• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Weil Di Miele

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Carlos E. Weil Di Miele

Somos todos censura

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La censura es un jueguito que le gusta a las dictaduras. Nada nuevo. En Venezuela hemos sido testigos de miles de maniobras de un régimen que busca acabar con cualquier medio u obra que siquiera se aproxime a un cuestionamiento de la realidad del país, nos sobran funcionarios que saltan con el discurso de la moral y las buenas costumbres para usarlo como excusa para cerrar puertas y medios.

No en vano Maduro habla del cine norteamericano con frecuencia. Dice que es una “matadera de gente” pero aparentemente él lo ve completico. Cómo si la ficción de esa “matadera” pesara más que la de todos los fines de semana de una ciudad que vive en una película de terror desde hace 10 años.

Realidades como la venezolana se repiten en el mundo. Incontables gobiernos maniobran de formas oscuras para cerrar y callar voces que los dejen a la luz, mostrando, normalmente a sus mismos ciudadanos, la verdadera cara y naturaleza de esos sistemas opresores. Hace un par de semanas la casa productora Sony Entertainment Network fue hackeada como consecuencia de una nueva comedia llamada La Entrevista que pretendía salir al cine el pasado 24 de diciembre. El contenido era una burla del régimen norcoreano que además estuvo involucrado en el hackeo. Todo terminó con amenazas terroristas a los cines que proyectaran la película y con una casa productora, que como en Venezuela, optó por la autocensura.

Maduro y su gente deben haber estado babeados, quemando visas y viendo como los compañeros asiáticos lograron tumbar las fronteras de la censura para llevarla hasta el corazón de Estados Unidos. “Este chino sí es arrecho”, habrá dicho más de uno y por ahí alguno saldrá a cortarse el pelo como Kim Jung Un.

Pero el tema es que nos duela o no, la censura no es recibida por igual en todos lados. Los creadores de la pieza optaron por evadir a los cines y publicar de manera gratuita la película entera en Internet, llevándose por delante al censurador y autocensurado, verdadera desobediencia civil. La maniobra costará unos buenos millones de dólares, pero seguro costará menos que la censura.  

A nosotros nos cuesta llegar allá. Asimilamos la censura con resignación, como si se tratara de algo cotidiano a lo que ya estamos acostumbrados. Igualmente entendemos la desobediencia civil sólo como una tiradera de piedras, todo lo anterior, consecuencia de un gobierno que ha sabido plantearnos su agenda, y nosotros aún no desciframos como salirnos. En Venezuela la censura es una realidad, y nosotros también somos culpables.