenemos con la historia es reescribirla”.