• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

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“Chávez vive”

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En vallas, pendones y afiches se muestra el rostro del caudillo muerto, abajo su nombre o cualquiera de las advocaciones con que lo invoca su secta y a un lado, entre paréntesis, la clásica inscripción que expresa en años el nacimiento y la muerte de alguien. Solo que aquí esta fórmula, por obra de los publicistas del régimen, adquiere una dimensión patafísica: “(1954 - por siempre)”. El año en que se supone falleció el difunto es suplantado por la locución adverbial de la inclemencia. Así la creencia de que el susodicho yace sepulto en la cumbre de un cerro da paso al prospecto de mito fabricado por la propaganda.

Sobre esta extendida maña de atribuir a las personas descollantes una existencia de nunca acabar, Leopoldo Alas “Clarín” dijo una vez: “Esa figurilla de que los hombres eminentes no mueren debiera recogerse porque es no solo cursi, sino falsa como ella sola”. Y valga de paso aclarar el alcance de ser eminente, que no es más que sobresalir, descollar, elevarse entre los demás y si es posible aventajarlos. De modo que, por ejemplo, no debe observarse discordancia ni malicia ni ironía en grupos de palabras por el estilo de “eminente sátrapa” o “crápula eminentísimo”. En rigor tienen justeza semántica, como la entendía Manuel Caballero en referencia al gigante: “Nunca en la historia de Venezuela un patán semejante se había elevado tan alto”.

Claro que todo el mundo, o casi, entiende el simbolismo de no morir muriendo, que si la trascendencia, que si el legado imperecedero y demás recurrencias, pero, por extraña razón o por simple uso, tales privilegios suelen reservarse solo a hombres luminosos, magnánimos, heroicos, benefactores, como si no estuviera la historia de la humanidad surcada también por la abyección más trascendental, por la perversidad tan sempiterna como el bien. Son igual de imborrables –Perogrullo mediante– los triunfos de la razón que las barbaries y por ello “viven” ángeles y demonios después del final, a través de sus bondades o sus atrocidades. O sus ideas, claro está.

Pareciera obvio, mas hubo un ser archifamoso, uno de esos eminentes psicópatas “inmortales”, que tuvo la necesidad de explicitarlo para que la cosa trascendiera como una de sus frases célebres: “¡Podrán morir las personas, pero jamás sus ideas!”. Recórcholis. Su autor: Ernesto Guevara, más conocido en el “hondo bajo fondo donde el barro se subleva” –palabra de tango– simplemente como el “Che”, un ser que en efecto vivió sublevado contra la vida.

El adagio del guerrillero es tan facilón que no se le encuentra registrado a ningún gran pensador, pero él fue distinto. El Che era médico especialista en asesinar gente y hablaba bonito, más que suficiente para ser el ideólogo de una revolución criminal como la cubana. Todo un matón en serie a la altura de su propio ideario de odio: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. Justamente, “La máquina de matar” es el título del ensayo en el que Álvaro Vargas Llosa desmitifica como pocos a este ángel caído. Un ángel exterminador que le escribía a su mamá sobre lo divertido de las bombas, o a su mujer sobre su sed de sangre, y que a un tiempo declamaba: “El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”.

La psicopatología sabe bien los riesgos que conlleva en una persona la tensión amor-odio no resuelta, sobre todo cuando esa persona es un líder que literalmente arrastra multitudes. O uno que las hereda para seguirlas torturando. El gigante de nuestro tormento hizo de esa dicotomía un ritual y es parte de su legado: no he terminado de imprecar hasta tu sombra cuando ya te estoy recordando lo amoroso y pacífico que soy. Cual Che Guevara, pues, supremo ideólogo del castro-chavismo y al que, desde luego, le asiste la razón en la obviedad: las ideas no mueren. Nada que ver con el muy criticado Fukuyama y su ilusoria sentencia sobre el fin de las guerras ideológicas, incapaz de prever cuánta vida no les quedaba a los fascismos revolucionarios y otros fundamentalismos.

En esa onda del Che y la no caducidad de las ideas se ubica “Chávez vive, la lucha sigue”, eslogan incubado por cínicos farsantes para el consumo de una feligresía hecha de pobres de espíritu. Pero es más que un lema sectario. Todo aquel que abomine del fascismo chavista debería tomárselo al pie de la letra, porque la barbarie de nuestro Atila siguió sin duda viva y graznando más allá de los golpes a la Constitución fraguados por su patota de causahabientes hace dos años, cuando aquel se supone agonizaba en el mar de la felicidad. Y ya sabemos que no ha cesado después de sus exequias.

Habrá que reiterarlo: la muerte de un déspota no significa nada si con él no muere también su satrapía. Pero es demasiada la gente que insiste en aplicar a la política y a la historia aquello de “muerto el perro se acabó la rabia”, como si no sobraran rabiosos en las filas del chavismo, como si el fundador de la secta no hubiera inoculado suficiente inquina en sus jaurías de resentidos sin vuelta. Por ello también resulta difícil comprender por qué tanta gente se empeña en hacer distinciones entre el padre y el hijo, siendo como son, junto a sus abuelos antillanos, componentes inseparables de una sola, trágica ecuación.

Que no quede duda: todo el horror que condensó el finado y que hizo de sí mismo sinónimo de infamia sigue vivo. Lo que el TSJ del régimen dictaminó en su momento como “continuidad administrativa” entre los dos dictadores, el Sénior y el Júnior, no era otra cosa que continuidad delictiva, ratificada luego por el CNE del partido en unas turbias elecciones inauditables. Los mares de tinta que han corrido para inventariar la magnitud de la catástrofe –legado del comandante golpista idolatrado por turbas suicidas– y tratar de definir qué fue lo que hicieron el gigante y sus huestes, o cuál era su plan, se podrían sintetizar quizás en las dos palabras que titulan el libro Estado delincuente, de Marcos Tarre y Carlos Tablante, con todo y lo difícil que es hablar de “Estado” frente a esta desintegración de las instituciones y semejante atomización social. Las palabras no alcanzan para la debacle, pero habrá que seguir trajinándolas.

“Chávez vive, la lucha sigue” es otro grito de guerra de las mafias que perpetúan un legado de traición y ruina y cuya única lucha es hacer lo indecible para seguir controlando el poder. Del otro lado no queda más que entenderlo tal cual pero en sentido contrario: la lucha para erradicar la peste chavista debe seguir. No con el mismo odio que inflama y disloca a los perturbados como un Ernesto Guevara, pero sí buscando la dignidad impostergable.