• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Weil Di Miele

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Carlos E. Weil Di Miele

Ojos bien cerrados

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“Yo prefiero que mi hijo sea un delincuente a que sea un maricón”. Con esa frase, de la película Azul y no tan rosa, se plantea, de forma muy certera, la idea colectiva nacional ante la homosexualidad. El tema es delicado y, por lo tanto, la opinión le huye. Las páginas de noticias juegan con él, le tiran guiños para fomentar comentarios en sus publicaciones. Todo termina en discusiones lamentables llenas de prejuicio, homofobia y religión.

Bastan diez minutos en Noticias 24 o La Patilla, para encontrarse cara a cara con un comentario profundamente ofensivo, como un tiro de palabras que pesa tanto como la delincuencia, pero que lamentablemente se discute menos. La culpa la tenemos todos. En los colegios el tema es evadido, porque la educación tradicional prefiere no tener que enfrentarse a una Asociación de Padres y Representantes que posiblemente no esté preparada para tales “extravagancias”. Por su parte, la política se aprovecha del prejuicio, creando campañas completas basadas en la homofobia, como ataques certeros para debilitar a candidatos. Luego la televisión se mofa, dibujando personajes en los que la homosexualidad los convierte necesariamente en caricaturas.

Las telenovelas venezolanas han alimentado un concepto superficial de homosexualidad. Si bien los personajes han sido presentados, siempre tienen un papel secundario, cargado de bufonería. El estereotipo los hace necesariamente peluqueros o maquilladores.
También la actuación, siempre teatral, dramática y excéntrica, porque así se ve, como algo raro, que no está ahí, y que si está, es mejor no verlo, o verlo como un chiste, porque tomárselo en serio seria pedir demasiado. Todo alimenta una discriminación profunda, se banaliza el tema y se mantiene el prejuicio.

A principios de año, y como algo inédito, una telenovela brasileña terminó con un beso entre dos protagonistas masculinos. El episodio es un primer paso en la televisión latinoamericana, sin embargo, nuestra pantalla chica parece no estar siquiera cerca de tratar el tema con la misma naturalidad. La televisión, como reflejo de la sociedad, no puede escapar del lenguaje despectivo y la negación, una fotografía distinta a la realidad, poco precisa y que pesa tanto como los comentarios homofóbicos de las páginas noticiosas.

Si bien el cine nacional ha tratado el tema con películas como Azul y no tan rosa y Pelo malo, la respuesta del público muestra un poco la posición en la que nos encontramos. Mientas ambas obras triunfan indiscutiblemente en el extranjero, ninguna de las dos figura como película taquillera en las salas locales. Aparentemente, como la frase con la que comienza el artículo, el público prefiere ver “delincuentes” a ver “maricones”.

Mientras el tema trata de abrirse espacio desde el cine, el público y la televisión parecen seguírselo cerrando, dándole la espalda a un problema, a una realidad. Una ley del hielo sin lógica, violenta y autodestructiva, que no hace más que afirmar la necesidad de dejar de lado un prejuicio exacerbado que nos sigue poniendo obstáculos como sociedad. Mientras el tema sea cómo evadir el tema, seguiremos inmersos en demostraciones ofensivas y discriminatorias. Cerrando los ojos, las cosas solo se dejan de ver, no dejan de estar.