• Caracas (Venezuela)

Carlos E. Weil Di Miele

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EL NACIONAL y la disidencia

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Lo mismo. No se puede empezar este artículo de otra manera. Lo mismo. Un gobierno ya conocido, esquizofrenia estatal, bipolaridad judicial, alucinación legislativa y todo un diagnóstico que solo nos lleva a la misma conclusión, un país en coma, que se va desangrando de dinero, de talento, de democracia y de libertad.

En ese cuadro que nos aqueja se amenaza a diestra y siniestra. Pero las amenazas, por venir de ese engendro bipolar que es el gobierno, pueden o no ser verdaderas. Por ejemplo: “Vamos a acabar con la corrupción” es una farsa, un momento de delirio. “Vamos a acabar con El Nacional” es, en la mente de este gobierno enfermo, un momento de cordura, una verdad, una disposición.

La amenazadera del gobierno es compleja. Como con todo, no sabe si es o no es. No se entiende de dónde viene y hasta dónde va a llegar. Lo único que se puede inferir es que El Nacional es de lo poco que queda y esa sola existencia ya es suficiente para que el presidente y su pandilla se planteen llevárselo por el medio.

Este sitio web, el lugar donde lee estas líneas, puede no estar mañana. No es necesario ser un genio para saberlo. El gobierno es una peste, un ente destructivo que no entiende de consecuencias, un factor de poder carroñero que se alimenta de lo muerto, de la desgracia, del dolor y del odio. Un grupo inhumano, atroz y agresivo que entiende cada vez menos la democracia y que por lo tanto odia la disidencia.

Y eso ha sido El Nacional. Eso hemos pretendido hacer, bien o no, todos los que escribimos en esas páginas, en esta web. La realidad es que ser disidencia, ser oposición, no es sencillo en ningún lado, pero en Venezuela es aún más complicado. Hay un grado de compromiso que asume una responsabilidad. Es la responsabilidad de enfrentarse a esa metralleta de amenazas con la que constantemente le dispara el oficialismo a todo lo que no sea oficialismo. Ahí reciben balazos directos los editores, los periodistas, el equipo de trabajo y todos los colaboradores. Pero esas mismas balas tocan también a nuestro país entero, porque si las cosas están mal, quejarse está bien, pero si no hay dónde quejarse, nada ni nadie se entera de qué está mal.

La labor de este diario ha sido imprescindible. La falta de papel, los ladridos de Diosdado, el tono malandro de Maduro y la cartera petrolera no han sido suficientes para callar lo mucho que hay que decir. Ahora solo queda la fuerza bruta y parece haber disposición de utilizarla. Entonces termino este artículo sin saber si vuelvo a escribir en un par de semanas, pero dejando, por no dejar, una última observación disidente, porque vale la pena incomodar a esta locura que se hace llamar gobierno.