• Caracas (Venezuela)

Carlos García Soto

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Carlos García Soto

300 años de enseñanza del Derecho en Venezuela

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Para 1715 no había comenzado la enseñanza del Derecho en Venezuela. Ante esa situación, el obispo fray Francisco del Rincón le pidió a Antonio Álvarez de Abreu que se encargara de dictar un curso sobre “Instituta de Leyes”, que se trataba de un curso de Derecho Civil, en el colegio-seminario de Santa Rosa. Antonio Álvarez de Abreu fue un notable jurista venido de España, y que prestaría en Venezuela importantes servicios a la Corona española.

De esa manera comenzó la enseñanza del Derecho en Venezuela, acontecimiento del cual se cumplen 300 años el año entrante.

Mucho ha sucedido desde entonces. Desde antes de esa fecha y hasta 1811 en el país se aplicaba el régimen jurídico de lo que luego se ha llamado como Derecho Indiano. La promulgación de la Constitución de 1811, como efecto de la Declaración de Independencia, sin duda, abriría un nuevo camino para la formación del Estado venezolano y de su Derecho.

Ese siglo XIX estaría marcado por la convulsionada vida política del país, lo cual se reflejaría en las constantes modificaciones a la Constitución, algunas veces, para ajustar esa norma fundamental a las necesidades de quien encabezaba el Gobierno. En la última parte de ese siglo se dictarán importantes códigos y leyes para la vida republicana.

El siglo XX, por su parte, daría lugar a que se dictara la legislación sobre los más variados aspectos de la vida del país. El Derecho Administrativo, por ejemplo, vería surgir multitud de leyes administrativas para ordenar la vida de un país que se había encontrado con una enorme riqueza en su subsuelo, lo cual cambiaría por completo los modos de vida de la Nación. La democracia, por su parte, daría ocasión para que se mejoraran tales normas, y para que hubiera lugar a la construcción de toda una doctrina científica sobre el Derecho y de una jurisprudencia dictada por los tribunales, en muchos casos de primer orden. Así se dio lugar la monumental obra de autores como Allan R. Brewer-Carías, Luis Loreto, Arístides Rengel Romberg, José Mélich Orsini, Alberto Arteaga, Alfredo Morles Hernández, Tomás Polanco Alcántara o Roberto Goldschmidt, por sólo nombrar a algunos más o menos cercanos. Por su parte, la jurisprudencia de la Corte Federal y de Casación y luego de la Corte Suprema de Justicia, daría la orientación necesaria para interpretar todo ese ordenamiento jurídico que se iba conformando.

En paralelo, el crecimiento de las Facultades de Derecho en todo el país, que han permitido a muchos acceder a la profesión, delicada y apasionante, del ejercicio del Derecho. Ejercicio de profesión que, como todas, exige cierta pericia y responsabilidad en quien a ella se dedica.

A pesar de las circunstancias, el Derecho debe ser una razón para la esperanza, específicamente, para la esperanza en la reconstrucción de los valores republicanos.

De esa manera, el cuestionamiento sobre la utilidad de que los alumnos estudien el Derecho y que sus profesores lo enseñen encuentra su sentido. Y su sentido es que, precisamente, dadas las circunstancias, hay que promover el estudio del Derecho y fomentar la importancia del respeto hacia sus principios y reglas de conducta. El tercer centenario del inicio de su enseñanza en el país es un motivo para recalcar esa importancia. En la Universidad Monteávila se organizarán distintas actividades en los próximos meses para recordar ese centenario, como un modo de contribuir a la esperanza en el Derecho como un instrumento para la paz ciudadana y la prosperidad del país.

Asdrúbal Baptista cierra un importante ensayo sobre “El futuro como origen de la historia” (Venezuela siglo XX: visiones y testimonios, tomo 3) con unas palabras que bien pueden marcar la ruta de nuestra actitud ante el Derecho en nuestras circunstancias como país: “Entonces, ¿qué hacer? Mantener el curso. Mantenerlo con denuedo, si es que se puede. Pero si no se pudiera así, mantenerlo sin embargo a toda costa. Y si se me permitiera una última acotación diría, para concluir: tratando con diario empeño de distinguir y separar lo que es afín a la ambición de lo que es propio de la esperanza”.