• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Weil Di Miele

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Carlos E. Weil Di Miele

Estamos enfermos

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Venezuela sucumbió ante una bacteria atroz que terminó por infectarlo todo. Somos todos culpables y este artículo es una prueba más. Esta columna, en esencia, debe estar dirigida a tratar la cultura pop y todo lo que ella implica, pero en un país monotemático es imposible escapar, incluso para la más banal de las culturas. Volvemos al tema de siempre, al del desvelo político, al de las guerras a muerte y los muertos que viven y siguen.

Estamos enfermos, casi cadáveres, y es que en esa convalecencia nos hemos dejado arrebatar la vida, que implica más que signos vitales. Somos una especie de zombis infectados por la política, caminando en una dirección que cada vez tienen menos sentido, con la posibilidad de que alguien (y lamentablemente esto es lo único que no es metafórico) nos dé un tiro para terminarlo todo.

Somos irracionalidad y desacierto, somos realismo mágico con tragedia, telenovela y cine guerrilla, somos comedia y drama, y demasiadas veces, con demasiada frecuencia somos cine snuff. Somos un nuevo género de esquizofrenias políticas e ideas intrascendentes que mueren al año como las campañas publicitarias. En ese cúmulo de absurdos hemos ido perdiendo la cabeza, el ser; hemos ido perdiendo la cultura, la educación, la libertad, todo subordinado a un plano político tóxico alimentado por el empeño de un Estado con miedo y una oposición con más miedo.

Y así se sienta uno a escribir de cultura, buscando una válvula de escape, algo que pueda conectarse, un poco de pop en el medio de la peste, un signo de vida en medio de nuestra fijación zombi y se encuentra con que nuestra Madonna es el presidente, o por lo menos para una mitad. Para la otra mitad, Lady Gaga grita “otra llamada más” y así la infección nos arrebata otro pedacito de humanidad. Nuestra serie se transmite a diario, con presos políticos, hampa y escasez. Nadie quiere ver el próximo capítulo, pero, lamentablemente, ya estamos en la temporada 15 y las próximas ya están anunciadas.

Malinterpretamos el discurso de la antipolítica y convertimos la política en el centro; con el empeño de una sociedad políticamente involucrada terminamos por politizarlo todo y creamos una sociedad que cada día parece menos sociedad. Un gobierno que odia a los individuos y ama a las masas se apoderó de los espacios donde un poquito de personalidad todavía se podía expresar. La televisión se convirtió en política, y con ella los museos, los teatros, los parques, los maternales y hasta las areperas.

Estamos infectados y somos todos culpables. Sí, la antipolítica nos trajo hasta aquí, pero la politización indiscriminada tampoco fue la respuesta. El equilibrio parece no existir en nosotros, una sociedad profundamente apasionada y extremista que se empeña en imponer. En ese desenfreno agresivo seguimos perdiendo espacios y, poco a poco, lo que nos queda de vida.

Esta columna, en esencia, es de cultura pop. Pido disculpas, pero, como todos, yo también estoy enfermo.