• Caracas (Venezuela)

Carlos González Nieto

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Anómicos anónimos

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Ha sido una de las palabras más recurrentes para definir nuestro caos: “anomia”. A grandes rasgos es la pérdida o degradación de las normas sociales, el relajamiento de toda pauta de convivencia civilizada hasta la virtual desaparición de la ley. Ante la alteración continua o mera violación de las reglas, se produce un desajuste que confunde el orden racional de las cosas, el funcionamiento esperado de la institucionalidad, la lógica existencial de la sociedad misma. En el caso del individuo, extraviado en un paisaje que desdibuja sus propios referentes, el desarreglo, según los expertos en esas honduras, conduce a veces al suicidio, aunque lo más frecuente es que el sujeto se desvíe a su vez de la legalidad porque ya los patrones normativos se han derrumbado y las continencias personales también colapsan.

El concepto de anomia fue introducido a finales del siglo XIX en la sociología y de allí saltó al léxico del vulgo, muy útil para decir, por ejemplo, con toda propiedad que nos hemos convertido en un Estado anómico. Lo que no pudieron prever ni han sabido explicar los sociólogos, tan duchos en detectar lo que ya está deshecho en un cuerpo social o lo que eventualmente lleva a una persona a suicidarse en un tanatocomio como el nuestro, es por qué un buen día la que decide suicidarse es la sociedad. “El suicidio de una nación”, escrito con demoledora premonición por Vargas Llosa en 1999, un siglo después de aquella primera anomia teórica, sigue siendo un desafío conceptual.

Pero para los ñángaras es otra cosa. En su jerga la anomia es uno de los vocablos consentidos para arremeter contra el capitalismo y la democracia; en su lógica no hay cabida para anomias revolucionarias, por más que los aplaste la evidencia. La palabrita les entró por las venas durante sus ritos iniciáticos de ideologización y se les anquilosó en su etimología primaria porque para ellos no existe eso que llaman “dinamismo”, ni en la historia ni mucho menos en la lengua. La única anomia de los resentidos es aquella que habla de la incapacidad de una sociedad de garantizar los medios para que todos sus miembros alcancen las metas que esa misma sociedad valora como ideales, contra lo cual el delincuente no delinque sino que se rebela y etcétera.

Así, cuando las voces serias que nos quedan alertan sobre nuestro desmoronamiento por causa de la ruina estructural aupada desde el poder del Estado, la respuesta de la nomenklatura, como ironizaba hace un año Trino Márquez en “Un país anómico y militarizado”, es que ellos “apenas tienen dieciséis años gobernando y que necesitan unos trescientos más para solucionar los graves problemas que fueron acumulándose desde la llegada de Colón”. Son muchos siglos de “anomia” que la farsa revolucionaria debe corregir.

Y pocos como Carlos Raúl Hernández para punzar con estilo, en “La muerte como teoría”, la llaga de la nunca peor llamada “revolución”: “Mientras logran la ‘hegemonía’ convierten la violación de las leyes, el delito, en un modelo de imitación social, porque la democracia está podrida por la ‘anomia’. Esa es la ‘moral revolucionaria’, la amoralidad máxima, porque juzga las acciones humanas, buenas o malas, no en sí mismas sino en referencia a ‘los intereses de la revolución’, la voluntad del grupo del poder y el caudillo, demiurgo del encono”.

No es de extrañar, pues, que ante este trance de desintegración, con un Estado que se autodisgrega porque delinque y concede cuotas de poder entre bandas que abarcan todos los rubros del crimen, los primeros “anómicos” de la historia oficial sean los medios de comunicación. Así de infeliz es la calificación que les ha dado un par de veces la mujer esa que pusieron ahí a dirigir la Cancillería. Frente al diagnóstico de anomia social por parte de gente sinceramente angustiada, la respuesta del lumpen empoderado es embestir a la “contra mediática”, a sus “medios anómicos”. Clásica neurosis proyectiva: el golpista fascista terrorista tilda de “golpista fascista terrorista” a su adversario.

Ya en este punto debemos recalar en otra anomia que nos azota con la misma persistencia; no la sociológica sino la médica, ese trastorno del lenguaje que impide llamar las cosas por su nombre. Esta anomia, signo típico del alzhéimer, también pareciera sintomática en los pueblos que, si no buscan su suicidio como nación, igual se empeñan en matar su memoria. Y hay otro término, otra degeneración que nos calza mucho mejor en estos tiempos de insania: “demencia semántica”.

Poco importa precisar si la anomia social arrastra al lenguaje o si es la locura semántica la que trastoca el marco de códigos y referentes sociales. El orden de los factores no altera la debacle. Ahora bien, que el horror oficialista pervierta la realidad, que invierta los valores para que lo malo sea bueno y lo feo sea bello (víctima igual a victimario; pobreza igual a riqueza; justicia igual a injusticia) es lo más coherente del mundo; concuerda con el deber ser de un buen fascismo. Con todo y lo infame, más terrible es que se nos olvide al resto –por anomia verbal o demencia semántica o como queramos llamarlo– contraponerle a esa infamia el signo de la verdad.

Al paso que vamos, no solo olvidaremos el significado real de las cosas: las palabras mismas no significarán nada. “Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas…”, conocemos el pasaje, pero la última vaca a la que le colgamos el letrerito que dice “dictadura” es aquella en la que un dictador se fue volando. Y con él, por lo visto, la definición. Si no es Macondo, tal vez lleguemos a encarnar Babel. Una variante, en todo caso: monolingüe, todos hablando el mismo idioma pero significando con las mismas palabras conceptos distintos. Sumidos en la anomia, sin saber ya de cuál anomia hablamos, seríamos un territorio de anómicos anónimos: disgregados, sin estructura, sin normas ni parámetros ni contenidos. Sin significado.

 

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Los pintores clásicos representaron la mítica torre de Babel como una pirámide helicoidal. Inconclusa, claro está, como Dios manda. Un helicoide inacabado, como la vieja estructura caraqueña, proyecto de una dictadura que terminó como cárcel política de otra dictadura y es símbolo constante de nuestra incompletud. Sin embargo, igual que con el relato bíblico, siempre tendremos la posibilidad de reaprender hasta hallar claridad en la confusión. Reivindicar la palabra justa, el verdadero idioma que nos conecte con la razón y erradique la impostura.