• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Weil Di Miele

Al instante

¿Cuánto vale el show?

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La televisión satelital no siempre fue tan democrática. Mi infancia, como la de la gran parte de los venezolanos nacidos antes de los años noventa, transcurrió en frente de un televisor en el que se sintonizaban entre 4 y 8 canales (todo dependía de la posición un gancho de ropa metálico) de televisión abierta. Así pasamos nuestras tardes felices y nuestras alegres vacaciones. Nuestros maratones de películas arcaicas de la Pasión de Cristo en Semana Santa. Alegre despertar. Club de los tigritos. Rochelas. Juanas y algún cine millonario o película de 10 años antes protagonizada por Jean-Claude Van Damme y que se lograba transmitir después de que los derechos habían bajado lo suficiente de precio como para que alguno de nuestros canales los pudiera pagar.

En aquella grilla de programas que se veían porque era lo que había, apareció ¿Cuánto Vale el Show? Una especie de The Voice noventoso presentado por un personaje al que le decían Fantástico, un abuelo medio kish al que siempre he querido conocer pero nunca he tenido el honor. La dinámica era sencilla, si creías que podías cantar te presentabas. Un jurado decidía cuánto valía tu show, y decretaba si pasabas o no a la próxima ronda.

Después de veinte años la pregunta sigue vigente. ¿Cuánto vale el show? Un patiquín, al que nada tienen que envidiarles los tantos que se presentaron en el programa de los noventas, se presenta en unas elecciones convencido de que puede gobernar a un país. El jurado, de casi 6 millones de personas, decide que pasa de ronda, pero en el próximo episodio la dinámica ya no es tan divertida.

La economía le explota en la cara. Lo mismo con la violencia, el desabastecimiento y con estos las encuestas. Una anarquía anunciada se apodera de un país en el que la ingobernabilidad se vuelve sistema de gobierno. El concursante airoso trata de afinar la voz, pero obviamente se le salen los gallos. La realidad empieza a tomar un tinte que, como el presentador de aquel programa, parece ser fantástico, sacado de un libro de ciencia ficción, de realismo mágico.

El problema no es solo que el concursante sea malo, sino que el jurado es peor. Lo dejó pasar de ronda y nuestro nuevo presidente entendió, como el presidente anterior, que el show debía continuar. Entonces habla de guerras, de desestabilizadores, de magnicidios y de firmazos. Y valdría preguntarse ¿Cuánto vale el show?

La respuesta, lamentablemente, es incalculable. No se resume en un número, tiene un costo social e histórico que pasaremos años pagando. Todo porque, como jurado, somos muy mediocres. Dejamos que al presidente se le salgan los gallos. Nos falta un poco de maladras Elizabeth, porque este show no se merece ni cien bolívares de los viejos.