• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Weil Di Miele

Al instante

Nicolás el pirata

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Todos los que hemos ido al cine en Venezuela nos hemos encontrado cara a cara con uno de las peores piezas de publicidad de la historia. Un niño llega a casa y su padre lo recibe con una película pirata, un quemadito. El niño le responde diciendo que él sacó 20 en un examen, y que como su papá y la película, también es copiado, pirata. La moraleja es que las películas piratas no se ven bien y que los que las compran se ven peor.

A pesar de lo lamentable de la pieza, la realidad es que son pocas las películas piratas que se ven bien. Siempre hay un detalle, un salto o un error en los subtítulos que la alejan de la original. Al final los que hacen la piratería son piratas, no les importa demasiado la calidad sino la rentabilidad y todo aquello que puedan sacar de un par de discos quemados.

Algo así esta haciendo Maduro y su gobierno. Ante una elección pérdida, el oficialismo ha buscado mil y una maneras de darle la vuelta a la papeleta. Estatizando partidos políticos se han encargando de generar confusiones en el electorado. MIN Unidad es la principal pieza de este juego irresponsable y profundamente antidemocrático, otra demostración lamentable de lo que solemos llamar viveza criolla.

Entonces hay que catalogar a este gobierno como lo que es, un gobierno pirata. Un gobierno que roba y hace negocios sucios. Un gobierno en el que no se puede confiar. Un gobierno que engaña con la palabra, para quedarse con el tesoro, con los maletines, con el oro. Un gobierno que copia, que intimida y que busca en el miedo la victoria. Un gobierno con bucaneros motorizados, con mazos y con la firme convicción de que la mejor manera de dominar el mar que es Venezuela es a través de la fuerza bruta.

Ante la inmoralidad pirata de esta tripulación nos toca seguir resistiendo. Ante ese partido pirata que se han creado, que así como con las películas no se ve igual que el original, toca ser implacables. Toca responder con una tempestad de votos, que aunque no va a hundirles el barco, se los va a llenar de mucha agua. Entonces empezarán a entender que el miedo tiene un límite, una línea fronteriza que solo podemos trazar nosotros con democracia y un dedo teñido de morado.